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Viaje por Europa, Turquía, Georgia y Rusia en solitario con una moto Ducati Multistrada 1200.

Prensa

Ducati Noticias 1 de Marzo de 2016:

http://www.ducatinoticias.es/noticia-ducati/quique-on-the-road-con-una-ducati-multistrada-1200-17-paises-en-24-dias/

Canarias en Moto: 1 de Marzo de 2016:

http://www.canariasenmoto.com/noticias/quique-on-the-road-un-viaje-de-12000-km-para-el-canario-gallego-14866.html

ASC Bombeiros de Galicia: 9 de Maro 2016:

http://www.ascbombeirosdegalicia.com/quique-on-the-road/

Crónicas Periódico mensual de la comarca de Ordes: Mayo de 2016

cronicas

El correo Gallego: 14 de Junio de 2016

correo-gallego

Ducati Noticias: Narración del viaje día a día:

http://www.ducatinoticias.es/noticia-ducati/quique-on-the-road-un-viaje-unico/

Programa radiofónico La Cancha – Capital Radio: 16 de Noviembre de 2016

Super7moto.com: 18 de Noviembre de 2016

http://super7moto.com/directorio/index.php/revista/reportaje/7549-de-a-coruna-a-a-coruna-pasando-por-bulgaria-turquia-georgia-rusia-y-polonia-en-una-ducati-multistrada.html

Fórmulamoto.es: 1 de Diciembre de 2016

http://www.formulamoto.es/viajes-rutas/2016/12/01/viaje-moto-coruna—moscu/16976.html

Revista Moto Viajeros: Diciembre de 2016

http://www.calameo.com/read/004025252c41c87666963

sin-titulo

Programa de Radio “Gente Viajera de Galicia” Onda Cero: 23-12-2016

http://www.ondacero.es/emisoras/galicia/gente-viajera/gente-viajera-de-galicia-23-12-2016_201612265861226c0cf211d2a9f985ac.html

Programa de Radio “Viajo en moto”: 15-02-2017

http://viajoenmoto.com/programas/

The Ruta Magazine: Julio 2017

https://www.yumpu.com/es/document/view/59083823/the-ruta-magazine-edicion-n16-julio-2017

 

 

 

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Agradecimientos y Dedicación

Como todo buen libro lleva sus agradecimientos y dedicación.

Detrás de un sueño hay sacrificios y personas involucradas, en mi caso los agradecimientos son para:

Moto Brave (Ducati Vigo)

Ducati Madrid

Ducati Canarias

Ducati Noticias

Los amigos del motoclub Milli Riders

Toni Ducantón, llevó el viaje a las redes sociales día a día a través de la web Ducati Noticias y el foro ducatistas.

Daniel Leige, un manitas con la informática sin su ayuda no sé qué hubiese sido de mí en las carreteras rusas.

Noé Muba, por instalarme el GPS en la moto en un domingo frío y lluvioso.

A todos los que me aconsejaron y ayudaron en el foro Ducatista, sobre todo al grupo que vino a despedirme (Toni, Noé, Pepé y Susana) y a recibirme (Noé, Pepé, José, José Manuel, Diego y Toni).

A los vascos: Agustín, Antxon y Mikel.

Por supuesto a mis herman@s, padres, tíos y prim@s.

La dedicación van para mis abuelos que me siguieron y ayudaron desde arriba, mi hijo y para mi mismo.

Varsovia – Casa

Quique on the road
Quique on the road

Cumplo mi deseo de visitar Varsovia. Desde que recuerdo he mostrado siempre interés por conocer este lugar; de ahí que siempre que tenía ocasión leía todo lo que podía sobre ella; e igualmente me he empapado embelesado de infinidad de documentales de la 2ª Guerra Mundial, ya que, fue justo en este emblemático rincón del mundo donde se originó dicho conflicto armado el 1 de septiembre de 1939.

También irrumpe en este momento en mi memoria otro guiño histórico de aquel tiempo en el que transité por Francia, donde en el viaje de vuelta del TT de la Isla de Man en 2014 aproveché la coyuntura del momento para visitar la zona de Normandía; lugar este, donde se dio un giro a la guerra, ya que, de no haber acontecido este hito histórico, probablemente en la actualidad, todos los que hoy somos europeos y conservamos nuestra propia lengua materna estaríamos hablando alemán.

Bajo hasta la recepción del hotel para preguntar por un local donde comer. La señorita me indica: —«Señor, hay una pizzería muy cerca del hotel que cocina unas pizzas deliciosas; además, si usted lo desea el restaurante se lo despacha a domicilio»—. Prefiero ir hasta allí, que así doy un pequeño paseo y respiro aire fresco que esta noche hace muy buen tiempo. Mientras dirijo mis pasos hasta la pizzería, me tropiezo por los alrededores con infinidad de personas con bufandas y banderas de Polonia por el partido de fútbol de la Eurocopa que ha disputado hoy el equipo Nacional, y está la totalidad de la ciudad eufórica con el equipo.

Una vez que entro al local, pido el menú que deseo comer: de primero un carpaccio, y de segundo una pizza. Sin lugar a dudas, esta pizza que me acabo de comer con gran sabor y ganas, es sin lugar a dudas la pizza más sabrosa que me haya comido en mucho tiempo, quizás la podría igualar a una que comí en New York hace unos años.

Cena en Varsovia
Cena en Varsovia

Transcurren las horas, y un nuevo día ha germinado como si naciera de la nada. Me aseo, me visto, y de seguido, bajo hasta recepción donde voy con la única intención de preguntarle a la señorita que tan amablemente me ha atendido anoche que me puede señalar donde se asienta la zona centro de la ciudad. A lo que ella una vez más, muy cordial me responde: —«Cinco Km desde aquí»—. Salgo a la calle. Ya en las afueras del local, camino y bordeo el río, donde enfrente del mismo puedo contemplar el majestuoso estadio de fútbol del que anoche los hinchas locales salieron entusiasmados por su equipo.

Estadio de Polonia
Estadio de Polonia

Llevo caminando un buen rato, yo diría, aproximadamente una hora. En este mismo momento me decido a detener a un taxista a quién le solicito —«Por favor, me puede llevar hasta el centro de la ciudad»—. Unos minutos más adelante se detiene, mientras a su vez me indica: —«Señor. Hemos llegado a su destino»—. Me cobra el importe de la carrera, y acto seguido, yo desciendo del vehículo y el taxista se marcha. En este preciso instante me doy cuenta que me acaba de dejar en el centro financiero, y no el histórico que es hacia donde yo quería dirigirme.

