Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

Desde cuando me embriagó tanta euforia contenida por pisar mi objetivo de esta aventura que emprendí hace dos semanas: La Plaza Roja de Moscú, hasta este preciso momento en el que cojo aire, han transcurrido aproximadamente diez o quince minutos. Quiero inmortalizar este hecho histórico para mí, y efectúo todo tipo de fotografías que dentro de unos años me acerquen a este reto tan emocionante e intenso que estoy viviendo ahora mismo, y que he alcanzado con ilusión y también con tenacidad.

Una vez que acabo mi particular reportaje fotográfico, he de retornar para España, y bajo ninguna circunstancia puedo dejar de pasar la ocasión para recorrerme de punta a punta la tan afamada Plaza Roja de Moscú. Para poder hacer realidad este deseo, rebusco algún acceso por el que puedo acceder con la moto antes de abandonar la ciudad. Acto seguido, regreso al hotel recorro unos metros de ida, y me acabo de fijar que el hotel se ubica en una calle comercial muy transitada donde el foráneo, y el ciudadano local dispone de bares, restaurantes y casas de comida; por lo que decido pararme en el primer local que me conquiste la vista, para aprovechar la particularidad de esta zona, y cenar. Voy descartando sitios; —«este me gusta, este tiene pinta de no tener nada que me apetezca…» hasta que de repente me encuentro con un restaurante japonés. Me siento en una de las mesas que han dejado libre las parejitas que ocupan casi todo el restaurante, «En absoluto me condiciona estar solo, pues, en realidad tampoco lo estoy; en mi mano sostengo el móvil, y también me envuelvo con mis pensamientos, por lo que en este preciso instante no preciso de compañía»—.

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

Me produce una tremenda gracia la mueca que realiza el camarero con la mirada en el mismo momento que me ofrece el postre, y yo le respondo: —«No. Otro plato variado con sushi, por favor»—. La comida está tan rica que sólo me apetece repetir.

Una vez que concluyo mi homenaje culinario, me voy directo para la cama. Después del día tan extenso y duro que he vivido, es hora de tomarme un descanso.

Suena el despertador y me hago el remolón. No tengo ni pizca de ganas de levantarme. Al final, no cumplo con mi horario previsto para despertarme sobre las 08:30, y me quedo hasta las 10:00 en la cama dando vueltas de un lado a otro, y con el móvil en la mano. Las jornadas que he pasado en la carretera han sido de tal nivel de estrés que, por primera vez en el transcurso de este viaje, no me siento hipotecado al reloj, y mucho menos a la carretera. Finalmente, cojo resuello, y me pongo en pie. Hoy voy a dedicar el día por completo a visitar la ciudad, así que de nuevo me pongo en dirección a la Plaza Roja de Moscú. En esta ocasión, mi visión del sitio es muy diferente a la jornada anterior. En el cielo no se sostiene ni una nube, los autobuses van y vienen rebosantes de turistas los cuales comienzan a ocupar las plazas de estacionamientos reservadas para tal efecto. También me tomo un poco de tiempo para visitar los exteriores de la Catedral de San Basilio, en donde no entro, fiel a mi norma personal de negarme a pagar entradas en lugares de interés, y a visitar los entresijos de estos espacios lúdicos sobre los que tampoco aprecio nada relevante como para hacer efectiva la entrada.

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

Renuevo el paso, y continúo por la Plaza Roja de Moscú. A unos metros de donde estoy situado, observo una cantidad enorme de personas que esperan poder acceder algún recinto sobre el cual hasta este momento no lo tengo identificado. Me aproximo un poco más con la intención de conocer de qué lugar se trata, y ahora sí, en su fachada puedo leer —«Mausoleo de Lenin»—. A pesar de que me considero contrario al comunismo por tratarse de una economía y politica fracasada, ésto en cambio me resulta un lugar curioso históricamente hablando, y por supuesto, también en lo que concierne a la historia más reciente de la humanidad. Por lo que aguardo mi turno. En tanto que estoy esperando para pasar, justo detrás de mí se reúne una familia cubana. Van de la mano de un guía, el cual les está relatando la grandiosidad del comunismo, y la incuestionable calidad de vida que se poseía en la antigua URSS. No doy crédito ante las barbaridades que escucho, y medito: —«¡En realidad esta buena gente se pueden creer esta milonga que les describe!» «No me lo puedo creer. Si todavía estuviésemos en la época de los años ‘80 diría que ese hombre es un agente secreto de la KGB»—. Entre tanto continúan sucediéndose los relatos del guía, la cola sigue su marcha.

