Todo hace indicar que le indiqué erróneamente al GPS la dirección del hotel, y me ha conducido a una de las calles sin salida de un barrio muy humilde de la capital búlgara. Me apeo de la Ducati, y le pregunto a un chaval que está sorprendido y curioso por ver una moto de esas características en el barrio; — «¿Este es el hotel?» — «No», responde el joven-. Saco la reserva que llevo guardado donde figura la dirección correcta, y muy amablemente me la escribe en el GPS. ¡Sorpresa! Estoy a 5 km., de donde tengo que hacer noche.

Desde que comencé a preparar el viaje tenía un dilema con los neumáticos dos dilemas bien definidos: Salir desde España con gomas nuevas o por el contrario salir con las actuales y cambiarlas en el transcurso del viaje.

El neumático delantero quizás podría durar toda la expedición, sin embargo, con el neumático trasero mantengo más dudas; gasta mucho más la goma y si le añado la carga que lleva la moto, se desgastara aún más todavía. Me decanto por cambiarlo cuando esté en ruta, y eso, es lo que voy hacer. Después de tomar esta decisión, mi segundo planteamiento se basa en qué lugar haré dicho cambio. Sería ideal actuar entre las ciudades de Estambul y Moscú, el único hándicap que veo, es que en esa distancia concreta (4.000 Km) no hay disponibles concesionarios oficiales de Ducati, por lo tanto, sólo me queda Estambul. Finalmente, deshecho las alternativas que me he ido planteando hasta el momento por un motivo muy concreto: Voy a desaprovechar toda la media mañana que tengo disponible para hacer turismo por la ciudad turca, y no quiero dedicarle todo el tiempo que me quedan libre del viaje al mantenimiento de la moto.  Así que, finalmente me decido por hacer el cambio de los neumáticos en el representante Ducati de Sofía (Bulgaria).

Transcurren las semanas, y en marzo, creo apropiado para tenerlo todo bien organizado intercambiar diversos e-mails con el taller Ducati de Sofía. Asimismo, busco un hotel lo más cercano posible al concesionario cumpliendo con el presupuesto.

De los días atrás que he tomado la salida, antes incluso de poner un pie en el asfalto he pensado que iba a ser un día duro, sin embargo, hasta la fecha, hoy me está resultando verdaderamente el día más duro por excelencia de todo lo que llevo recorrido en la aventura en moto. Estoy en el hotel, y me encuentro completamente destrozado. Mi cuerpo comienza a resentirse de tantas horas en la carretera. Intento recomponerme. Me ducho y bajo a la recepción para que me indiquen sobre algún restaurante italiano en que pueda degustar un buen plato de pasta fresca, y una cerveza muy bien fría, casi helada. La recepcionista me indica — «Caballero, dispone a su servicio en el sótano del hotel de un restaurante» — y respondo — «¿en el sótano? No vi nada antes cuando pasé por allí» — vuelve a responderme — «para acceder tiene que entregar la tarjeta que se le ofrece en este punto» —  —«¡No, no! — le digo intentando zafarme para que no me comprometa, y vuelvo a decirle —«Pensé que se trataba de un restaurante Vip, y estoy buscando un establecimiento más económico» — La chica insiste. Parece que no quiere entender y persiste en su empeño, hasta que yo termino por aceptar la invitación que me reitera una y otra vez.

Me acerco a la puerta del restaurante y está completamente cerrado, toco, y aparece un señor de mediana edad bastante obeso, dirigiéndose a mí. No entiendo nada de lo que me dice, así que, saco la tarjeta y me cede el paso al interior de local.

Entro y me quedo atónito. Contemplo absorto las paredes donde sólo hay fotos de líderes soviéticos como: Stalin, Lenin, Gorbachov, y otros más. También hay unos sofás muy cutres, y en las repisas de las estanterías exponen objetos y periódicos soviéticos de la época de la guerra fría.