Palacio de la Cultura y la Ciencia
Palacio de la Cultura y la Ciencia

De igual modo, aprovecho para visitar el palacio de la cultura y la ciencia. Un edificio de 237 metros de altura, y donde se ubicaba la sede del partido comunista; también donde los políticos soviéticos gobernaban el país en la época del telón de acero, siendo construido por la URSS en modo de obsequio al pueblo polaco, y al que en sus orígenes lo llamaban «Palacio de Lósif Stalin». En esta ocasión, y en contradicción a mi propia negativa por acceder pagando a este tipo de recintos, abono la entrada por un tiempo aproximado de 40 minutos de visita, por el que se recorren las diferentes salas y salones en donde se reunían los políticos de la época.

Peregrino por las instalaciones hasta subir al piso 30 donde la visita concluye con unas vistas espectaculares de la ciudad. —«¡Genial! Desde aquí puedo identificar el casco histórico y cómo llegar hasta él»—, pienso.

Una sala del Palacio de la cultura y la ciencia
Una sala del Palacio de la cultura y la ciencia
Vista aérea de Varsovia
Vista aérea de Varsovia

Me voy del edificio entusiasmado por lo que he podido contemplar en su interior, y satisfecho por el importe que abone para tal efecto. Continúo a pie para alcanzar el casco histórico cuando por el camino veo la tumba del «Soldado Caído». Son muchas las referencias que existen de la Segunda Guerra Mundial; en aquel tiempo, cuando los nazis destruyeron sin dejar ningún rastro estructural de la ciudad.

Tumba del Soldado caído
Tumba del Soldado caído

He llegado a la calle principal por donde se encuentra situada el palacio del presidente, y donde también observo multitud de turistas y curiosos por la zona, obviamente, me puedo considerar uno de los tantos turistas que por aquí se desplazan de un lado a otro. Recorro la calle por completo hasta llegar a la Plaza del Castillo, me recuerda a los pueblos de Alemania y/o Austria. Aquí detengo mi marcha, y paso al interior de un restaurante típico donde como los típicos Pierogi, y el cual me recomendó Pili, a través de una compañera suya polaca.

Varsovia
Varsovia
Pierogi
Pierogi

Finalmente cae la tarde, y regreso al hotel porque quiero ver el partido de fútbol de España que se estrena en la Eurocopa enfrentándose a la República Checa. Posteriormente, iré a dar con Josiño con quien he quedado para vernos una vez que finalice el encuentro.

El partido acaba 1- 0 a favor de España, y como tenía previsto, obviamente un tanto más contento por la victoria del equipo nacional, me encuentro con Josiño. Mi amigo me lleva a una zona de moda situada cerca del hotel a la orilla del río Vístula. En este lugar hay montado un espacio del tipo chill out muy confortable. Una vez que nos acomodamos, pedimos unas Kielbasa, que no son más, que las tradicionales salchichas locales. De este modo, comiendo, bebiendo y contándonos nuestras vidas, pasamos una velada estupenda y agradable con la que doy por concluida la jornada.

Varsovia
Varsovia

Amanece un nuevo día, justo cuando son las 8:00 parto de la capital polaca en dirección a Auschwitz. Antes me dirijo un momento al taller ‘Monster Bike Salon Serwis Kawasaki Ducati’ que me recomendó mi amigo Clidanor Cano para cambiar el aceite, y el filtro de la Ducati que llevo sin efectuar el cambio de aceite desde los 10.000 Km. Aunque estoy convencido que puede durar hasta llegar hasta casa en España, pero por el contrario, prefiero ser precavido y no arriesgar innecesariamente por tan sólo 80 euros, y unos minutos que me cuesta hacer el mantenimiento de la moto.

Taller en Varsovia
Taller en Varsovia

Tal como ya hice en Bulgaria, mantuve contacto con anterioridad con el taller vía e-mail. Efectivamente, allí respetan mi cita, y me están esperando. Tardan una hora escasa en hacer el cambio del aceite, y del filtro. Abono los 80 euros. Ahora sí, con la moto puesta a punto me dirijo a buscar la carretera E75 que me tiene que conducir hasta Oświęcim; lugar que hace acordar a los homicidios y los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

En la actualidad me muestro dubitativo en cuanto a dirigirme también a Cracovia. No sólo me han recomendado que visite la ciudad, sino que de igual manera por las fotos que he podido descubrir por Internet tengo la impresión de que se trata de un lugar que me resulta bastante interesante para visitar. Sin embargo, es tal el cansancio que tengo acumulado en el cuerpo que de ir no disfrutaría del lugar como se merece. Finalmente decido dejarlo para otra ocasión.

Auschwitz
Auschwitz

Después de una mañana algo monótona de desgaste y de recorrer 315km llego al Campo de Concentración a las 14:00

Una vez que alcanzo Auschwitz, penetro al parking del campo de concentración en el que se encuentran también estacionados innumerables autobuses, y por donde transitan turistas que van del parking a las instalaciones. Detengo la Ducati justo al lado de dos BMW que portan matrículas italianas, cuando de repente, un pensamiento conmovedor me asalta—«Que contradictoria es la vida. En este espacio en el que se asesinaron a millones de personas, en la actualidad circulan otros tantos millones, pero de visita turística, como si lo que aquí sucedió, fuera un estreno de taquilla»—.

En la entrada del recinto, el taquillero me hace saber que la entrada no tiene costes a menos que requiera los servicios de un guía, quien entonces tendría un coste aproximado de 10 euros. No tengo ni la más mínima intención por pagar para que alguien me indique lo que sucedió aquí que ya me resulta evidente; y tampoco tengo mucho interés en conocer qué cierto tipo de detalles, pues estoy convencido que sólo pueden herirme. Simplemente si me encamino hasta este emplazamiento es porque forma parte de la historia reciente de la humanidad, de lo contrario, ni me lo plantearía. Una vez que opto por no requerir los servicios del guía, ahora me indican que dado este caso las visitas son exclusivamente a partir de las 15:00. Así que aprovecho para almorzar, en un puesto de hot dogs, si no fuera porque lo pagué casi a precio de oro, lo hubiera tirado al primero bocata. No recuerdo un perrito caliente más malo en mi vida.