Mausoleo de Lenin
Mausoleo de Lenin

El servicio de seguridad me hace un ademán con la mano haciéndome saber que es mi turno. Me aproximo, y me pide —«Abra la mochila»—. Al cerciorarse de que todo está correcto tal cual el protocolo de acceso, entro, y sigo la señal de una línea en el suelo que me lleva por el interior del recinto hasta la tumba de Lenin. —«Totalmente prohibido realizar fotografías y vídeos»— Es lo primero que leo justo en el portón de la sala. Es tal la obsesión por salvaguardar la seguridad del recinto que hasta los guardias en cualquier ocasión pueden seguirme los pasos, a la vez que otros tantos permanecen ojos avizores a cualquier mueca sospechosa. Si ya me sorprende tanto el hecho de la seguridad, más me lo parece cuando uno de los guardias se dirige a mi exigente: —«Señor, quítese la gorra y saque las manos de los bolsillos»— me dice con señas. ¿se cree que voy a sacar algún arma de los bolsillos? ¿En Rusia la mano en los bolsillos es considerado una falta de respeto?». Esta actitud no tiene justificación. Así que decido irme. Estoy saliendo y compruebo que a la salida se encuentran las tumbas de ciertos personajes históricos de Rusia, principalmente aquellos que estuvieron presentes en la era comunista del siglo pasado.

Tumbas de personajes históricos rusos
Tumbas de personajes históricos rusos

En este momento oriento mis pasos hacia la zona del Kremlin donde solo se puede acceder también si abono una entrada; además, si entro, estoy obligado a cumplir un estricto horario de acceso. Igual que me sucediera antes, aquí tampoco me permiten acceder al recinto con mochilas, ni bolsos; por lo que he de dejar la mochila en un habitáculo bajo custodia de un guardia. Cuando la deposito en dicho lugar me entregan un número, igual que sucede en los grandes establecimientos comerciales, así luego, a la salida la puedo retirar sin que se produzca ninguna incidencia.

Las dos entradas disponibles están muy bien delimitadas: La primera está destinada para el turismo, y la segunda está destinada para los trabajadores/funcionarios. Obviamente, me toca acceder por la que hace referencia al turismo. Este acceso se encuentra ubicado por encima de un puente por el cual cuando acabo de cruzarlo accedo de inmediato a las dependencias del Kremlin. A priori, puedo ver la panorámica de las 27 hectáreas de superficie que si quiero una vez dentro las puedo visitar, ya que, es el lugar donde se asientan los edificios y monumentos, tales como: La Plaza de las Catedrales, El Cañón Zar Pushka, La Campana del Zar, La Armería, El Gran Palacio del Kremlin, Edificios presidenciales y administrativos, entre otros muchos más.

Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin

Acelero el paso, y abandono el Kremlin para ir a visitar el centro comercial GUM. Me quedo obnubilado con la fachada del edificio. A posteriori he indagado sobre la fachada por Internet y he conocido que cuenta con 240 metros de fachada. Del mismo modo, me impresionan la cantidad de tiendas de las principales marcas de alto standing que se alojan en este grandioso centro comercial, por donde ahora, yo sólo paseo sin comprar absolutamente nada.

Centro Comercial GUM
Centro Comercial GUM
Centro Comercial GUM
Centro Comercial GUM

Ha pasado casi tres cuartos de hora, y en este momento me dirijo ahora sí a pasear por las calles de Moscú. Ando, y ando, de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha hasta que después de aproximadamente quince minutos con esta rutina me topo con una casa de comidas, el cual a priori se me parece al típico restaurante sport americano y eso es lo que me impulsa a entrar para almorzar.

Una vez que ya he llenado la panza, salgo al exterior. En esta nueva ocasión la climatología acompaña a una tarde muy agradable, por lo que camino sin destino por las calles y callejuelas de la ciudad moscovita. Siempre me ha parecido que andar es la mejor alternativa para conocer cualquier ciudad que visito, por encima de vehículos, y bus de turismo. A pesar de no conocer para nada la ciudad y de correr el riesgo de perderme, tengo la destreza de orientarme con bastante exactitud (será una cuestión de genética).

En el mes de marzo cuando me encontraba en plenos preparativos de la aventura en moto, cuando contacté con el club de Ducatistas de Rusia, diciéndoles: —«Queridos amigos del Club Ducatistas de Rusia. Mi nombre es Quique Vidania, les escribo desde España. Me encuentro en plenos preparativos de una aventura en moto con salida desde España (Galicia) hasta Moscú (La Plaza Roja) …»—.

