Tiflis
Tiflis

Una vez más, ante mi desconocimiento de cómo salir de la zona del hotel para llegar a la zona de Asia, he de recurrir al Google Maps, siendo en este preciso instante cuando el navegador se vuelve a poner majareta.

Justo en el momento que estoy cruzando el puente del Bósforo (El mismo que un mes después de haber transitado por él fuera cortado por los militares en el intento frustrado de golpe de estado) son las 07:00. A pesar de ser tan temprano, el tráfico ya se muestra denso, sobre todo, el carril contrario al de mi marcha. Por ese lado de la vía transitan vehículos que se dirigen a trabajar, desde la parte asiática hasta la europea. Entre tanto, yo pienso en pararme a la altura del cartel que indica «Welcome to Asia» para hacer la fotografía de rigor. —«Mi gozo en un pozo»—. He llegado al punto concreto de la ubicación del cartel, y es imposible detenerme. No hay margen en el arcén, y además me sigue una cola de coches que me impide detenerme ni siquiera un segundo; por lo que sólo puedo grabar el cartel con la cámara del casco.

Welcome to Asia
Welcome to Asia

Durante los primeros 100 km., noto un tráfico continuado. Se da la circunstancia que la carretera E80 que sale de Estambul, además de ir al norte del país, también enlaza a la capital, Ankara, además de las otras ciudades litosferas a Estambul.

Salí tan deprisa de Estambul para evitar las colas que no he tomado ni café. Ahora que parece con la distancia recorrida que la carretera comienza a despejarse, y a fluir otra vez el tráfico, aprovecho para pararme a desayunar en la primera estación de servicio que encuentro.

Después que lleno el estómago y también el depósito de la gasolina de la Ducati, me reincorporo a la carretera. La climatología con 25º/30º me sigue acompañando; el asfalto es bueno, sin embargo, las largas rectas con la que está trazada la carretera me fatigan. Necesito descansar la mano derecha, por lo que hago uso del accesorio que le acoplé al puño del acelerador (Cruise Control). Ha transcurrido una hora de camino, y diviso en la lejanía a una moto cargada. Tiene pinta de ser otro viajante motero como un servidor. Acelero la moto para ponerme a su altura. Me aproximo a él, y observo que es una BMW R80 con matrícula alemana, y además va totalmente cargada de maletas.

Algún lugar de Turquía
Algún lugar de Turquía

Durante un intervalo de tiempo, circulo detrás de él hasta que me decido adelantar. Una vez que me hallo a su altura, extiendo el brazo derecho en diagonal hacia abajo, y con los dedos de la mano hago la «V»; en definitiva, efectúo un saludo motero. Termino de rebasarle y me sitúo por delante de su BMW R80. Ahora tengo la duda de si le hago una señal para que se detenga a la derecha, o bien para que me siga, y así acceder a la estación de servicio más cercana. Personalmente voy muy bien de gasolina, no obstante, llené el depósito en mi parada anterior, lo que sí desconozco es el estado del depósito de combustible del motero alemán, así que me acoplo a su velocidad, y en ese mismo instante él entiende que le estoy esperando. Por el camino que cruzamos se van quedando detrás algunas gasolineras, y aún no hemos interrumpido la marcha. Cada cierto tiempo, echo un vistazo para detrás para asegurarme si me hace ráfagas con las luces, y éste no las efectúa. Por lo tanto, los dos proseguimos en la carretera, hasta que al cabo de 200 km., una patrulla de policía de carretera nos da el alto. Me apeo de la Ducati, me quito el casco; el motero alemán hace lo propio, y ahora sí, con total naturalidad me presento yo primero: —«Hello. My name is Enrique. I’m from Spain»— y él responde con un acento riguroso— «Hello. My name is Erni. I’m from German»—.