Restaurante en Sofía
Restaurante en Sofia

El señor me invita a coger asiento; pienso —«No sé si se habrá dado cuenta de mi incredulidad» —. Escucho música en la televisión, están emitiendo vídeos musicales americanos. Hecho la vista al cielo, y miro a la televisión buscando la respuesta que me ayude a entender la contradicción del lugar.

Ya en mi mesa, se acerca el señor y me ofrece la carta con los menús disponibles. A decir verdad, no entiendo absolutamente nada, le comento: — «Sólo quiero un poco de pasta fresca, y una cerveza muy bien fría» —. Se retira a la barra, por lo que deduzco que ha entendido lo que quiero consumir. Han pasado al menos dos minutos y regresa para servirme una cerveza del país. Normalmente pido que sean del país, porque las internacionales ya las conozco, y me apetece probar nuevos sabores allí a donde acudo. Con la cerveza en la mesa y saboreándola a pequeños sorbos entre que espero la comida, aprovecho a wasapearme con mi padre. Le envío fotos y los dos llegamos a la conclusión que este local tuvo que ser un centro de la antigua KGB.

Además del hombre que me abrió la puerta, que deduzco por su atención que será el encargado o jefe del local, hay otra persona bastante más joven que representa las funciones de camarero y de cocinero puesto que se encuentra preparando mi cena, mientras el jefe se fuma un cigarro sentado por el lado interior de la barra.

Finalmente me sirven la comida. El plato de pasta es el más sencillo que he comido en mi vida. No supera siquiera aquellos de mi época de estudiante. Una receta muy básica: Macarrones y salsa de tomate de bote. Para llenar un poco más el estómago vuelvo a pedir una segunda cerveza. Finalizo mi cena y le pido al camarero que me traiga la cuenta. En ese momento saltan todas «las alarmas» me había olvidado de cambiar moneda, ya que en Bulgaria la moneda es la Lev. Me dice el encargado en su idioma — «No se admiten pagos con tarjeta». Le pregunto —«¿puedo pagar en euros?» — y persiste en su negativa. A lo que yo le digo — «Tenemos un verdadero problema, ya que, no tengo Lev. Pero tengo euros y tarjeta» —. Ante lo que les muestro mi interés por hacer frente al coste de la cena. Supongo que el señor pensará que es mejor cobrar un tanto del total que perderlo todo. Cede ante mis escasos recursos económicos locales y cerramos la cuenta en un total de 5 euros.

Me levanto con sigilo y a las 09:00, ya estoy en la puerta del concesionario de Ducati que se ubica en una calle principal de la ciudad, parecida a la «La Castellana de Madrid». A pesar de ser jornada laboral, tuve que esperar hasta 10:00, horario de su apertura. Me quedo sentado en la acera mientras espero a su apertura. Busco el taller y no lo veo; y cavilo, ya puestos a dudar — «¿también lo han construido en el subsuelo o quién sabe si lo han camuflado en otro sitio?».

Ducati Sofia
Ducati Sofia

Son las 10:00, en punto. Abre la tienda y uno de los chicos que trabajan aquí me reconoce y me anuncia — «El taller no es aquí, está a 10 km., desde este punto» —, y en un tono más que desencajado le respondo — «¿Cómo? ¡Nadie me lo ha puesto en conocimiento!» — Para más inri, esa dirección no la reconocen los navegadores. El joven me ha sentido tan molesto que me lleva hasta el ordenador y con el Google Maps me ayuda a reorientar el recorrido hasta llegar al taller. De igual manera me lo dibuja en un papel, que todo sea dicho de paso, me quedo de piedra porque mi hijo de un año y medio dibuja bastante mejor que él. Voy a intentar llegar al destino que me indica en el papel, ahora, si me pierdo, desistiré de explorar y me marcharé hasta llegar a Estambul donde cambiaré allí los neumáticos. —«Malo fuera que una gran ciudad como esta no tuviera ruedas para mi Multi» —. Inesperadamente le indico — «Márquemelo en el móvil. Si usted lo ve en el Maps yo también puedo acceder desde mi Iphone, ya que, tengo coste cero de mi tarifa de datos de Vodafone». Salgo, y me conduzco hacia la dirección señalada».