Ahora que estoy aquí, estoy haciendo todo lo posible para quedar con ellos unas horas, y de este modo disponer de la oportunidad de ponerles cara, y también porque no, para bebernos unas cervezas bien frías. A esta hora del día, varios miembros del club me han respondido, algunos lo hacen en inglés, y otros se dirigen a mí en ruso. Quedamos a las 20:00, en un bar que está a 2,5 km., del hotel donde me alojo. A ojo de buen cubero no parece mucha la distancia, y hasta allí que me dirijo caminando; así de paso, conozco esa parte de la ciudad que aún no he pisado.

Una vez que llego al antro de bar que me habían indicado no veo a nadie de ellos, hasta que pasado media hora decido no esperar más y marcharme.

Durante las conversaciones que tuvimos por el foro pase las frases de ellos por el traductor y venía a decir: ‘te vamos a llevar a beber vodka hasta reventar’.

Cuando ya he regresado tal como hice por el camino de ida, y me hallo casi en medio de la cena en el restaurante japonés donde cené la noche anterior, recibo un mensaje al móvil: —«Hemos llegado al local a las 20:35». No les respondí y ahí quedo la historia.

Me aseo, me desayuno un zumo, y un sándwich, y me lanzo de nuevo a la calle. La jornada de hoy me la he organizado para visitar el metro y sus estaciones dado que son mundialmente conocidas por estar reconvertidas en museos. De entre las diferentes alternativas con las que cuento, me decanto por las tres estaciones que recomienda la guía que porto en la mochila de la ciudad. Casualmente hay una estación ubicada muy cerca del hotel, y hasta ella me acerco.

A pie de la escalera del metro, y como es costumbre en las estaciones, está colocado el mapa con las diversas líneas de metro que están en servicio. Le saco una fotografía para llevarla conmigo en todo momento; desciendo las escaleras y seguidamente me dirijo a la ventanilla para comprar un billete.

Mapa metro de Moscú
Mapa metro de Moscú

Continúo mi particular laberinto idiomático, y me sitúo delante de los carteles que señalan las líneas donde circulará cada tren. Llevo un buen rato aquí intentando deducir junto con la fotografía que porto en el móvil, y el cartel fijado a la pared por dónde debo de coger para subir al tren que me pertenece. Parece que estoy comenzando a ver un poco la luz, y me pongo en marcha hasta el andén por el que supuestamente esta el metro al que me toca subir.

Cartel metro de Moscú
Cartel metro de Moscú

Me sorprende la sencillez del metro, del mismo modo que cada pasajero vaya a lo suyo, y también el aviso sonoro por los altavoces de las paradas que va efectuando el metro exclusivamente en lengua rusa, hace que el metro de Rusia no sostenga ningún tipo de diferencia que resulte extraordinario a las otras estaciones de metros de Europa. Tanto es así, que para saber cuál es la parada que corresponde a mi destino, he de ir contando aquellas que se van efectuando. El metro cuando se detiene en cualquier estación no logro identificar el nombre de la estación ya que la placa con el nombre que la identifica está tan cerca de los vagones que es totalmente ilegible leer a qué estación corresponde la parada que se genera.

Al final, consigo alcanzar la primera parada que me marqué para visitar. Me apeo del vagón y recorro por completo la estación de Norte a Sur y de Este a Oeste. No queda un palmo de superficie que no recorra. Hecho éste que repito con las otras dos estaciones que planifiqué para visitar. —«Sin lugar a dudas, vale la pena visitar un museo bajo tierra, es sorprendente»— me quedo encantado de la experiencia, y prosigo mi alegato en solitario —«¡madre mía, cuanta longitud y pendiente tienen en Rusia las escaleras mecánicas; jamás las había visto tan extensas y con tanta inclinación!»—.

Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú

Después de pasar toda la mañana con la visita subterránea, salgo a las 13:00, al exterior del subsuelo para reponer energías. Curiosamente no me he perdido en ninguna ocasión, y tampoco me he visto en la necesidad de preguntar a ningún moscovita el transbordo que debía de obrar. —«¡Ha sido increíble!»— digo eufórico al salir de las estaciones-museos. Ya en la calle encuentro muy rápido una cafetería-restaurante. Luego me retiro hasta el alojamiento para descansar un par de horas.