Casi nos hemos olvidado del motivo de habernos parado, hasta que se nos acerca la pareja de policía mirando ambas motos. Entonces, uno de ellos me pide a mi primero la documentación: —«Documentación de la moto, carta verde del seguro, pasaporte, y carnet de conducir, por favor». Mientras que el policía comprueba que está todo en orden, yo me estoy empezando a preocupar, y pienso: — «Durante el trayecto no he visto ningún radar, no creo que me hayan vuelto a pillar infraganti»—. Hasta que me llevo la grata sorpresa cuando los agentes me informan que se trata de un control de documentación, y acto seguido nos invitan a proseguir nuestro camino: —Continúe su marcha»— nos dicen los policías. Y así de nuevo en esta ocasión partí con mi nuevo amigo, a quien le pregunté antes de subirme de nuevo a la moto: — «¿A dónde se dirige?»— a lo que él me responde —«Voy en dirección a la costa, y a continuación a Georgia»—, entusiasmado porque coincidimos en la ruta le cuento mis planes —«Ah, igual que yo. Tengo una reserva de hotel para esta noche en un pueblito de la costa del Mar Negro, y en la mañana, estaré entrando en Georgia.»— y él me propone —«¿Por qué no viajamos juntos este tramo del trayecto y de paso almorzamos?». Acepto, y proseguimos la ruta. Mi intención es que paremos a comer una vez que hayamos llegado al Mar Negro, sobre la ciudad de Samsun. Es decir, después de haber realizado en el día los 750 km., que nos separaba del lugar donde nos encontrábamos hasta el punto indicado anteriormente.

Las Motos
Las Motos

Por norma general e incluso si se quiere decir por costumbre, cada vez que realizo un viaje, donde voy de un lugar a otro, y donde no tengo previsto visitar ningún sitio en el transcurso del camino, no me gusta para nada detenerme a comer dentro de las ciudades.

Siempre, suelo parar en la salida de la ciudad, y a continuación tomo la dirección directa de la carretera que me lleva al lugar al cual me dirijo, y así, es como vengo haciendo desde casi mis primeros itinerarios en dos y cuatro ruedas.

Miro la hora que marca el reloj, y son las 15:00. Hemos cumplido el total de los 750 km., y nos paramos a las afueras de Samsun en una estación de servicios Shell. El calor azota con bastante fuerza, y yo, no paro de sudar y de beber bastante agua y Coca-Cola Zero cada vez que me detengo para repostar. Desde donde estaciono la moto puedo ver que además la zona de servicio dispone de un restaurante de comida rápida turca. Entramos y al corresponderse lógicamente de un restaurante turco. La carta está disponible solo en turco. Debido a que fuera de Estambul no hablan casi nadie inglés. La incógnita para pedir la comida la resuelve mi amigo el alemán quien me sorprende cuando le escucho chapurrear turco para pedir la comida en este mismo idioma. A decir la verdad, lo único que entiendo de lo que pide es «kafta», así que es lo mismo que yo también le solicito al camarero. Durante el transcurso del almuerzo, nos vamos conociendo como buenamente podemos.

Entonces Erni me comenta; —«Yo no viajo con reservas de alojamiento»— a lo que yo incrédulo le pregunto: —«Entonces, ¿cómo haces para descansar?» — y él tan tranquilo y hasta con una media sonrisa a sus 67 años me lanza: «Yo sólo tienda de campaña» admirado por su gesta sin acabar la frase. Erni, me vuelve a sorprender en una nueva ocasión cuando de repente me dice: «Continuaré contigo, Enrique hasta el hotel donde te vas a hospedar, y esta noche me hospedo ahí yo también».

Baño gasolinera turca
Baño Gasolinera Turca

Sin esperar a más nada nos subimos a las motos. Nos esperan 200 km., hasta arribar a nuestro destino, y empezamos a rodar por la carretera de la E70. La vía del lugar es igual que la de cualquier zona de la costa de España, y por la que atravesamos una ciudad, y otra ciudad. Se nota a la legua que son ciudades con destinos vacacionales. Lo que más me enerva es tener que detenerme con el calor que hace en los semáforos. A eso le sumo los gases que emanan de los tubos de escape de los camiones, y de los autobuses, o también el humo contaminante de los coches y el propio calor que desprende la Ducati. Por otra parte, he de añadir a todas estas contrariedades la velocidad irregular, y por si todo ello fuera poco, después de varios días y el número de kilómetros que llevo a mis espaldas, las cervicales, nunca mejor dicho, se comienzan a sobrecargar. Medito y vuelvo a recapitular lo que me resta de kilómetros de la jornada de hoy para darme una reparadora ducha de agua bien fría, una cerveza bien fría, un buen plato de comida y más tarde tumbarme para descansar la espalda, las piernas, y las manos; y así, recuperarme en la medida de lo posible del largo e intenso día de hoy.

Pese a estos pensamientos míos, tampoco puedo dejar de cavilar qué hará Erni cuando lleguemos al alojamiento donde yo tengo mi reserva hecha desde el día anterior. Ojalá dispongan en ese momento con habitaciones libres para que él se hospede. Si he de ser sincero, no me apetece nada en absoluto compartir la habitación con nadie.