Hago un poco más de tiempo. Ahora sí, me dirijo a la entrada, y cuando veo una cola de gente sobre todo orientales compruebo en mi reloj que son las 15:00. Voy hasta la fila, y me situó detrás, hasta que me corresponda mi turno. Eso sí, con picardía intento al mismo tiempo colarme algunas posiciones de la cola, y obviamente, lo consigo. A todo esto, he de sumarle que una vez alcanzo mi objetivo, me informan justo a la entrada: —«Señor, no se puede acceder al recinto con ningún tipo de bolso»—. A continuación, descubro que por un euro en el vestíbulo de las instalaciones se hacen cargo de las pertenencias. Una vez que acepto y pago el euro, he de pasar un arco de seguridad. Hecho que me produce perplejidad y un sentimiento de contradicción; no me caza en absoluto un arco de seguridad en un campo de concentración. Paso este set de seguridad, y finalmente me encuentro en el interior del recinto. Ahora me encamino hasta la entrada donde se asienta la frase «Arbeit Macht Frei» que traducido reseña: ‘El trabajo libera’. Entonces, prosigo mi recorrido y comienzo a colarme en los diferentes barrancones aquí apostados desde tiempos remotos. Primero, entro a un barracón en el que se puede apreciar donde dormían las personas confinadas en este espacio, los baños, y también la ropa que les ponían por aquel entonces a los judíos. Del mismo modo, veo otros barracones desde donde eran «juzgados», e incluso recalo en un habitáculo en que se encuentran expuestas las fotos del conjunto de personas indistintamente de mujeres, hombres y niños, quienes fueron confinadas y asesinadas en el campo de concentración hasta el año 1.943 —«¡Basta! ¡Me voy de aquí, que ya he visto suficientes atrocidades!»—, pienso con una fuerte pena y unas ganas extremas de salir de este lugar donde nada tiene sentido, ni razón de ser. Mis pasos son apresurados, y el cielo que no para de llover intensamente parece que intuye mi dolor.

Auschwitz
Auschwitz

Martes, 14 de junio de 2016, el reloj con su armonioso compás indica que son las 17:00. En este preciso instante, ¡doy por concluido mi viaje! Ahora, ya es tiempo sólo para regresar a casa. Miro el GPS, y este señala que, para alcanzar San Sebastián, al que quiero dirigirme he de recorrer 2.400 Kilómetros de distancia. Debido al trayecto que debo de efectuar para regresar, y dado que he quedado el viernes a las 20:00 en la capital guipuzcoana opto por hacer el camino de regreso por Alemania, así que me desvío por la E40 que cruza el suroeste de Polonia hasta el país germano. A causa de la hora que ya es, y de la misma lluvia que no se detiene, hago tan sólo unos 300 kilómetros, puesto que, a 100 kilómetros para alcanzar la frontera con Alemania, me detengo a dormir en el primer local que sale a mi paso.

A decir verdad, la presencia del hotel es muy atractiva. La señorita responsable de la recepción del mismo y tal como me viene sucediendo a lo largo de esta aventura en moto, se queda con cara de asombro e incrédula al verme llegar con el traje de agua encima del traje de la moto, el casco, los guantes….. Le pregunto: —«Buenas noches, ¿tiene habitación libre?»—. A lo que la señorita, aun sin salir de su estado de perplejidad me responde: —«Sí, tengo habitación por 59 euros la noche»—. —«¡Guau, ¡qué cara!… Sí, acepto el coste»— musito para mí, sin pretender darle más vueltas al precio. —«En vez de encontrar el alojamiento más caro a la ida, me topo con él a la vuelta. Sin duda, el más elevado de todos los hoteles cuantos he pisado en estos veinte días. Sin embargo, como ya me voy para casa me lo voy a tomar como un capricho»—.

Cojo las llaves y subo a la habitación. Una vez en su interior, coloco los utensilios de primera necesidad, y me doy un buen baño. Seguidamente me bajo a cenar al restaurante que dispone el hotel, quien cuenta con una terraza bastante amplia, y elegante. El precio es desorbitado; por el contrario, la carta de menú está en inglés. Ahora sí que puedo decidir el menú sabiendo lo que pido. —«Por favor, de primero una ensalada de frutos secos, de segundo, un codillo de carne asado, y de postre pastel de manzana, todo ello regado con una buena birra bien fría»- Después de este festín gastronómico, me ausento hasta la habitación para dejarme conquistar por el sueño.

Igual que un bólido veloz ha transcurrido la noche, tanto que el despertador suena, y me levanto de un tirón de la cama. Esta será una larga jornada, así que, no quiero perder ni un segundo de tiempo. En este momento son las 09:30 estoy en ruta. Nuevamente hoy la lluvia se convierte en mi fiel compañera, mientras que en menos de una hora ya me sitúo entrando en Alemania. Atravieso Alemania y justo por la zona donde se haya ubicado el mítico circuito de Hockenheim me fijo que el GPS se ha vuelto majara casi como al principio de la aventura.  Decido parar en la siguiente área de servicio para situarme donde estoy y a donde quiero ir, a su vez detecto que llevo un error de 50km, saco el móvil con el google maps y el mapa de carretera, una vez que lo tengo claro prosigo la marcha.

Alemania, tanto como Francia, son países de elevados costes que siempre prefiero rebasarlos a la mayor celeridad posible evitando de este modo contratiempos, y gastos elevados. Finaliza el día y me detengo ahora en un pueblo llamado Neckarsulm. Acumulo 700 kilómetros de vuelta los cuales se ajustan a la distancia programada para cumplimentar en este día. —«Ya que voy con la Ducati tirando de la reserva de la gasolina, dejaré para mañana echarle gasolina»—, me dije a mi mismo.

Neckarsulm
Neckarsulm

De la misma manera que ha venido aconteciendo durante toda la jornada de hoy, la lluvia persiste, y yo me dirijo en la dirección que indica el cartel de del centro de la ciudad. Una vez en el lugar, veo inmediatamente un restaurante/hotel. Aquí también disponen de alojamiento, eso sí, mucho más asequible que el anterior, y además de un parking para la moto en la parte trasera de sus instalaciones. Eso sí, es una faena que tenga que subir caminando hasta la última planta por no contar con un ascensor.

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También ahora, e igual a como hiciera ayer a estas horas aproximadamente cojo las llaves y subo a la habitación. Una vez en su interior me doy un buen baño, y en vez de ir directamente a cenar aprovecho la hora que es para ir a dar un breve paseo por el pueblo. Obviamente a estas horas del día ya los establecimientos comerciales tienen bajadas las puertas, por lo que opto por sentarme en una terraza de un bar a tomarme una cerveza tal como me gusta, bien fría, además de hacer un break, para escribir este diario de mi aventura en moto de un modo más relajado.