— «¡Extraordinario! He llegado al primer intento» —. La distancia que me había indicado no era la correcta; 10 km., que han sido en realidad 25 km. Además, el concesionario oficial de Ducati se haya ubicado al borde de la carretera A1. La misma que me llevará a Turquía. — «¡Mejor imposible!

El concesionario se encuentra en un polígono industrial, donde tienen cabida otras marcas de coche de gama alta. Rodeo la gran nave hasta llegar a la parte de Ducati, donde me están esperando dos mecánicos. Después de 5 minutos de conversación me indican que puedo esperar el cambio de las ruedas en la cafetería pues ellos me avisan cuando la moto esté preparada.

Al cabo de hora y media se acerca la camarera para informarme que mi moto ya está terminada, y que puedo pasar a recogerla cuando así lo desee por la recepción. Efectúo el pago del cambio de los neumáticos y me encamino con pausa, pero sin prisas hacia Turquía.

Taller Ducati Sofia
Taller Ducati Sofia

Es más, de media mañana y tengo la impresión de que hoy, voy a tener un día tranquilo. 564 km., que voy a recorrer por una carretera apta y con un clima apto para ir en moto. Nada puede torcerse. Lo único que me preocupa es no recalar en Estambul con la noche cerrada. Nunca antes he estado por estos lares, a excepción del año 2010 cuando hice escala en el aeropuerto de Estambul para ir a Doha (Qatar).

Sobre las 14:00, llego a la frontera con un calor extremadamente sofocante. He recorrido una distancia en el día de hoy de 400 km. El visado para cruzar el linde entre una frontera y otra, lo obtuve por internet un mes antes para así ahorrar tiempo. Después de protagonizar el cuestionario de los guardas, estos me indican que la moto ha de pasar por un arco de rayos X. Desconozco las razones, quizás sea por la cantidad de cadáveres de mosquitos, moscas y demás insectos que llevo en la moto. Lo que sí sé, es que me llevará una hora más de espera. Me extraña que no me hagan pasar a mí también, pues, la chaqueta y los pantalones en mi vida los había tenido tan mugrientos.

Aduana Turca
Aduana Turca

Paso el control, y los agentes me dan el visto bueno. Vuelvo a la caseta de los pasaportes para que me cuñen el pasaporte y así, por fin acceder a Turquía.

Turkia
Turkia

A tan solo unos metros de cruzar el paso fronterizo me encuentro con una mezquita, señal indiscutible de que estoy fuera de la zona de confort. En este punto, tengo la inquietante sensación de estar iniciando concretamente aquí el viaje.

Me detengo en la primera estación de servicio que tropiezo en el camino para beber un refresco bastante frío, y también comprar la pegatina del país. Excentricidad que suelo cumplir ante cada nuevo país que visito y que no en todos es factible apoderarse de una pegatina.

El refresco me sabe a gloria, y mientras me lo termino, contemplo un cubo de agua con una esponja para limpiar los cristales de los coches. Dejo la lata de refresco en la basura y dirijo mis pasos hasta el lugar para limpiar la pantalla de la moto. Inesperadamente, un señor de avanzada edad viene a mi encuentro con bastante acritud y en voz elevada. No comprendo lo que me dice, aunque presupongo que me está recriminando. Opto por evitar conflictos; Deposito el cepillo dentro del cubo y me marcho. Antes de alejarme de la estación de servicio compruebo que el señor trabaja limpiando vehículos, y probablemente pensó que quería arrebatarle el trabajo.

Cada vez que entras por las carreteras de un país estas marcan las velocidades máximas de las vías en las correspondientes señales de tráfico diferenciando los tipos de vehículos (coches, camiones…) y también de carreteras (autopistas, nacionales, pueblos…) por lo que según me indican las señales, tengo que entrar en la autopista E80 que me lleva directo a Estambul.