Después de 12 horas de trayecto, y sobre las 19:00., arribamos a Giresun. El GPS me indica ahora cómo llegar directo, y sin rodeos hasta el hotel. Me parece mentira, y comento: —«¡Hale! ¿Estás de broma? ¡Me has traído del tirón! ¡Ole, ole, ole, no me lo puedo creer!»— Accedo al recinto, y efectúo sin problemas de ningún tipo el check. Sin embargo, Enri, hace uso de una picaresca española, y le indica al servicio de recepción que él también tiene una habitación reservada para ese día, a lo que el recepcionista le responde: —«No señor, no nos consta registro alguno a su nombre, lo sentimos»—. Enri insiste un poco, y finalmente le indican: —«Podemos ofrecerle una habitación»— Y accede. —«Menos mal»— pienso. Estoy calado de sudor y tengo una necesidad imperiosa de darme una ducha y recostarme en la cama. No sin antes de encaminarnos cada uno a su habitación solicitamos a la persona allí apostada atendiendo a los clientes sobre algún garaje o lugar en donde podemos guardar las motos para que también se tomen su merecido descanso, y además estén reguardadas bajo techo. Se ausentan de su punto de información y registro, y nos guían hasta unos 50 metros de distancia del hotel; aquí aparcamos la BMW R80 y la Ducati Multistrada 1200, por lo que nos ausentamos con sosiego ahora sí sabedores que las motos están a buen recaudo de la noche y de la intemperie. Retornamos al hotel y en el trayecto Erni me dice: «¿Nos vemos luego a las 20:00?», yo le respondo: «prefiero a las 20:30», él acepta.

Giresun
Giresun

El tic tac del reloj se expresa en su momento más culminante con el sonido que definí en su día para el despertador al marcar las 20:30. Salgo de la habitación, y voy a encontrarme en la zona de la entrada del hotel con Erni. Desde aquí, salimos a dar un paseo por los alrededores del mismo, el cual, se haya situado exactamente en el centro del pueblo. Sin prisas, y contemplando cada rincón, me sorprende ver andar por sus calles a tanta cantidad de personas tan jóvenes, del mismo modo que avistar el buen ambiente que reina en las terrazas, y los bares del lugar. Simultáneamente, Erni y un servidor buscamos algún local, bien sea bar o terraza que nos sirvan unas cervezas frescas. Sin embargo, por la zona no damos con ningún establecimiento que nos pueda ofrecer lo que nosotros andamos demandando. Personalmente tal hecho me desconcierta muchísimo; el motivo para que no las ofrezcan en su servicio puede ser por tratarse de una zona musulmana. Estamos tan perplejos que nos decantamos por acceder a un restaurante al azar, quien tampoco cuenta con ningún formato de cerveza. Sólo, cuando las ganas de seguir indagando el local donde poder consumir unas cervezas bien frías se van evaporando, se nos enciende la bombilla de preguntar en el restaurante contiguo al hotel en donde nos hospedamos. Esto pinta también que va hacer un —«No»—, pero, quien no pregunta, se queda con la duda. Es esta misma razón por la que no divago a la hora de formular la pregunta y manifiesto: —«Hola. ¿Cerveza fría?»—. —«No. Aquí no, lo sentimos»— me responde con idéntica sencillez a mi pregunta directa. A pesar de eso, nos hace un ademán con la mano para que le sigamos. Penetramos casi a oscuras por un local, por el que más adelante nos indica el joven que accedamos a la otra parte por una ventana un tanto destartalada: —«¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tanto secretismo?»— inquiero a la persona que nos guía: —«¡No me creo que estemos haciendo esto!»— me digo a mi mismo atónito de mis actos. Aunque para nada he de rasgarme las vestiduras ahora, soy bastante atrevido, y siempre que se dan este tipo de circunstancias suelo actuar de forma contraria al miedo. Increíble, ni yo mismo me lo creo. Eso sí, recuerdo que en China en el año 2007 cuando viajé, me sucedió algo similar y donde también me atreví en aquella ocasión como ahora hago sin pensar en las consecuencias ni en el propio miedo.