Con el ánimo y las fuerzas repuesta, dedico la tarde a buscar una peluquería para que me dejen guapo. En muy pocas horas, cuando el sol despierte me despediré hasta quién sabe cuándo pueda regresar a Rusia. Por esta misma razón, y para no quedarme sin este bonito recuerdo, no saco de mi mente el hecho de inmortalizar mi imagen junto a la Ducati en la misma Plaza Roja de Moscú. Recorro de arriba abajo los establecimientos más próximos al hotel, y no encuentro ninguna peluquería disponible. Ahora sí que me veo abogado a preguntarle a la señora de la casa. Sin querer, la buena mujer me lleva casi de la mano a una peluquería de quien un rato antes recibí unas octavillas publicitarias: —«Si no entiendo ruso, cómo voy a saber que este local es una peluquería»— me digo a mí mismo.

Entro en su interior, y sólo veo señoras. La mujer que ha tenido a bien guiarme hasta aquí, ahora hace también las veces de traductora. No sé lo que les ha comentado, lo que sí puedo decir es que el personal de la peluquería requiere la presencia de un señor para que sea él quien se encargue de cortarme el pelo. Siento que soy el centro de todas las miradas y cada uno de los cuchicheos de las damas que se están tiñendo el pelo, dando mechas, poniéndose los rulos o también cortándose el pelo. —«Les atraigo porque soy extranjero, por mi melena o por mi sexapil»

Peluquería en Moscú
Peluquería en Moscú

Una vez que me retocan el corte de pelo, me dirijo de nuevo hacia la Plaza Roja de Moscú para indagar el lugar por dónde puedo acceder con la moto mañana para hacer la tan ansiada fotografía para el recuerdo. En esta ocasión los escenarios que me encontré el primer día ya los han retirado. Veo un acceso que da hasta el río Moscova.

Anoto las coordenadas exactas del lugar en el móvil para venir mañana directo, y una vez que ya confirmo los datos en el Iphone me doy una vuelta por los alrededores. Hecho que sin pretenderlo me condujo a recorrer el puente que cruza el río.

Me parece que ya está bien por esta jornada; me marcho para el hotel. Eso sí, justo antes de entrar al hotel, me detengo en un bar británico que se sitúa en la parte inferior, y ceno una sabrosa hamburguesa. Ahora sí, me marcho para la habitación.

El calendario del móvil marca el día de 10 junio de 2016, y el reloj indica que son las 07:00, cuando en este preciso instante estoy saliendo del hotel con rumbo a la tan ansiada fotografía de la Plaza Roja de Moscú. Las coordenadas que ayer introduje en el móvil son precisas y correctas, por lo que no ha habido motivo alguno para extraviarme ni desacertar en la ruta. —

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

«Un sitio tan turístico como éste, y ahora cuando preciso de una persona para sacar la fotografía no hay ni un alma». Por las proximidades caminan unos obreros a quienes les pido: —«por favor, fotografía»— le digo mientras hago el gesto de apretar el botón de la cámara que llevo en la mano. El señor accede, y para mi sorpresa, luego quiere salir también en la fotografía: —«No entiendo el nivel de protagonismo que tiene la gente por salir en ciertas fotos, cuando nunca las van a tener en sus manos, y tampoco las podrán ver jamás»—.

—«¡OBJETIVO CUMPLIDO!». Ahora tomo la salida de la ciudad. No tardo nada de tiempo, ya que el tráfico es escaso. A pesar que no llueve, el cielo está encapotado, y yo me dirijo a la autopista M9. Eso sí, antes de incorporarme a la carretera me desvío a un concesionario de Ducati para cumplir el deseo de comprar una camiseta que lleve el eslogan ‘Ducati Moscú’. En este caso el dependiente me indica que no tienen, así que retomo mi marcha, y, por consiguiente, reincorporarme a la carretera para continuar con mi ruta.

Ya en plena autopista compruebo que la distancia que me resta para alcanzar la frontera con Letonia, consta de 615 km., la cual me hará permanecer el día completo subido en la moto. Además, todo el regreso hasta España lo haré sin tener alojamientos reservados, y sin la menor idea de dónde voy a ir a pasando las horas de descanso. Lo único que tengo claro en mis planes para el regreso, es que no puedo dejar de pasar por alto mi paso por Varsovia; en el resto, iré improvisando.

Igual que la autopista que me condujo por completo en línea recta hasta Moscú; por la que ahora circulo es de igual trayectoria. Apenas circulan vehículos. Cruzo un pueblo, y una ciudad, otro pueblo y otra ciudad sin hechos relevantes. Simplemente, en una de las paradas técnicas que hago para poner gasolina a la Ducati, aprovecho el restaurante que dispone la estación de servicio, y yo también repongo energías alimenticias.