Después de que he circulado 15 km., por la autopista, un coche de policía me señaliza que detenga la moto. Uno de los agentes permanece sentado dentro del vehículo, por el contrario, el segundo policía se dirige a mí tajante diciéndome: —«El radar le ha cazado en exceso de velocidad» — Me extraña- pienso, sin decirle nada. —«Cada vez que entro en un país nuevo respeto por completo la señalización» —. Entre que ellos no saben ni una palabra en inglés, y yo aún mucho menos de turco, el policía me escribe la cifra 117 sobre el vehículo policial. Entonces yo le contesto; —«Ok. La velocidad máxima es 120 km/h» —. El agente se muestra terco e insiste con la dichosa cifra 117; por mi parte, tampoco rebajo el carácter de terquedad y le indico 120 km/h. Por si todo esto no fuera suficiente, el policía comienza a insistirme señalando el documento que sostiene en la mano para que firme la multa. Se empieza a generar una situación muy tensa de la que no entiendo absolutamente nada. Todo esto que sucede no me da buena espina y para mi tranquilidad por lo que pueda suceder enciendo la Contur que llevo en el casco; y grabo todo.

Policia turca
Policia turca

Primero le solicito por favor la foto del radar que indicó el exceso de velocidad. No sé, si no me entiende o no tiene intención de hacerlo. Por otra parte, yo opto por una actitud idéntica al agente de incomprensión de lenguaje con la multa, y entramos en una conversación de besugos. El agente se ausenta al vehículo y de la guantera extrae un libro que me muestra, y donde leo; «Las motos, tiene un exceso de velocidad permitido idéntico al de los camiones 100 km/h.». La cara se me desencajada, y reacciono rápidamente diciéndole; —«he viajado por el resto del mundo, y la velocidad de las motos y de los coches es idéntica, sin que la comparen a la de los camiones» —. El terco del policía no entra en razón. No me queda más solución que firmar y aceptar la multa. Todo sea dicho de paso; hago un extravagante garabato; después de todo, tampoco iba a firmar como dios manda. Una vez concluye esta tortura, vuelvo a la moto y continúo mi destino que me lleva hasta Estambul.

Con toda la tardanza que he soportado primero en la frontera y posteriormente el incidente de la multa, la tarde literalmente se me echa encima, y con una puntualidad inglesa cuando son las 19:00, en punto, inicio mi entrada por Estambul. Y eso que desde 50 km., antes de entrar en la ciudad se ha ido congestionando la carretera. Principalmente en el sentido de salida de la ciudad. La caravana de coches es abismal, ahora, una vez que ya estoy dentro de las calles de Estambul el tráfico se hace inaccesible y asfixiante. Entre lo que cuesta respirar por el sofoco climatológico que azota fuertemente, y la temperatura que sufre la moto además del calor que emana hacen que cada metro que logro me parezcan centímetros, circunstancias estas que me retrasan aun todavía mucho más. He querido intentar adentrarme por los arcenes para ganar un poco de tiempo, pero después de lo que me ha pasado con el límite de velocidad y la multa, me abstengo de intentarlo, no vaya hacer que algún agente me capture la imagen, y luego no pueda escaparme de ningún modo de una nueva sanción.

Ante mi desconocimiento de la ciudad, sigo las indicaciones al pie de la letra del «Garmin», quien de pronto, a la altura del Gran Bazar se vuelve majara, y compruebo que no es capaz de llevarme hasta la Mezquita Azul. Me desespero, y una vez más tengo que hacer uso del aventajado google maps.

Me entusiasmo al llegar a la mítica Mezquita Azul, al momento veo un grupo de chicas que pasan a mi lado, les pido que me saquen una foto en el lugar. Todas ellas, al ver las pegatinas que porto en el parabrisas de la moto sacian su curiosidad con preguntas; — «¿de dónde vienes?» — me preguntan alguna de ellas casi al unísono. — «Soy español, ¿y ustedes?» — «Siberia» — —oh!!! — digo así en un tono un tanto españolito. Les enseño el mapa del recorrido que llevo impreso en la maleta izquierda, y ellas mismas comprueban que voy rumbo hacia su país, y se alegran de que así sea. La conversación se corta de un modo casi radical en el momento que aparece un chico turco elegantemente vestido, quien les sostiene las bolsas de la compra como un auténtico galán, mientras las acompaña de paseo.