Ya estoy dentro; Erni pasa detrás de mí. Un señor nos acompaña para sentarnos en una mesa. Diviso los alrededores del local, y compruebo un par de mesas más vacías y en la barra unos individuos que fuman e incontroladamente consumen alcohol.
Hago caso omiso de tanta clandestinidad, y aprovecho la oportunidad para pedir algo para comer; sin esperar la respuesta me informan que no disponen de menú. Aunque contradictoriamente me preguntan: —«¿Qué le apetece de comer, señor?» — me lo pienso dos segundos y le respondo: —«Kafta»—. Se ausenta, y así permanecemos quince minutos esperando desde que le pedí el Kafta. Hecho que aprovechamos Erni y yo para mantener una conversación, todo he de decirlo, un tanto disparatada, ya que, el motero alemán se expresa con una mezcla de alemán con inglés, y yo capto a media cada una de las cosas que me cuenta: —«Me jubilé en abril con 67 años siendo conductor de tranvía en Franckfurt. Me subí a la moto y me he venido a recorrer Turquía y Georgia. Mi mujer cogerá un avión en un mes para viajar hasta la ciudad turca para acompañarme»—. En ese instante e igual que por arte de magia, el señor que anteriormente nos acomodó en la mesa, trae en volandas un plato bien grande de Kafta y dos cervezas más.

Finalizamos la cena, y nos ausentamos del mismo modo que entramos al local no hace más de dos horas. Al llegar al hotel le recalco a Erni antes de retirarnos a dormir cada uno a su estancia: —«¿Estarás listo a las 06:30 am., para salir a la carretera? Mañana nos espera un día muy largo por delante con los 730 km., que restan para llegar a Tiflis»— insisto: —«OK, perfect»— dice Erni.

Bajo sobre las 06:40, a la entrada del hotel, y lo menos que me podía esperar anoche cuando le recalcaba la hora a Erni, es que este estuviera con las maletas cargadas y subido a la moto disponible para salir. Todavía a mí me queda ir a buscar la moto al garaje y cargar mis maletas, y murmullo con una sonrisa: —«¡Es evidente que los alemanes se toman las cosas a pies juntillas!»—.

Desde el principio siempre me planteé la organización de esta aventura para desarrollarla en solitario, y recupero esta circunstancia porque durante el transcurso de esta jornada no dejo de pensar en repetidas ocasiones si quiero ir sólo en este viaje que he planificado o, por el contrario, continúo con Enri. No porque me caiga mal el hombre, ni mucho menos. Aunque sí he de reconocer que se está convirtiendo en un acompañante un tanto desequilibrante para mis planes, a la hora de seguir su ritmo; La BMW R80 de los años ‘90 que conduce, no sobrepasa los 100/105 km/h. Por otra parte, también pienso que uno de los beneficios de viajar en solitario, es ir encontrando compañeros con quienes compartir ciertos kilómetros, o días de itinerario en la carretera. Además, siempre se recomienda no ir sólo por cualquier percance que pueda acontecer.

Fiel a mis costumbres antes de poner la Ducati en marcha efectúo una revisión visual de la moto en general, y es ahí, cuando compruebo que el aceite del motor está señalando mínimos. La verdad es que no tengo por costumbre transportar ningún bote de aceite. Sin embargo, mi nuevo amigo Erni, sí que la porta. Claro está que su moto sí lo precisa.

Nos ponemos en ruta con un recorrido por delante hasta llegar a la frontera de 320 km. Ahora también continuamos por la carretera E70 de la costa del Mar Negro. Visto lo visto horas antes, he de comprar un bote de aceite para curarme en salud. Voy en la carretera atento para localizar una estación de servicios Shell. A pesar de que hay diversas marcas de gasolineras, personalmente prefiero que sea Shell porque es internacionalmente muy conocida.  A parte de que Shell es la marca que la casa Ducati recomienda para sus motores. Tanto he ido oteando, que finalmente doy con una gasolinera Shell. Le hago un ademán a Erni, y nos detenemos. Los dos repostamos combustible, y compro el aceite que quizás pueda volver a necesitar quién sabe cuándo.

Mientras el depósito se llena nos ponemos de acuerdo para seguir un rato más en ruta hasta detenernos para desayunar, que en todo caso sería en un establecimiento a pie de carretera. Así mismo obramos. Detenemos la marcha en un local justo al borde de la carretera, y pedimos que nos sirvan lo que puedan ofrecernos para desayunar. Nos sirven un té (muy típico del país), también aceitunas negras, ensalada de tomate con pepinos y mantequilla con miel. Para mi infortunio no me gusta ni el té, ni los pepinos, así que, aprovecho el resto de alimentos; desayuno aceitunas negras, ensalada de tomates, y mantequilla con miel. Abonamos el importe de lo que hemos consumido, y proseguimos el rumbo del camino. Nos encontramos próximos a la hora de mediodía y ya llegamos a la frontera. La verdad, que cuando llegas al destino es fácil de reconocer por la cantidad de camiones que hay parados en el lado derecho de la carretera (hecho característico de las fronteras de lugares como este). A mí no se me quita de la cabeza el recuerdo de la famosa multa que tengo que abonar. Por si acaso, ya llevo efectivo conmigo para si me ponen algún impedimento a la hora de cruzar la frontera hacerla efectiva al instante, y por ende ahorrar tiempo.