Ahora mismo, cuando el reloj marca aproximadamente las 15:00, me encuentro alcanzando el pie de la frontera con Letonia. Como no puede ser de otro modo tratándose de un sitio de paso como éste, las inmediaciones de la zona están atestadas de caravana de vehículos e innumerables camiones, sobre los que no atino a descifrar la cantidad aproximada.

Tanta precaución con el papel que me facilitó la funcionaria de la frontera georgiana, y como si no existiera, no me lo ha requerido el agente fronterizo». ¡He salido de Rusia sin problemas!

Sin embargo, mi alegría tiene los segundos contados en el momento que empiezo a entrar a Letonia. —«¡Qué horror, qué horror!» hay una cola que parece no tener fin., no entiendo «¿Por qué no avanzamos?». «Ya verás que en breve empieza a llover la mundial, y yo aquí, en plena intemperie; sin tener un techo donde me pueda refugiar.

Frontera Rusia - Letonia
Frontera Rusia – Letonia

En primera instancia, he de detenerme detrás de una valla, por la cual, una vez que se me autoriza el paso he de dirigirme a la fila donde se haya el cartel que señaliza: ‘ciudadanos de la unión europea o resto’. Ahora corresponde mi turno, y caigo en la cuenta muy torpe de mí que me he colocado en el lugar de ‘otros’. No dudo ni una milésima de segundo, y me cambio a la fila que me corresponde por ‘ciudadano europeo’. En un santiamén a mi vera hace acto de presencia un guardia de seguridad con muy malas pulgas quien indica: —«¡No se mueva más! ¡Quédese quieto en esa fila!»—. Le replico: —«Mi pasaporte. Soy ciudadano europeo»— me vuelve a repetir —«¡No se mueva más! ¡Quédese quieto en esa fila, le digo!»—. Y yo reitero mi postura: —«Mi pasaporte en alto. Soy ciudadano europeo»—. A partir de ahí, cruzamos unas palabras en tono poco amistosas, sin que yo resultar victorioso de la disputa dialéctica para cambiarme a la fila como ciudadano europeo.

Letonia
Plaza Roja de Moscú

Ahora sí, me ha llegado el turno. Entro en la garita de control, y como era de sospechar, después de lo acontecido en el exterior, tengo que hacer frente a este interrogatorio tan exhaustivo como el que en este preciso momento me están realizando: —«Abra todas las maletas, inclusive  y la que está sobre el depósito del combustible». «¿Hacia dónde se dirige ahora?»—, yo respondo: —«A mi casa en España». Mientras le digo eso, se me pasa por la cabeza erre que erre: —«¡No comprendo por qué tantas preguntas y dudas, si soy europeo!». Después de casi dos horas en la zona de tránsito para la frontera me dan el visto bueno para cruzarla.

Finalmente, el enredo de la aduana Rusia – Letonia, ha consumido cuatro horas muy valiosas. Más tardanza aquí que inclusive el tiempo que tardé en entrar a Rusia – Georgia. Por lo demás, medito: —«Teniendo presente que tengo el pasaporte europeo, no quiero pensar en aquella persona que no cuente con este documento que posibilita el tránsito libre por los países miembros de la Unión Europea; lo descartan sin pestañear»—.

Para mi tranquilidad, y después de todas las peripecias que he experimentado en cada una de las fronteras que he cruzado, hasta que no llegue a España, ya no tendré que pasar más controles fronterizos. Este hecho me relaja, y pienso en lo que más les preocupa a los agentes de la frontera, cuando me interrogaban con fijeza: —«algún tipo de alimento»— repetían una y otra vez en cada control.  Por contra, es increíble que nunca me hayan interrogado por si cargo alguna variante de droga, cualquier arma, o también si porto algo de alcohol. Únicamente les preocupan los alimentos. Deduzco que, por prevención de virus, o plagas.

El cielo lleva un rato amenazante de lluvia, y ya está cumpliendo su pronóstico. No he hecho más que entrar en Letonia y comienza a caer chuzos de punta de película. Me aparto a un lado de la carretera, y me coloco el traje de agua. Entonces, aprovecho este parón para organizarme la noche, ya que, se está yendo el sol, y la hora corre veloz, entre un tic, tac, y otro tic, tac, y aun me restan 300 km., para alcanzar Riga. Lo primero que hago es buscar el primer pueblo que se sitúa a mi paso para buscar un hotel donde alojarme esta noche. La carretera es nefasta, mal asfaltada, sin arcén, igual que sucediera en Serbia, o Bulgaria si la comparo con las autovías rusa que acabo de dejar detrás.