Una vez que acabo de consumir la cerveza abono el importe de la misma, recojo mis anotaciones, y conduzco mis pasos hasta el restaurante del hotel en donde voy a cenar. Como viene resultando un hecho habitual en el transcurso del viaje, y en mis horas de comida en las que me hallo sólo en el restaurante, hoy, no iba a ser una excepción. Ceno con tranquilidad, sin comentarios ni tonos altos que rayen la insalubridad, y posteriormente subo a la habitación que me destinó la recepción. —«Estoy agotado, agotado, me voy para la cama del tirón, que no tengo ni la más mínima fortaleza física y tampoco mental para subir o bajar las inacabables escaleras para ir a dar un paseo»—

Cuando ya son las 08:00 estoy en el restaurante desayunando un café con leche y unas tostadas con mermelada. Finalizo el tiempo de desayuno y ahora bajo las maletas de la moto para el ritual de cada día colocarlas en el sitio que les corresponde de la moto. Dado al buen trato que he recibido, y aprovechando que el propietario del hotel está en los alrededores de la recepción, me acerco, y muy amablemente me despido de él. Con la satisfacción en el cuerpo y la alegría en la cara me dirijo ahora a una gasolinera próxima o así me lo hace saber el GPS para repostar combustible tal como dejé anoche para efectuarlo hoy.

En esta ocasión el GPS funciona correctamente. Cargo por completo de gasolina la Ducati, y una vez que efectúo el importe me reincorporo a la carretera. Enseguida me incorporo a la A6. La jornada de hoy transcurre sin pena ni gloria. No hay un hecho para destacar en lo que llevo recorrido por esta autopista alemana. Son justo ahora las 12:30, cuando estoy entrando en Francia. Aquí también van transcurriendo los kilómetros; ‘uno, dos, veinte, cincuenta kilómetros…’ la monotonía, la lluvia y la tranquilidad del lugar hace que se me haga un tanto aburrido el trayecto. —«Por hoy está bien de tanto aburrimiento. Voy a buscar un hotel donde pasar la noche, y mañana será otro día»—, digo algo contrariado. Claro está, que de mis intenciones de parar ya, hasta el punto en que encuentro un hotel, tardo un buen rato; lo que se traduce en un par de kilómetros más de pesadez de carretera. Es al borde de la A71 cerca de Montmarault cuando encuentro un hotel. Igual que como se pueden ver en las películas americanas, llegas con el vehículo, y estacionas en el aparcamiento, justo delante de la puerta de la habitación que te asignan. En realidad, parece que se trata de un hotel de nueva construcción, sin muchos huéspedes a la vista a razón de los vehículos que compruebo que están estacionados. Disponen de habitación libre 60 euros la noche. No le doy más vueltas al asunto, y acepto. Total, como esta es la última noche que paso la noche en un hotel de carretera, y la noche que viene a continuación, pernoctaré gratis ya en tierra española, más concretamente en San Sebastián.

Me alcanzo con la moto desde la recepción hasta la puerta de la habitación, —«Es Fantástico este sistema de aparcamientos. Si tienes que ir cargado de bolsos, y maletas»—, y aquí, fiel a la rutina del transcurso del viaje ante cada parada de descanso nocturno vacío las maletas de la Ducati, y también me aprovecho de la coyuntura del lugar para efectuar una limpieza exhaustiva del kit de transmisión. De poco ha merecido la pena sobre la limpieza del kit con la tromba de agua que ha caído durante la noche.

Hotel en Francia
Hotel en Francia

Voy a cenar, para posteriormente recogerme en el hotel. Una vez que ya estoy dentro del restaurante se desmorona todo el pensamiento que había creado en base a lo que me iba a encontrar en este lugar. —«Yo que esperaba el típico, y cutre hotel de carretera, aquí sólo veo parejas elegantemente vestidas, y un restaurante totalmente lujoso»—. La carta sólo está disponible en francés y el camarero solo habla francés. En este momento, el metre que parece estar observando toda la situación desde la otra punta del restaurante, se acerca hasta la mesa, y me comenta en inglés: —«El menú…. consta de…. »—, le respondo. —«Por favor, sorpréndeme, sírvame la especialidad de la casa. Gracias»—.

Ni tan siquiera ha transcurrido quince minutos, cuando se acerca hasta mi mesa el camarero con el primer plato del menú. A decir verdad, no tengo ni la menor idea de qué consta, lo que sí puedo afirmar es que está riquísimo. Una vez que lo finalizo me sirve el segundo plato del menú que consta de un solomillo con champiñones. En el transcurso de la cena, en vez de pedir ninguna botella de vino francés, mundialmente reconocido por el mundo, y que a mí dada la experiencia que viví en una ocasión con mi amigo Gerard en Biarritz cuando después de un extenso día en moto, fuimos a cenar y pedimos una botella, la cual, además de ser tan cara como un lingote de oro, no fue de nuestro agrado, y no sería esta la ocasión en la que volvería a pecar de novato. Por tanto, dentro de estas circunstancias, me pido una de mis bebidas favoritas: cerveza.

Cena en Francia
Cena en Francia

Pago la cena, y de inmediato me recojo en la habitación para acostarme en la cama hasta el amanecer, ya que, este será el día de mi retorno a España, y donde además, he quedado al lado del Hotel María Cristina de San Sebastián con mi amigo Agustín a las 20:00, Su madre quien dispone una casa en esta ubicación, y él como un excelente amigo, me la prestara para pernoctar.

Frontera Francia - España
Frontera Francia – España

A pesar que tan sólo me restan 658 kilómetros para llegar a Donosti, opto por echarme a la carretera a las 09:00. Una vez más, y de la misma manera que viene siendo habitual en estos últimos kilómetros de trayecto, las nubes no dejan traspasar la luz del sol, y la lluvia es la única autorizada para colarse en el cielo, y por consiguiente casi colarse en mí. Igual que en la ruta de ida, donde bastantes tramos de autopista se encontraban en obras llevándome por carreteras nacionales y/o por autopistas de un solo carril, este hecho ralentiza mi ritmo, y por ende sufra retrasos. Tanto es así, que a falta de 2 o 3 kilómetros para alcanzar España, avistó una caravana de coches detenidos, lo que conlleva que al estar en obras la vía, tengo todos los huecos de escape obstruidos. Detengo la Ducati, desciendo de la moto a esperar, y entre tanto, hablo con el conductor portugués del camión que se sitúa más a mi derecha. —«La retención es por la huelga de los franceses»—, me hace conocedor de las circunstancias que motivan estas extensas retenciones.

—«¡Una hora!»—, exclamo al ver el tiempo total que han tardado en quitar el tapón humano que obstruía el paso para entrar a España. Me queda la pena de no haber podido detenerme como tenía pensado a la altura del cartel que indica la entrada al país debido al tráfico tan denso «mi gozo en un pozo» —«Es imposible detenerse aquí»—.

No para de llover. En este preciso momento cuando son las 19:15 alcanzo San Sebastián. Me pongo en comunicación vía telefónica con mi amigo Agustín que viene acompañado de su mujer para recibirme, y abrirme la casa de su madre. Una vez que estoy alojado y tumbado en la cama para descansar un rato me llama mi amigo Antxon que no puede acompañarnos a la cena, pero si a tomar un txkcoli viene a recogerme en 5 minutos.