Desayuno Turco
Desayuno Turco

Erni va detrás de mí. Finalmente arribamos a la frontera turca, y un guardia se dirige a mí señalándome el camino con el dedo índice: —«Sobrepase la cola de vehículos»—. Obedezco su orden y me pongo a la altura de la caseta de seguridad. Ahí entrego mi pasaporte y los papeles de la moto; entonces el guardia me dice escuetamente —«OK, continúe»—. Prosigo mi marcha sin mirar para detrás para entrar en Georgia. En ese minúsculo recorrido pienso con júbilo: —«¡Genial! No me ha hecho pagar la multa que me pusieron nada más pisar el país!»— y a continuación, pienso dos cosas, la primera: —«Quizás los datos de la multa aún no hayan llegado al punto fronterizo, ya que pensarían que un atrevido español en moto no saldría nunca por Georgia»— o la segunda que también me planteo en ese momento: —«No es necesario que abone la multa, por ese motivo se rieron en Estambul la patrulla de policías que pregunté»—.

Antes de pasar el control de Georgia me detengo para sacarme la foto de rigor, y también para esperar a que Erni cumpla con su trámite burocrático, y de este modo poder cruzar la frontera. Entre tanto, le solicito a un agente de seguridad: —«Por favor, ¿una foto?» —. Coge mi cámara y me hace la fotografía sin mayores impedimentos.

Frontera Georgia
Frontera Georgia

Erni llega con su BMW R80 al punto en que me encuentro, y de esta manera uno detrás del otro, nos colocamos en la cola fronteriza de Georgia. Llega mi turno. Una señorita me pide la documentación: pasaporte, papeles de la moto, dos o tres preguntas típicas de rigor y… ¡Me sella el pasaporte! Entro a Georgia y una vez más me detengo para esperar por Enri.

—«Ups. ¿Qué pasa?»—, me pregunto porque no comprendo nada de lo que está sucediendo a mi alrededor. Varias personas se encuentran observándome a mí y a la Ducati. Miran la matrícula, las pegatinas que también llevo en el parabrisas. Puedo ver que a mi alrededor se hayan ubicadas varias oficinas de cambio de moneda, y un número indefinido de personas que se mueven de un lugar a otro sin mayor sentido aparente, es decir, a mi modo de entender la circunstancias que le llevan a ese comportamiento; son los inconfundibles busca vida de este tipo de países.

Recuerdo que desde que comencé a preparar el viaje, el mayor «peligro» por definirlo de alguna manera gozaba de nombre propio: Georgia. Principalmente, por lo que había podido leer y también por los comentarios que habían podido llegar a mis oídos, entre otras cosas. Me acuerdo que ya entonces desconocía lo que podía encontrarme, es más, no existe ningún mapa del país disponible en español, es decir; no existe ningún mapa Michelin en español. Por aquel tiempo me vi en la necesidad de hacer una petición de un mapa a una marca inglesa. Días antes de iniciar la aventura me pasé algunas horas comprobando en Google Earth el recorrido por dónde iba a pasar. Tampoco puedo olvidar que al comprobar por el mapa el estado tan pésimo de las carreteras de aquí, no quise seguir ahondando más porque me producía hasta miedo. Esta circunstancia me ocasiona entrar al país con cierta tensión en el cuerpo, aunque noto enseguida como a medida que pasan los segundo esta sensación se va evaporando, y toda la agonía del principio también. Ahora ya me siento más cómodo esperando por Erni, a pesar de que la gente nativa me sigue mirando la moto sin decir ni una sola palabra. He perdido la inseguridad del principio, y ya yo también les devuelvo la mirada a ellos. En este caso opto por levantarme solamente la pantalla del casco, y saludarles con una sonrisa.

Frontera Georgiana
Frontera Georgiana

Erni se acaba de poner a mi altura y me comenta: —«Enrique, ¿deberíamos de hacer un cambio de monedas?». Localizamos una oficina de change y una vez dentro, solicito que me cambien 40 € para pequeños gastos, ya que, el resto de cantidades las puedo abonar con la tarjeta de crédito.