Atiendo a las señales del GPS quien me indica que estoy en el primer pueblo, pero aquí solo hay cuatro casas. Acto seguido busco en el mapa de papel este punto concreto, y observo que más adelante hay un pueblo que se llama ‘Ludza’, y hasta él conduzco la Ducati.

Cuando me encuentro a la altura de la entrada de ‘Ludza’ observo un anuncio de un hotel, y por consiguiente las indicaciones para llegar hasta su emplazamiento. Lo sigo, y en un punto indeterminado deja de guiarme, y digo: —«Comportamiento típico de los países balcánicos y ex-yugoslavos»—. Intento no perder la orientación, y prosigo hacia el frente. A los pocos metros, justo a la izquierda del sentido por el que circulo hay una estación de servicios. En ella puedo apreciar un vehículo policial, y me acerco hasta ellos con la intención de preguntarles y también de tentar a mi suerte para no perder las costumbres y facilitarles el trabajo de sacarse una infracción de debajo de la manga con la consiguiente sanción de costumbre nada más entrar al país, dado los antecedentes con los que cuento en el transcurso de este viaje.

Al contrario de mis veladas intenciones con la policía, estos no me requieren ninguna documentación, y tampoco me sancionan. Por contra, si me ayudan: —«El hotel es ese que observa ahí», «No tiene cartel»— me dicen amablemente. —«Muy bien. Muchas gracias» les digo. —«Que edificio más desangelado» Aun con el casco puesto y empapado de agua entro, y lo primero que veo es una señora de aproximadamente 60 años sentada en la recepción mirándome incrédula ante mi presencia, que bien puede confundirme con un marciano.

Me levanto la visera del casco, y le pregunto: —«Buenas noches. Por favor, ¿cuenta con alguna habitación libre?»—. La señora recepcionista me responde: —«Sí. ¿Cuesta 20 € la noche con wifi gratis?»—. —«Sí, sí, la quiero»—. Tampoco estoy para perder el tiempo por ahí buscando otros alojamientos, y además se ajusta a mi presupuesto. Antes de que me dé la llave de la habitación, le vuelto a consultar: —«Señora, ¿sabe dónde puedo guardar la moto?»—. Muy amable, me indica: —«Sí. Puede aparcarla en la parte trasera del edificio que hay un patio». «Este señor le acompañará»—. Dejo la Ducati a buen recaudo, retiro las maletas para llevarlas conmigo hasta la habitación. A la vez que camino hacia mi estancia de descanso, puedo comprobar como en el hotel a parte de mí no hay ni un sólo huésped, está completamente en silencio, los pasillos son largos, y un tanto oscuros. —«Tengo la impresión de que antes de hotel fue una especie de convento o residencia de ancianos por su estructura interior».—«Para pasar la noche no está tampoco en mal estado»—. El habitáculo en sí mismo también es muy humilde. No le doy más vueltas, y me recuesto a descansar una media hora más o menos.

Luego me levanto, me pongo las zapatillas deportivas, y bajo hasta donde se encuentra sentada la señora detrás de la barra de recepción, y le vuelvo a consultar: —«¿Sabe de algún restaurante o cafetería por aquí cerca donde pueda cenar?»—. —«Sí, justo debajo del hotel hay un restaurante»—. Me hace señas con las manos como si quisiera orientarme para que no me pierda. Enseguida regresa a mi mente el restaurante de Sofía (Bulgaria) pero ya estoy curado de espantos. No creo que me pueda sorprender como sucedió entonces, —«contraseña»—, por esta razón ya me voy haciendo una composición del lugar.

Se acercan conmigo hasta el ascensor que debo de coger para bajar hasta el sótano donde se sitúa directamente entre los fogones de la cocina. —«¡Muy buena presencia!» me hablo a mí mismo. Saludo educadamente a los cocineros, ayudantes de cocina, y a los camareros, y salgo hasta el salón. Ahora, me dicen también en una actitud muy amable que me siente a libre elección. Tampoco es que haya poca disponibilidad de mesas, ya que, soy también aquí el único huésped que va a consumir.

Nada más sentarme veo al fondo la típica nevera de la puerta transparente de Coca-Cola. Paradójicamente, en vez de esta bebida gaseosa están enfriándose unas cervezas. Les señalo que quiero una de ellas, y la camarera me dice: —«Señor. Nacional o Internacional»—. —«Nacional, por favor»—. Siempre opto por las cervezas del lugar para degustar sabores nuevos.