San Sebastián

Igual que hizo en Irún cuando me despidió en mi inicio de aventura, hoy regresa para darme la bienvenida, y a mí me alegra mucho que así sea.

Después de darnos un fuerte abrazo, nos situamos en la barra, y pedimos un txakoli, y un pintxo, haciendo tiempo también hasta que se reúna con nosotros Agustín para irnos al casco viejo de San Sebastián a cenar en la mesa para tres personas que habían reservado para las 22:30 pm. Al rato Agustín y yo nos quedamos solos, no sin antes comer un pintxo en compañía de Mikel que sería el tercero en la cena.

Antxon, Agustín y servidor
Antxon, Agustín y servidor

Una vez que nos hemos comido el aperitivo, nos vamos de camino al restaurante donde nos vamos a poner las botas de excelente comida. De primero, atún, de segundo un buen chuletón que para eso estamos en San Sebastián, y luego, la guinda del pastel con el postre casero.

Mikel, servidor y Agustin
Mikel, servidor y Agustín
Cena en San Sebastián
Cena en San Sebastián

La noche se consume, y con ella también las fuerzas se agotan a la par, más que necesito reponer algo de fuerzas y energía, puesto que mañana quiero ponerme en marcha muy pronto y además, en Ribadeo me esperan los ‘Ducatistas Gallegos’ para almorzar, y a mis amigos les espera la jornada laboral.

A las 09:00, suena el despertador, y la morriña que me azota el cuerpo se evapora de un golpetazo. Es tan grande el deseo que tengo por llegar a la meta final de esta aventura que me subo ágil a la ducati y cojo la autopista A8 que me conduce directo hasta Galicia. También hoy, tal como viene sucediendo desde que partí de Auschwitz, la climatología adversa sigue acompañándome.

Autopista A8
Autopista A8

A la altura de Santander, un vehículo de marca Audi A3 de color blanco me adelanta, y luego aminora el ritmo para esperarme. De pronto, acelera y aminora la marcha, acelera y aminora la marcha, de este modo un par de veces. —«¿Qué haces, estás majara?»—, murmullo intentando averiguar qué quiere hacer este conductor un tanto chiflado. Continúo la marcha, y el conductor del Audi A3 también sigue en sus trece de frenar y acelerar, hasta que…: —«¡Roberto!»—. Es el amigo un amigo de Melide, y además ducatista que viene de Bilbao, y que igualmente va en dirección a tierras gallegas.

Ya tiene constancia que lo he descubierto, y unos kilómetros más hacia adelante nos detenemos en una gasolinera donde nos intercambiamos un abrazo. El hecho de encontrármelo justo en esta distancia, me hace una tremenda ilusión.

Continúo la ruta hasta que sobre las 14:00, entro en Galicia, y… sorpresa, ¡ahora ya ha dejado de llover! —«¡No puede ser realidad!», «esta es sin duda la primera vez que compruebo que llueve en todo el norte de España, y por el contrario en Galicia, hace un sol que raja las piedras»—.

Arroz con Bogavante
Arroz con Bogavante

He quedado con los miembros del ‘Club Ducatista de Galicia’ que ha organizado Toni, a quien desde este memorándum de viaje quiero hacerte receptor de mi más profundo, y sincero agradecimiento, ya que, ha sido la persona que durante el transcurso de este viaje en la Ducati se ha encargado de subir y de compartir las pequeñas crónicas, también las fotos del día a día, y que sin tu mano tendida llevar a las redes sociales las crónicas, no hubiera sido tan motivador amigo, gracias para siempre.

En el restaurante A cofradía de Rinlo me esperan: Toni, Noé, Pepe, José, José Manuel y Diego con un buen plato de arroz con bogavante. El almuerzo ha sido épico, la verdad que lo he pasado en grande contando anécdotas, y como fue la preparación del viaje de algunos de ellos quienes van a la ‘World Ducati Week’ el primer fin de semana de Julio.

Noé, Pepé, José, José, Diego, Toni y servidor
Noé, Pepé, José, José Manuel, Diego, Toni y servidor
Las Ducatis gallegas
Las Ducatis gallegas

Justo antes de regresar a casa nos desplazamos a una terraza en Foz, al borde del mar, y una vez ya estamos aquí totalmente relajados recibo un mensaje por Facebook de un chico llamado Josiño quien me dice: —«¿Hola Quique. Sobre qué hora tienes pensado llegar a Ordes? Nos gustaría acompañarte a la entrada»–. No articulo palabra y tampoco fluye el pensamiento de la emoción y del orgullo que siento ante el afecto que recibo de la gente.
Más o menos sobre las 17:00 , el grupo de amigos damos por finalizada la jornada, y volvemos para casa. —«¡Tan sólo me faltan 141 km, para llegar!»— Medito eufórico y totalmente entusiasmado.

Toni y Pepe me acompañan durante todo que resta escoltándome. Al llegar a la zona de Curtis, a tan sólo 20 kilómetros de casa, compruebo que se sitúan por detrás de las dos Ducatis, una Suzuki GSXF, y una Yamaha Fazer. Me siento la persona más feliz por la gesta que voy a concluir, y por la experiencia tan magnífica que desde este preciso instante podré contar a mi descendiente, la familia, y los amigos; la cual jamás en mi existencia, mientras habite en este mundo la olvidaré.

A las 19:00 entro completamente emocionado, y con los vellos de punta por la calle de casa. De pie sobre los estribos de la Ducati, y con los brazos en alto en señal de victoria. La cabeza junto con mis pensamientos fluyen en el interior del casco.

Llegada a casa
Llegada a casa

¡Reto conseguido, Quique on the Road!

Moscú – Varsovia

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

Desde cuando me embriagó tanta euforia contenida por pisar mi objetivo de esta aventura que emprendí hace dos semanas: La Plaza Roja de Moscú, hasta este preciso momento en el que cojo aire, han transcurrido aproximadamente diez o quince minutos. Quiero inmortalizar este hecho histórico para mí, y efectúo todo tipo de fotografías que dentro de unos años me acerquen a este reto tan emocionante e intenso que estoy viviendo ahora mismo, y que he alcanzado con ilusión y también con tenacidad.