La Mezquita Azul
La Mezquita Azul

Finalizo de hacer una serie de fotos con la moto en la «Mezquita Azul» y también en la «Catedral de Santa Sofía» y me encamino al hotel que se encuentra a unos escasos 500 metros de donde me sitúo.

Santa Sofía
Santa Sofía

El hotel es bastante coqueto, tiene una apariencia familiar. He de subir al segundo piso donde el dueño me espera. Me encuentro con él, y me ayuda a sacar las maletas de la moto, además de permitirme aparcarla a la puerta del hotel. Mientras me muestra la habitación donde voy alojarme, me llama poderosamente la atención las espectaculares vistas que tengo desde aquí hacia toda la bahía de Estambul. Entre tanto, el señor no para de hablarme de motos: Lorenzo, Rossi, Ducati; me explica que el hotel que me muestra pertenece por herencia a su familia y descendientes, y demás historias. Intento no ser desagradable con el dueño de la estancia, pero, sólo me apetece ducharme, ir a cenar, y acostarme a descansar hasta el día siguiente. Me surge la ocasión perfecta «Ah, sí, gracias… Yo me acomodo rápido, usted no se moleste… Buenas noches, y muchas gracias por su amable compañía» le digo como quien no quiere echarle-. El señor se ausenta de la habitación y parece que hubiera ganado la lotería «¡Sí, sí, sí a la ducha, cenar y para la cama! – Me repito contento y lanzándome a la cama.

Vistas hotel en Estambul
Vistas hotel en Estambul

Aprovecho después de ducharme, y hasta que se haga la hora de cenar en el restaurante que se ubica a muy pocos metros del hotel y por recomendación del hostelero para descansar, aunque sólo sea media hora.

Pasado el tiempo del descanso que todo sea dicho de paso me ha sentado de maravilla, bajo hasta el restaurante a ver qué me ofrecen de cenar. Si en otra ocasión tenía claro lo que quería, hoy, tengo claro que no quiero cenar pasta. En esta ocasión, me apetece un plato típico. Me ofrecen la carta del restaurante y entre más de quince menús la vista se me va al plato que llaman Kafta. Mis ojos parecen dos luceros al alba cuando pienso en sus ingredientes; — «¡Um, se me hace la boca agua!» —; no puedo resistirme a decirlo. Carne picada con especias, y con una forma similar a los pinchos de pollo de origen árabe.

Kafta
Kafta

El abuelo de mi padre era libanés. Con la tradición familiar de que cada 6 de enero almorzamos toda la familia al completo en restaurante libanés, da pie a que conozca especialmente bien la comida libanesa. Realmente la kafta se encuentra cocinada de manera tan exquisita que la acompaño con dos jarras de cerveza muy bien fría, y de broche un postre exquisito. Ya he saciado el hambre y me regreso al hotel donde caigo en la cama roto del cansancio. El amanecer comienza sobre las 04:00, en esta parte del planeta, pues es cuando de nuevo a estalla de júbilo la luz del nuevo día. Con lo que duermo escasas horas. Aunque me quedo por Estambul, y no subiré a la moto durante los dos días.

Miércoles 1 de junio, después de seis días consecutivos sin interrupciones en la carretera, hoy no tocaré la moto para nada. Quiero aprovechar el día para absorber todos los rincones de la ciudad, no sin que antes lo primero que haga es ir a pagar la dichosa multa que me interpuso aquel agente terco nada más poner las dos ruedas en carreteras turcas. En caso de no pagarla, me han informado que no puedo salir del país, y lo menos que me apetece en este punto de la aventura, es tener problemas en la frontera.