Seguidamente, mi nuevo compañero de aventura me informa que la carta verde de los seguros no nos cubre absolutamente nada en Georgia. Me quedo estupefacto, desconocía tal hecho. En su día, cuando miré la documentación deduje que sí era válido. Sin embargo, ahora con Erni compruebo que estaba totalmente equivocado. Así que nos hablamos: —«Qué crees Erni, ¿sacaremos un seguro local para los días que circulemos en Georgia, o nos arriesgamos a seguir la ruta sin seguro?» a pesar del riesgo que podamos tener optamos por la segunda, cuando lea esto mi madre creo que no le hará mucha gracia jajajajajajjaajaj.

Entramos al país por Sarpi, y nos tenemos que dirigir hasta Batumi. A pesar de seguir de nuevo el trayecto por la carretera de la costa del Mar Negro, el estado de la carretera no tiene ni punto de comparación con el anterior recorrido de la E70: No está señalizada y tampoco hay arcenes. Cuenta con una innumerable cantidad de baches, incluso con tierra en ciertos tramos de la vía. Transcurre una parte del trayecto, y a unos pocos kilómetros después, nos detenemos en una estación de servicio para repostar combustible, y a su vez, matar la sed con una Coca-Col Zero  bien fría. Una vez más, somos el centro de atención de las miradas curiosas de los nativos hacia nosotros y las motos. A mí por el contrario me atrae la atención sobre la cantidad de coches de gama alta que en ese momento se hayan repostando en el lugar.

Georgia
Georgia

La gasolinera ya se queda atrás, y ahora comenzamos a entrar en Batumi, al mismo tiempo que coincidimos con el horario de la salida estudiantil; es por ese motivo que nos vamos encontrando a nuestro paso muchísimos autobuses de transporte escolar.

También ahora, somos el centro de atención de los niños. La imagen que me llevo de la ciudad es la de un lugar empobrecido, o eso al menos es lo que deduzco si me fijo en el tipo de gente, en las tiendas, en las aceras, y en los edificios. Puedo observar a bastantes personas que deambulan sin mayor sentido por las aceras, o también se encuentran sentadas en ellas, e igual que los observo sentados a pie de los propios comercios, entre otras situaciones de abandono.

Sin detenernos, comienzo a zigzaguear por los vehículos, sin embargo, la BMW R80 porta unas maletas tan grandes que no le permiten a Erni maniobrar con facilidad para colarse entre los vehículos, y me desespera la situación por no poder avanzar como quisiera.

Una vez que logramos atravesar la ciudad nos encaminamos a la carretera B12, la cual nos ha de llevar hasta nuestro destino; cuando de repente un cartel nos indica: —«Obras. Siga la señalización»—. —«¡Lo que nos faltaba!»— exclamo decepcionado, ya que no me esperaba esta sorpresa mientras Erni se queda pasivo esperando detrás. —no hay señalizaciones alguna. En Georgia Garmin no dispone de mapa para sus GPS, por lo que hago uso de la aplicación gratuita que instalé en el Iphone maps.me, y que me está funcionando como un reloj inglés, al menos hasta ahora. La paradoja que en la actualidad no puede dirigirme a ningún lugar por las obras que se están acometiendo en la zona, y no es capaz de reconocer otras alternativas: —«¿Y ahora qué?»— me interpelo a mí mismo, hasta que enseguida opto por seguir a unos camiones. —«¡Erni, seguimos a los camiones!» — le planteo, pero ya con la decisión casi tomada y apuntillo: —«Imagino que se dirigen a Tiflis»—. Erni confirma con la cabeza, y me la juego, seguimos la estela de los camiones.

Carreteras Georgiana
Carreteras Georgiana

La carretera continúa siendo de un sólo carril para cada sentido de la marcha. Por el puerto de montaña nos estamos cruzando con una cantidad suficiente de tráfico que, junto con la peligrosidad de la carretera, nos complican la maniobra para efectuar el adelantamiento. El calor continúa siendo asfixiante, es más, cuando un autobús o un camión se nos pone por delante de las motos, la sensación de asfixia por la elevada temperatura se acentúa. En este momento comienzo a ser consciente que detesto a los camiones, y mira que tengo amigos que son profesionales del medio.

Los kilómetros pasan a una marcha muy lenta. Entre tanto, cruzamos aldeas y pueblos. Ya comienzo a echar en falta una autopista o carretera nacional como las españolas. He ido comprobando in situ que aquí desde que te ausentas de la carretera «principal», el resto de carreteras son en su inmensa mayoría de tierra. Tanto es así, que a las entradas a las estaciones de servicios hay que extremar las precauciones por el derrape y donde puedes terminar «mordiendo el polvo» del suelo.