Una vez que acabo mi particular reportaje fotográfico, he de retornar para España, y bajo ninguna circunstancia puedo dejar de pasar la ocasión para recorrerme de punta a punta la tan afamada Plaza Roja de Moscú. Para poder hacer realidad este deseo, rebusco algún acceso por el que puedo acceder con la moto antes de abandonar la ciudad. Acto seguido, regreso al hotel recorro unos metros de ida, y me acabo de fijar que el hotel se ubica en una calle comercial muy transitada donde el foráneo, y el ciudadano local dispone de bares, restaurantes y casas de comida; por lo que decido pararme en el primer local que me conquiste la vista, para aprovechar la particularidad de esta zona, y cenar. Voy descartando sitios; —«este me gusta, este tiene pinta de no tener nada que me apetezca…» hasta que de repente me encuentro con un restaurante japonés. Me siento en una de las mesas que han dejado libre las parejitas que ocupan casi todo el restaurante, «En absoluto me condiciona estar solo, pues, en realidad tampoco lo estoy; en mi mano sostengo el móvil, y también me envuelvo con mis pensamientos, por lo que en este preciso instante no preciso de compañía»—.

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

Me produce una tremenda gracia la mueca que realiza el camarero con la mirada en el mismo momento que me ofrece el postre, y yo le respondo: —«No. Otro plato variado con sushi, por favor»—. La comida está tan rica que sólo me apetece repetir.

Una vez que concluyo mi homenaje culinario, me voy directo para la cama. Después del día tan extenso y duro que he vivido, es hora de tomarme un descanso.

Suena el despertador y me hago el remolón. No tengo ni pizca de ganas de levantarme. Al final, no cumplo con mi horario previsto para despertarme sobre las 08:30, y me quedo hasta las 10:00 en la cama dando vueltas de un lado a otro, y con el móvil en la mano. Las jornadas que he pasado en la carretera han sido de tal nivel de estrés que, por primera vez en el transcurso de este viaje, no me siento hipotecado al reloj, y mucho menos a la carretera. Finalmente, cojo resuello, y me pongo en pie. Hoy voy a dedicar el día por completo a visitar la ciudad, así que de nuevo me pongo en dirección a la Plaza Roja de Moscú. En esta ocasión, mi visión del sitio es muy diferente a la jornada anterior. En el cielo no se sostiene ni una nube, los autobuses van y vienen rebosantes de turistas los cuales comienzan a ocupar las plazas de estacionamientos reservadas para tal efecto. También me tomo un poco de tiempo para visitar los exteriores de la Catedral de San Basilio, en donde no entro, fiel a mi norma personal de negarme a pagar entradas en lugares de interés, y a visitar los entresijos de estos espacios lúdicos sobre los que tampoco aprecio nada relevante como para hacer efectiva la entrada.

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

Renuevo el paso, y continúo por la Plaza Roja de Moscú. A unos metros de donde estoy situado, observo una cantidad enorme de personas que esperan poder acceder algún recinto sobre el cual hasta este momento no lo tengo identificado. Me aproximo un poco más con la intención de conocer de qué lugar se trata, y ahora sí, en su fachada puedo leer —«Mausoleo de Lenin»—. A pesar de que me considero contrario al comunismo por tratarse de una economía y politica fracasada, ésto en cambio me resulta un lugar curioso históricamente hablando, y por supuesto, también en lo que concierne a la historia más reciente de la humanidad. Por lo que aguardo mi turno. En tanto que estoy esperando para pasar, justo detrás de mí se reúne una familia cubana. Van de la mano de un guía, el cual les está relatando la grandiosidad del comunismo, y la incuestionable calidad de vida que se poseía en la antigua URSS. No doy crédito ante las barbaridades que escucho, y medito: —«¡En realidad esta buena gente se pueden creer esta milonga que les describe!» «No me lo puedo creer. Si todavía estuviésemos en la época de los años ‘80 diría que ese hombre es un agente secreto de la KGB»—. Entre tanto continúan sucediéndose los relatos del guía, la cola sigue su marcha.

Mausoleo de Lenin
Mausoleo de Lenin

El servicio de seguridad me hace un ademán con la mano haciéndome saber que es mi turno. Me aproximo, y me pide —«Abra la mochila»—. Al cerciorarse de que todo está correcto tal cual el protocolo de acceso, entro, y sigo la señal de una línea en el suelo que me lleva por el interior del recinto hasta la tumba de Lenin. —«Totalmente prohibido realizar fotografías y vídeos»— Es lo primero que leo justo en el portón de la sala. Es tal la obsesión por salvaguardar la seguridad del recinto que hasta los guardias en cualquier ocasión pueden seguirme los pasos, a la vez que otros tantos permanecen ojos avizores a cualquier mueca sospechosa. Si ya me sorprende tanto el hecho de la seguridad, más me lo parece cuando uno de los guardias se dirige a mi exigente: —«Señor, quítese la gorra y saque las manos de los bolsillos»— me dice con señas. ¿se cree que voy a sacar algún arma de los bolsillos? ¿En Rusia la mano en los bolsillos es considerado una falta de respeto?». Esta actitud no tiene justificación. Así que decido irme. Estoy saliendo y compruebo que a la salida se encuentran las tumbas de ciertos personajes históricos de Rusia, principalmente aquellos que estuvieron presentes en la era comunista del siglo pasado.

Tumbas de personajes históricos rusos
Tumbas de personajes históricos rusos

En este momento oriento mis pasos hacia la zona del Kremlin donde solo se puede acceder también si abono una entrada; además, si entro, estoy obligado a cumplir un estricto horario de acceso. Igual que me sucediera antes, aquí tampoco me permiten acceder al recinto con mochilas, ni bolsos; por lo que he de dejar la mochila en un habitáculo bajo custodia de un guardia. Cuando la deposito en dicho lugar me entregan un número, igual que sucede en los grandes establecimientos comerciales, así luego, a la salida la puedo retirar sin que se produzca ninguna incidencia.

Las dos entradas disponibles están muy bien delimitadas: La primera está destinada para el turismo, y la segunda está destinada para los trabajadores/funcionarios. Obviamente, me toca acceder por la que hace referencia al turismo. Este acceso se encuentra ubicado por encima de un puente por el cual cuando acabo de cruzarlo accedo de inmediato a las dependencias del Kremlin. A priori, puedo ver la panorámica de las 27 hectáreas de superficie que si quiero una vez dentro las puedo visitar, ya que, es el lugar donde se asientan los edificios y monumentos, tales como: La Plaza de las Catedrales, El Cañón Zar Pushka, La Campana del Zar, La Armería, El Gran Palacio del Kremlin, Edificios presidenciales y administrativos, entre otros muchos más.

Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin
Kremlin

Acelero el paso, y abandono el Kremlin para ir a visitar el centro comercial GUM. Me quedo obnubilado con la fachada del edificio. A posteriori he indagado sobre la fachada por Internet y he conocido que cuenta con 240 metros de fachada. Del mismo modo, me impresionan la cantidad de tiendas de las principales marcas de alto standing que se alojan en este grandioso centro comercial, por donde ahora, yo sólo paseo sin comprar absolutamente nada.