Estambul
Estambul

Pregunto por una oficina de correos y la gente del lugar me citan en la plaza de la Mezquita Azul, y allí es a donde me dirijo. La sorpresa me la llevo al decirme el funcionario de correos que no es posible hacer efectiva la sanción en la oficina, y tampoco sabe dónde he de realizarla. Salgo de las oficinas y a lo lejos observo una patrulla de policías locales a quienes me acerco y les pregunto: — «Buenos días agentes. ¿dónde puedo hacer efectiva una sanción de tráfico? La oficina de correos no lo admite» — apostillo. Los agentes se miran cómplices y se ríen entre ellos, a la vez que me espetan con ironía. —«En cualquier banco, o en la aduana» —. No hago caso de su mofa. Primero voy a desayunarme en la plaza que vuelvo a tener hambre, y ya luego, me encaminaré hacia el banco más próximo.

Tras pasar la puerta del banco al que acudo, contemplo una cola inmensa. Pienso:  10… 15… 20… ¡40 minutos esperando mi turno! Para colmo, el señor de la ventanilla me indica —«Aquí no es posible abonar las sanciones de tráfico» —. No me planteo siquiera ponerle una objeción, y salgo del banco ciertamente molesto, pero, no pienso perder un minuto más en este asunto mientras digo para mí —«Quique, el tiempo es oro. Ya lo pagaras en la frontera antes de salir».

La desazón de tanto imprevisto se me va pasado en el instante en que voy haciendo turismo por la ciudad. Primero visito el Palacio de Topkapi. Segundo entro en la Mezquita Azul, y también en la Catedral de Santa Sofía que se sitúan próxima una de la otra. Tercero, voy a los famosos Baños Turcos. Aunque hay bastantes espacios similares dispersos por toda la ciudad he podido leer en la guía que el lugar típico y con más antigüedad es el de Cemberlitas hamami.

La Mezquita Azul
La Mezquita Azul
Palacio Topkaki
Palacio Topkaki

Las agujas del reloj indican que son las 14:00. No hay más nadie en las instalaciones, así que, me doy un baño turco, y además aprovecho la oportunidad para recibir un masaje en la espalda y recuperar un poco las cervicales que es lo que más está padeciendo mi cuerpo por el transcurso de la aventura en moto.

«¡Me siento nuevo! ¡Qué maravilla!» Tengo un poco más de apetito, ahora que me encuentro con las espaldas más descargadas, y de igual manera necesito coger fuerzas para cuando llegue la hora del regateo por lo que me dirijo a comer en frente del Gran Bazar, una kafta.

Continúo haciendo turismo y no paro de pensar qué regalo voy a llevarle a mi mujer. El niño con unas camisetas que le regalo es «más sencillo» para decidirme, sin embargo, a Pili, no se me ocurre nada original; exclamo; —«Si ella estuviera aquí, ya hubiera encontrado un regalo de quitar el hipo» — Pensamiento el mío nace de no querer llevarle algo que no le saque partido, y al fin me decido por un bolso. Para Pili, no cabe lugar a dudas que es siempre una apuesta ganadora. Busco una tienda sin la intención de comprar nada, entro exclusivamente para ir reforzando las maneras del regateo que desde mi viaje de 2012 a Malasia no he practicado.

Gran Bazar
Gran Bazar

Después de varios intentos de regateo en diferentes locales, por unos bolsos de marca italiana entre el dependiente y yo, logro cerrar un excelente trato. Probablemente el dependiente de la tienda también piensa que su trato ha sido inmejorable, sin embargo, tengo la certeza de haber salido beneficiado.

Ya tengo los regalos que buscaba; no voy a comprar nada más, por lo que me inclino por evitar las aglomeraciones, que cada vez me doy cuenta que las tolero menos. Regreso al hotel para aprovechar el tiempo que me queda hasta las 19:00, hora a la que vienen a recogerme unos ducatistas para dar una vuelta y charlar un rato.

Esta quedada comenzó un mes antes de ponerme a viajar. Mi amigo, Josito (jefe de ventas de Ducati Madrid) me pone en contacto con ducatistas de Estambul, más concretamente con Tufan (presidente del club). Nos wasapeamos en diversidad de ocasiones y cuando ya tenía fechas concretas nos quedamos de ver en el hotel, para a posteriori, ir juntos a cenar a un restaurante de la zona, a los cuales él conoce bien.