La camarera es muy simpática. Me ofrece la carta del menú. Sin embargo, una vez que la abro y la leo me surge una carcajada. —«¡Qué menú voy a pedir para comer, si no entiendo el idioma!»—. Obviamente, cómo voy a pretender que tengan una carta en inglés, si estoy en un restaurante subterráneo de un pueblo perdido de la antigua república Soviética. La camarera sí tiene conocimiento de inglés de ciertas palabras sueltas, pero poco más. Aun así, me ofrece una serie de platos, y yo le comento: «no onions». (sin cebolla)

Se retira a pedir, y traer la comanda del servicio de cocina. Regresa de nuevo, y procede a servir: De primero, atún con patatas. De segundo, Fetuccini, y de postre, helado frito con trozos de fruta. —«Sin género de dudas, esta es la comida más rica que he degustado durante los días que llevo de viaje; asimismo, el coste de la misma no supera los 12 €.

Cena en Letonia
Cena en Letonia

Después del extraordinario festín que me acabo de dar entre pecho y espalda, me retiro por el mismo lugar por el que entré, y dirijo mis pasos hasta el humilde habitáculo que tengo reservado para pasar las horas de esta noche, y donde caigo exhausto.

Letonia
Plaza Roja de Moscú

Me despierto un tanto sobresaltado. La lluvia que golpea insistentemente contra las ventanas de la habitación me han despertado de improviso. Hoy me hago el remolón, y me pongo en pie, me aseo, me visto una vez más con el traje de agua, ya que, hoy también tengo la intuición que no va a dejar de diluviar, y preparo las maletas. Luego salgo de la habitación, reintegro la llave de la estancia que ocupé en recepción, y voy hasta el patio de la parte posterior del edificio donde anoche dejé la Ducati. Una vez aquí, coloco las maletas, hecho una ojeada a la moto, y me incorporo en ella con dirección hacia Riga.

Anoche para evitar posibles contratiempos en la jornada de hoy, reservé una habitación en un hotel de la capital letona, así que me voy directamente hasta su ubicación. El hotel se encuentra a 1 km. del centro, y mi primera impresión es que se trata de un espacio pulcro, cuidado y tiene toques de decoración muy graciosos. Lo regenta una madre y su hija. La joven es la que se defiende perfectamente con el inglés, y es quien antes de llegar ya me estaba esperando. La habitación que me asignan es muy amplia y moderna, asimismo, tal como vienen sucediéndose los hechos en el transcurso del viaje, también puedo dejar a buen recaudo la Ducati en la parte trasera del edifico. Tan sólo la diferencia de esta ocasión es el peaje que tengo que abonar por dejarla en un sencillo terraplén. Aunque no me agrada para nada el hecho, acepto la oferta.

Una vez que acabo de acomodarme en la estancia, me voy hasta el centro de la ciudad para ojearla. El frío que percibo en plena calle es tan intenso que me da la impresión que un cuchillo atraviesa la carne sin anestesia. Por suerte, llevo puesta la camisa térmica de la moto. El trayecto que me conduce hasta el centro de Riga no es ni muchísimo menos atractivo. Los locales, y las viviendas que encuentro a mi paso están en un estado totalmente precario. Por si eso fuera poco y considerando que hoy es sábado, por las calles diviso muy contados transeúntes. Alcanzo el centro de la ciudad y doy un ligero paseo por el centro comercial, y también por el parque con el pensamiento de no seguir mucho tiempo más por estos lares, ya que, no me está atrayendo absolutamente nada lo que estoy presenciando. A parte, el frío se sigue colando en mis huesos.

Contrariamente a lo que deseo en este momento, opto por darle otra oportunidad al lugar para hallar su verdadero encanto, sobre el cual estoy convencido que lo debe de tener en el espacio más inhóspito. Camino sin dirección hasta que llego al casco histórico de la ciudad. En este lugar el panorama cambia a una visión austriaca o incluso alemana. Al contrario del centro de la urbe, aquí se comprueba bastante movimiento por las calles, y del mismo modo la algarabía de gentes que se concentran en los múltiples bares y restaurantes que ocupan los locales de la calle. El apetito se me despierta, y creo que estoy en el sitio apropiado para saciar este deseo y entro en un TGI Fridays. Para regresar al hotel, no me apetece volver caminando por lo que llamo a un taxi para que me lleve de vuelta. Me recoge, y de camino al hotel dialogamos como podemos. —«¿Usted es español?» le respondo afirmativamente y me dice:. —«Yo he estado en Málaga y Barcelona…»—. Durante el trayecto dialogamos de la crisis, fútbol, y de la vida misma, entre muchos temas más.