Centro Comercial GUM
Centro Comercial GUM
Centro Comercial GUM
Centro Comercial GUM

Ha pasado casi tres cuartos de hora, y en este momento me dirijo ahora sí a pasear por las calles de Moscú. Ando, y ando, de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha hasta que después de aproximadamente quince minutos con esta rutina me topo con una casa de comidas, el cual a priori se me parece al típico restaurante sport americano y eso es lo que me impulsa a entrar para almorzar.

Una vez que ya he llenado la panza, salgo al exterior. En esta nueva ocasión la climatología acompaña a una tarde muy agradable, por lo que camino sin destino por las calles y callejuelas de la ciudad moscovita. Siempre me ha parecido que andar es la mejor alternativa para conocer cualquier ciudad que visito, por encima de vehículos, y bus de turismo. A pesar de no conocer para nada la ciudad y de correr el riesgo de perderme, tengo la destreza de orientarme con bastante exactitud (será una cuestión de genética).

En el mes de marzo cuando me encontraba en plenos preparativos de la aventura en moto, cuando contacté con el club de Ducatistas de Rusia, diciéndoles: —«Queridos amigos del Club Ducatistas de Rusia. Mi nombre es Quique Vidania, les escribo desde España. Me encuentro en plenos preparativos de una aventura en moto con salida desde España (Galicia) hasta Moscú (La Plaza Roja) …»—.

Ahora que estoy aquí, estoy haciendo todo lo posible para quedar con ellos unas horas, y de este modo disponer de la oportunidad de ponerles cara, y también porque no, para bebernos unas cervezas bien frías. A esta hora del día, varios miembros del club me han respondido, algunos lo hacen en inglés, y otros se dirigen a mí en ruso. Quedamos a las 20:00, en un bar que está a 2,5 km., del hotel donde me alojo. A ojo de buen cubero no parece mucha la distancia, y hasta allí que me dirijo caminando; así de paso, conozco esa parte de la ciudad que aún no he pisado.

Una vez que llego al antro de bar que me habían indicado no veo a nadie de ellos, hasta que pasado media hora decido no esperar más y marcharme.

Durante las conversaciones que tuvimos por el foro pase las frases de ellos por el traductor y venía a decir: ‘te vamos a llevar a beber vodka hasta reventar’.

Cuando ya he regresado tal como hice por el camino de ida, y me hallo casi en medio de la cena en el restaurante japonés donde cené la noche anterior, recibo un mensaje al móvil: —«Hemos llegado al local a las 20:35». No les respondí y ahí quedo la historia.

Me aseo, me desayuno un zumo, y un sándwich, y me lanzo de nuevo a la calle. La jornada de hoy me la he organizado para visitar el metro y sus estaciones dado que son mundialmente conocidas por estar reconvertidas en museos. De entre las diferentes alternativas con las que cuento, me decanto por las tres estaciones que recomienda la guía que porto en la mochila de la ciudad. Casualmente hay una estación ubicada muy cerca del hotel, y hasta ella me acerco.

A pie de la escalera del metro, y como es costumbre en las estaciones, está colocado el mapa con las diversas líneas de metro que están en servicio. Le saco una fotografía para llevarla conmigo en todo momento; desciendo las escaleras y seguidamente me dirijo a la ventanilla para comprar un billete.

Mapa metro de Moscú
Mapa metro de Moscú

Continúo mi particular laberinto idiomático, y me sitúo delante de los carteles que señalan las líneas donde circulará cada tren. Llevo un buen rato aquí intentando deducir junto con la fotografía que porto en el móvil, y el cartel fijado a la pared por dónde debo de coger para subir al tren que me pertenece. Parece que estoy comenzando a ver un poco la luz, y me pongo en marcha hasta el andén por el que supuestamente esta el metro al que me toca subir.

Cartel metro de Moscú
Cartel metro de Moscú

Me sorprende la sencillez del metro, del mismo modo que cada pasajero vaya a lo suyo, y también el aviso sonoro por los altavoces de las paradas que va efectuando el metro exclusivamente en lengua rusa, hace que el metro de Rusia no sostenga ningún tipo de diferencia que resulte extraordinario a las otras estaciones de metros de Europa. Tanto es así, que para saber cuál es la parada que corresponde a mi destino, he de ir contando aquellas que se van efectuando. El metro cuando se detiene en cualquier estación no logro identificar el nombre de la estación ya que la placa con el nombre que la identifica está tan cerca de los vagones que es totalmente ilegible leer a qué estación corresponde la parada que se genera.

Al final, consigo alcanzar la primera parada que me marqué para visitar. Me apeo del vagón y recorro por completo la estación de Norte a Sur y de Este a Oeste. No queda un palmo de superficie que no recorra. Hecho éste que repito con las otras dos estaciones que planifiqué para visitar. —«Sin lugar a dudas, vale la pena visitar un museo bajo tierra, es sorprendente»— me quedo encantado de la experiencia, y prosigo mi alegato en solitario —«¡madre mía, cuanta longitud y pendiente tienen en Rusia las escaleras mecánicas; jamás las había visto tan extensas y con tanta inclinación!»—.

Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú
Metro de Moscú

Después de pasar toda la mañana con la visita subterránea, salgo a las 13:00, al exterior del subsuelo para reponer energías. Curiosamente no me he perdido en ninguna ocasión, y tampoco me he visto en la necesidad de preguntar a ningún moscovita el transbordo que debía de obrar. —«¡Ha sido increíble!»— digo eufórico al salir de las estaciones-museos. Ya en la calle encuentro muy rápido una cafetería-restaurante. Luego me retiro hasta el alojamiento para descansar un par de horas.

Con el ánimo y las fuerzas repuesta, dedico la tarde a buscar una peluquería para que me dejen guapo. En muy pocas horas, cuando el sol despierte me despediré hasta quién sabe cuándo pueda regresar a Rusia. Por esta misma razón, y para no quedarme sin este bonito recuerdo, no saco de mi mente el hecho de inmortalizar mi imagen junto a la Ducati en la misma Plaza Roja de Moscú. Recorro de arriba abajo los establecimientos más próximos al hotel, y no encuentro ninguna peluquería disponible. Ahora sí que me veo abogado a preguntarle a la señora de la casa. Sin querer, la buena mujer me lleva casi de la mano a una peluquería de quien un rato antes recibí unas octavillas publicitarias: —«Si no entiendo ruso, cómo voy a saber que este local es una peluquería»— me digo a mí mismo.