Son las 18:00, y recibo un WhatsApp de Tufan que me dice: —«Hola Quique. Me voy a retrasar en el trabajo, y no podré recogerte. Lo hará Murat (miembro del club) por mí»—. Y así sucede. Son las 19:00 pm., y según a la hora de la cita aparece Murat por el hotel. Le informo que necesito una gasolinera porque llegué a Estambul marcando la reserva. Me dice — «Sígueme, vamos a un restaurante al otro punto de la ciudad» — Como desconozco el nombre ni el lugar y tampoco llevo conmigo el GPS me pego bien a su rueda, y, intento no perderlo de vista.

Salimos a una avenida y tengo la impresión de que va bastante rápido. Menos mal que no hay exceso de tráfico y puedo seguir su estela con cierta facilidad, a pesar de que todavía no logro averiguar por qué el asfalto de las calles de Estambul desliza tanto. No me resisto en hacerles este comentario posteriormente durante la cena, —«es horroroso cómo deslizan las calles aquí» — y ellos me responden; —«cuando llueve, esto aquí es peor que una pista de patinaje». Los chicos del club se quedan perplejos cuando les digo —«En Europa hay carreteras donde es posible tocar la rodilla con el asfalto».

La carretera se va estrechando sin avisar, y comienzan aparecer coches en todas las direcciones. Murat los va esquivando por la izquierda, por la derecha, por encima del arcén, en dirección contraria; y manifiesto; —«¡Qué caos es este! ¡Si esto pasa en España, se monta un tinglado monumental!» — Los primeros kilómetros no dejo de seguir su ritmo acojonado de miedo. A medida que avanza comienzo a divertirme como un niño menudo y a darme cuenta que puedo obviar todas las normativas de tráfico que no habrá lugar a represalias. No cejo de pensar —«Este hecho en Europa sería impensable».

Paramos a repostar gasolina para mi Ducati tal como le había pedido una hora antes de salir del hotel. Desde entonces hasta llegar al restaurante/terraza donde vamos a cenar han transcurrido 40 minutos. Nos esperan 10 ducatistas con sus respectivas monturas. Me resulta impresionante e indescriptible ver como un día entre semana, donde la gente tiene que acudir a sus puestos de trabajo, están aquí recibiéndome sin ni siquiera conocerme de absolutamente nada. Nos adentramos en el restaurante y gozamos una gran velada que quedará para siempre en mi memoria. Es más, los ducatistas no me permiten hacer frente a mi parte de la factura de la cena. A cambio, como muestra de gratitud de mi parte les regalo a cada uno de ellos unas pegatinas de los ducatistas de España y de mi viaje.

Acaba la velada 22:30 pm., y todos nos despedimos, excepto un número de 5 moteros que me acompañan hasta el hotel. A estas horas de la noche la carretera está prácticamente vacía, por lo que llegamos en un santiamén a mi alojamiento, aunque siendo honesto, también gracias a las altas velocidades por las que rodamos en carretera.

Ducatistas turcos
Ducatistas turcos

Ya en el hotel, nos despedimos. No se escapa nadie a la emoción del momento, y me he dado cuenta que esta noche he ganado dos amigos (Tufan y Murat) al menos mi sentimiento es que ese afecto es recíproco. Tengo muy claro que algún día regresaré a esta ciudad y los volveré a ver.

Mis ya amigos me recomiendan que no cruce el puente del Bósforo entre las 07:00 y las 10:00, debido a la gran cantidad de tráfico que se genera en la zona, por lo que podría originarme una tardanza de una hora hasta una hora y media. Les hago caso como no podía ser de otra manera y programo el despertador para las 05:30, y las 06:00, para este tiempo ya estaré subido a la moto y en ruta.

Estambul, es sin duda una ciudad emblemática que atesora una mezcla de belleza y desorden que la hacen atractiva, principalmente para ir en pareja sin niños, y pasar así 3 o 4 días relax. Mientras yo proclamo a media voz en el momento que ya me voy despidiendo de la ciudad; — «Volveré sin moto, y también regresaré aquí con moto otra vez» —, apuntillo diciendo, —«lo aseguro».

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