Al contrario de lo que también entendía sobre la escasez de gasolineras cuando pensé en adentrarme por estos lares. En la actualidad he de reconocer que mi error es incuestionable, más cuando el país está repleto de estaciones de servicios de marcas locales, del mismo modo, que también se encuentran disponibles otras marcas internacionales, sobre todo Shell. Tan grande es mi asombro que me pongo hacer cávalas del país en el que creo que hay más estaciones de servicio por kilómetros, y sorprendentemente coloco a Georgia por encima incluso de Francia o Alemania, y eso para mí, ya supone una enorme sorpresa. Es evidente que, con esta disponibilidad de servicios, el bidón que transporto detrás de la moto prestado por mi amigo Patxi (ducatista de España) no hubiera sido necesario. Aunque tampoco puedo obviar que la tranquilidad que me ocasiona disponer de 6 litros de combustible extra, no lo cambio por disponer de tantas estaciones de servicio juntas.

Área de descanso en Georgia
Área de descanso en Georgia

Quizás este sea el primero, y espero que también sea el último día que no disfruto sentado en la moto de esta aventura que emprendí entusiasmado, e incluso cuando me puse de igual modo manos a la obra en la planificación y organización del viaje. El cansancio se apodera hoy un poco más de mí, y sólo reincide este pensamiento por mi cabeza la de llegar la hotel.

Ciertos tramos de carretera están en obras, y también hay pasos a niveles por los que cruzan los trenes, por lo que pasar las vías se vuelve un hecho bastante peligroso.

Con este cúmulo de circunstancias me llevo el único susto del viaje, al menos hasta la fecha de hoy. Es media tarde y nos quedan aproximadamente 200 kilómetros para llegar al hotel, y con las ganas que tengo de llegar para descansar y ducharme he cometido un estrepitoso error de principiante. Acabo de realizar un recto en una curva y he podido salvar la situación gracias a la tierra que está acumulada en la salida de la curva; siendo lo que acaba de evitarme un mal mayor.

Ocurrido este trance, seguimos los dos nuestra marcha por las penosas carreteras georgianas, esquivando los vehículos, y también cruzando los pasos a nivel que se presentan en nuestro camino. A escasos 30 kilómetros de la capital me congratula comprobar en primera persona que se comienza a trabajar en una autovía que, al parecer, se prevé que enlace a Batumi, aunque esta construcción tiene pinta de ser una obra para largo tiempo.

La entrada a Tiflis la señaliza un monolito con el nombre de la ciudad, lo primero que hacemos es detenernos en el arcén; aquí, sí dispongo de espacio suficiente para hacer la fotografía de rigor. En este punto concreto el panorama ya es totalmente diferente. A pesar de que la velocidad es excesiva, se respira cierta tranquilidad.

Tiflis
Tiflis

Al contrario de mis prejuicios del principio, me apodera una grata sorpresa a la hora de entrar en la ciudad y ver que realmente no es un lugar ni feo, y tampoco ruinoso. He de reconocer que es como cualquier otra ciudad europea, tanto es así, que hasta el odioso tráfico que se apodera de las calles es idéntico a cualquier otro país. Mientras, el móvil nos indica el camino que debemos tomar hasta el hotel. Atravesamos la ciudad bordeando el río, el pequeño hotel se encuentra en la zona centro de la metrópoli, al ser una casa sin cartel por fuera no consigo dar con el sitio concreto donde se ubica, hasta que pregunto a un transeúnte quien muy amablemente nos indica cómo llegar. Las inmediaciones del hotel no son nada aceptables, más bien, podría incluso decirse que se encuentra en un barrio muy humilde. Tanto es así, que no me hace ninguna gracia dejar la moto a la intemperie dos días, por lo que intento buscar un lugar donde aparcarla. Le pregunto a la señorita que regenta el hotel. Me indica que tiene un patio, aunque no está bajo techo donde podemos dejar las motos.

Sin ningún resquicio para la duda, hoy ha sido el día más duro de mi vida desde que estoy montando en moto; 700 km., en 12 horas y media.