Riga
Riga

Es domingo, y a pesar de ello me despierto muy temprano, ya que quiero llegar a Varsovia sin perder demasiado tiempo. Por delante he de cruzar 663 km. Antes desayuno en el hotel. Salgo a la calle, y ojeo el cielo quien a pesar de estar nublado no pronostica lluvia. Ahora sí, me pongo en ruta. El mapa me señala que para llegar a Varsovia necesito cruzar antes Lituania. La frontera se sitúa a 80 km., de distancia, por lo que calculo que en una hora y media más o menos estoy en el país del mítico jugador de baloncesto Arvidas Sabonis. En esta ocasión también me veo un paso fronterizo de mala calidad. La presencia de las antiguas oficinas que hacían las veces de frontera están dejadas de la mano de Dios. Aminoro la marcha, y detengo la Ducati en el primer supermercado que veo, y compro unas pegatinas que hacen referencia al país. Una vez más, el nivel de atención al foráneo es deprimente.

Otra de las diversas dudas que ya he manifestado y en la que se refiere a este tramo del viaje las dilucidé en la época que programaba este viaje. —«¿pararé en Lituania a dormir, o llego hasta Varsovia del tirón?» … «Improvisaré durante el trayecto»—.
ya entonces pude leer en ciertos blogs que Lituania era de las tres repúblicas (Estonia, Letonia y Lituania) la menos agraciada. Por mayoría absoluta, la opinión era unánime. La razón que en aquel momento puse encima de la mesa para pasar sin detenerme demasiado por Lituania, no era otra que mi interés por conocer Varsovia. Aquí también las carreteras me parecieron un desastre, al mismo tiempo, y amén del escaso trato que mantuve con los nativos, la impresión que me llevo de ellos es de gentes muy insociables.

Frontera Letonia - Lituania
Frontera Letonia – Lituania

Circulo unos kilómetros por Lituania cuando de pronto se detiene con brusquedad el tráfico, y, sin embargo, consigo acercarme hasta el primer vehículo de la fila para presenciar en primera persona qué sucede. Una extensa caravana de vehículos militares, tanques, jeeps, entre otros medios logísticos del ejército americano con la bandera de la OTAN ocupan el largo y ancho de la calzada.

Los militares americanos me ven en la Ducati y se lanzan a saludarme sin pudor. Obviamente les devuelvo el saludo. Más adelante, me vuelvo a tropezar con los batallones de militares americanos. Con el paso de los días, me informo por medio de la prensa escrita que aquellos movimientos militares se debían al escudo antimisil de la OTAN.

Kaunas
Kaunas

Cae la tarde y estoy entrando en Polonia. La carretera no es que sea de diez, pero a diferencia del lugar que lo precede, el paisaje cambia y el carácter de los nativos también. Algunos amigos, ya me han mencionado que debo de tener mucho cuidado con la policía, ya que, están al acecho desde cualquier punto con el radar móvil (secador). Así que voy cumplimentando certero de mí los límites de velocidad. —«Quique, si te multan, tú regatea el coste de la multa»— me decían las personas que ya han estado en esta zona del globo.

A la salida de un pueblo desván me topo con una carrera popular, y uno de los guardias que está cubriendo dicho acto deportivo me indica: —«Dé la vuelta 20 kilómetros para detrás y coja la carretera variante esta»—. No me queda más alternativas, y eso hago; doy la vuelta contrariado por el tiempo que vuelvo a desperdiciar, y me dirijo hasta el punto de bifurcación.

Miro el mapa a la altura del recorrido que hoy estoy realizando, y compruebo —«30 km., para entrar en Varsovia»—. Eso da como resultado en cuanto a kilómetros, puesto que, en tiempo de duración, cualquiera sabe cuánto puedo tardar. La calzada está saturada de vehículos que se desplazan de un lugar a otro, me fijo y veo que la mayor parte de ellos sostiene una bandera del país contagiados por la celebración que se está siguiendo estos días sobre la Eurocopa de Fútbol.

Pese a mis recelos en cuanto a lo qué me voy a encontrar al paso de este punto kilométrico, comienzo a sentirme cómodo. No obstante, la climatología con un cielo soleado y totalmente despejado también se ha querido sumar a esta entrada mía de Varsovia.

El reloj me señala las 19:00. En el mismo momento que alcanzo el hotel IBIS

de la ciudad, al cual voy por recomendación de Josito (un joven gallego que reside allí, y se puso en contacto conmigo a través del Facebook).

 

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