Hotel en Tiflis
Hotel en Tiflis

De nuevo, retomo mi pensamiento que me lleva a una ducha fría y a tirarme de cabeza en la cama. Entre tanto, Erni le pide a la señorita una habitación libre, pero esta le comenta que hasta las 00:00 pm., no dispondrá de habitaciones; así que, le invito a que se duche en mi habitación, y también para que mientras tanto tenga donde dejar sus pertenencias. Erni acepta mi ofrecimiento, y luego se marcha al salón a ver la televisión mientras que yo me lanzo a la cama. Más tarde me despierto, ha transcurrido una hora, me siento un poco más repuesto y bajamos a cenar. Vamos a la búsqueda de un lugar donde poder comer. A 100 metros más o menos del hotel vemos una hamburguesería con terraza. Nos aproximamos hasta ella, y sin plantearnos si será ese el sitio apropiado o no, nos sentamos en las mesas colocadas en el exterior. Pedimos, nos sirven con ligereza, comemos con igual rapidez, y nos ausentamos rápidamente al hotel para dormir.

El sol rompe con su luz en el cielo al amanecer. Es sábado. Hoy por la mañana nos toca hacer turismo por Tiflis. A las 10:00, con el cuerpo repuesto, y frescos después de una ducha reparadora como la efectuada anoche, Erni y yo, buscamos un sitio para desayunar. En esta búsqueda damos con una tienda de ropa que también hace las veces de cafetería, lo cual me parece una idea extraordinaria y exportable.

Cafetería
Cafetería

Salimos de la tienda-cafetería, y nos encaminamos a visitar la ciudad. Primeramente, nos dirigimos hacia el río donde nos encontramos con un puente muy moderno y vanguardista que cruza hasta el otro lado de la población. Allí, descubrimos una gran sala de concierto en forma futurista y rodeado de jardines con instrumentos musicales gigantes, como, por ejemplo, un piano por encima del palacio presidencial. Desde este mismo lugar, hay un teleférico que sube al otro lado de la ciudad hasta la parte de arriba de la capital, donde se encuentra a la derecha (mirando el río de frente) una pequeña fortaleza Narikala fortress, y a la izquierda, el símbolo de la ciudad Kartlis Deda (La madre de Kartli) desde aquí se observa toda la ciudad con los contrastes tanto modernistas como los clásicos.

Puente Georgia
Puente Georgia
Georgia
Sala de Conciertos
Piano
Piano
Narikala fortress
Narikala fortress
Kartlis Deda (La madre de Kartli)
Kartlis Deda (La madre de Kartli)

Una vez que descendemos, vamos de camino a ver la iglesia de Metekhi, y la estatua del rey Vakhtang Gorgasali, desde este mismo lugar se divisa el casco viejo de la ciudad. Sitio por donde cruzamos para verlo, y por el cual también aprovechamos para buscar a estas horas de media mañana un establecimiento donde tomar un refrigerio. De pronto, veo una bandera española, nos dirigimos hasta allí y observo que es un restaurante español en Tiflis. A pesar de la tentación que me produce comer menú español, no lo hago. Mis experiencias con los elevados totales de la factura de los restaurantes españoles en el extranjero, me hacen ser precavido, y no dejarme persuadir por ese deseo de comer con «fundamento».

rey Vakhtang Gorgasali
Rey Vakhtang Gorgasali

En el impasse de tiempo en el que nos tomábamos la caña bien fría, se sienta un señor en solitario en una mesa de unos 50 años más o menos para almorzar. Por lo que puedo escuchar, es un cliente habitual y por supuesto habla español. Me levanto y me acerco a él para saludarle; efectivamente, es un ingeniero madrileño que va con bastante frecuencia a Georgia porque está participando en la construcción de la autopista. En el mismo tiempo que le cuento mi hazaña pone cara de asombro. Converso cinco minutos más con él y me despido regresando de nuevo a mi mesa; una vez que llego a ella, abonamos la cuenta y nos marchamos del local para proseguir recorriendo la ciudad, sobre todo, ahora nos toca buscar algún sitio para almorzar, pero eso será dentro de un rato largo. Caminos, sacamos fotos, y seguimos agradados de conocer Tiflis.

Tiflis
Tiflis
Tiflis
Tiflis

Actualmente con la hora de almorzar marcando el rechinamiento del estómago y una vez lo hemos saciado, damos un paseo por la zona comercial. Regresamos al hotel, y a eso de media tarde me hecho una siesta, aunque luego limpiaré la cadena de la moto y le echaré un vistazo, ya que, no puedo dejar de revisarla, no vaya hacer que me lleve un susto como la del el aceite.

khachapuri
khachapuri

Cae la tarde-noche, y nos vamos a cenar a un restaurante típico del país donde comemos el plato tradicional de aquí, khachapuri —«¡Que rico!»—, exclamo satisfecho de probar casi un manjar. Cenamos, y nos recogemos para el hotel sin demora; hemos de acostarnos pronto porque al amanecer como el día, también tenemos que madrugar.

tbilisi
Tbilisi
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