Entro en su interior, y sólo veo señoras. La mujer que ha tenido a bien guiarme hasta aquí, ahora hace también las veces de traductora. No sé lo que les ha comentado, lo que sí puedo decir es que el personal de la peluquería requiere la presencia de un señor para que sea él quien se encargue de cortarme el pelo. Siento que soy el centro de todas las miradas y cada uno de los cuchicheos de las damas que se están tiñendo el pelo, dando mechas, poniéndose los rulos o también cortándose el pelo. —«Les atraigo porque soy extranjero, por mi melena o por mi sexapil»

Peluquería en Moscú
Peluquería en Moscú

Una vez que me retocan el corte de pelo, me dirijo de nuevo hacia la Plaza Roja de Moscú para indagar el lugar por dónde puedo acceder con la moto mañana para hacer la tan ansiada fotografía para el recuerdo. En esta ocasión los escenarios que me encontré el primer día ya los han retirado. Veo un acceso que da hasta el río Moscova.

Anoto las coordenadas exactas del lugar en el móvil para venir mañana directo, y una vez que ya confirmo los datos en el Iphone me doy una vuelta por los alrededores. Hecho que sin pretenderlo me condujo a recorrer el puente que cruza el río.

Me parece que ya está bien por esta jornada; me marcho para el hotel. Eso sí, justo antes de entrar al hotel, me detengo en un bar británico que se sitúa en la parte inferior, y ceno una sabrosa hamburguesa. Ahora sí, me marcho para la habitación.

El calendario del móvil marca el día de 10 junio de 2016, y el reloj indica que son las 07:00, cuando en este preciso instante estoy saliendo del hotel con rumbo a la tan ansiada fotografía de la Plaza Roja de Moscú. Las coordenadas que ayer introduje en el móvil son precisas y correctas, por lo que no ha habido motivo alguno para extraviarme ni desacertar en la ruta. —

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

«Un sitio tan turístico como éste, y ahora cuando preciso de una persona para sacar la fotografía no hay ni un alma». Por las proximidades caminan unos obreros a quienes les pido: —«por favor, fotografía»— le digo mientras hago el gesto de apretar el botón de la cámara que llevo en la mano. El señor accede, y para mi sorpresa, luego quiere salir también en la fotografía: —«No entiendo el nivel de protagonismo que tiene la gente por salir en ciertas fotos, cuando nunca las van a tener en sus manos, y tampoco las podrán ver jamás»—.

—«¡OBJETIVO CUMPLIDO!». Ahora tomo la salida de la ciudad. No tardo nada de tiempo, ya que el tráfico es escaso. A pesar que no llueve, el cielo está encapotado, y yo me dirijo a la autopista M9. Eso sí, antes de incorporarme a la carretera me desvío a un concesionario de Ducati para cumplir el deseo de comprar una camiseta que lleve el eslogan ‘Ducati Moscú’. En este caso el dependiente me indica que no tienen, así que retomo mi marcha, y, por consiguiente, reincorporarme a la carretera para continuar con mi ruta.

Ya en plena autopista compruebo que la distancia que me resta para alcanzar la frontera con Letonia, consta de 615 km., la cual me hará permanecer el día completo subido en la moto. Además, todo el regreso hasta España lo haré sin tener alojamientos reservados, y sin la menor idea de dónde voy a ir a pasando las horas de descanso. Lo único que tengo claro en mis planes para el regreso, es que no puedo dejar de pasar por alto mi paso por Varsovia; en el resto, iré improvisando.

Igual que la autopista que me condujo por completo en línea recta hasta Moscú; por la que ahora circulo es de igual trayectoria. Apenas circulan vehículos. Cruzo un pueblo, y una ciudad, otro pueblo y otra ciudad sin hechos relevantes. Simplemente, en una de las paradas técnicas que hago para poner gasolina a la Ducati, aprovecho el restaurante que dispone la estación de servicio, y yo también repongo energías alimenticias.

Ahora mismo, cuando el reloj marca aproximadamente las 15:00, me encuentro alcanzando el pie de la frontera con Letonia. Como no puede ser de otro modo tratándose de un sitio de paso como éste, las inmediaciones de la zona están atestadas de caravana de vehículos e innumerables camiones, sobre los que no atino a descifrar la cantidad aproximada.

Tanta precaución con el papel que me facilitó la funcionaria de la frontera georgiana, y como si no existiera, no me lo ha requerido el agente fronterizo». ¡He salido de Rusia sin problemas!

Sin embargo, mi alegría tiene los segundos contados en el momento que empiezo a entrar a Letonia. —«¡Qué horror, qué horror!» hay una cola que parece no tener fin., no entiendo «¿Por qué no avanzamos?». «Ya verás que en breve empieza a llover la mundial, y yo aquí, en plena intemperie; sin tener un techo donde me pueda refugiar.

Frontera Rusia - Letonia
Frontera Rusia – Letonia

En primera instancia, he de detenerme detrás de una valla, por la cual, una vez que se me autoriza el paso he de dirigirme a la fila donde se haya el cartel que señaliza: ‘ciudadanos de la unión europea o resto’. Ahora corresponde mi turno, y caigo en la cuenta muy torpe de mí que me he colocado en el lugar de ‘otros’. No dudo ni una milésima de segundo, y me cambio a la fila que me corresponde por ‘ciudadano europeo’. En un santiamén a mi vera hace acto de presencia un guardia de seguridad con muy malas pulgas quien indica: —«¡No se mueva más! ¡Quédese quieto en esa fila!»—. Le replico: —«Mi pasaporte. Soy ciudadano europeo»— me vuelve a repetir —«¡No se mueva más! ¡Quédese quieto en esa fila, le digo!»—. Y yo reitero mi postura: —«Mi pasaporte en alto. Soy ciudadano europeo»—. A partir de ahí, cruzamos unas palabras en tono poco amistosas, sin que yo resultar victorioso de la disputa dialéctica para cambiarme a la fila como ciudadano europeo.

Letonia
Plaza Roja de Moscú

Ahora sí, me ha llegado el turno. Entro en la garita de control, y como era de sospechar, después de lo acontecido en el exterior, tengo que hacer frente a este interrogatorio tan exhaustivo como el que en este preciso momento me están realizando: —«Abra todas las maletas, inclusive  y la que está sobre el depósito del combustible». «¿Hacia dónde se dirige ahora?»—, yo respondo: —«A mi casa en España». Mientras le digo eso, se me pasa por la cabeza erre que erre: —«¡No comprendo por qué tantas preguntas y dudas, si soy europeo!». Después de casi dos horas en la zona de tránsito para la frontera me dan el visto bueno para cruzarla.

Finalmente, el enredo de la aduana Rusia – Letonia, ha consumido cuatro horas muy valiosas. Más tardanza aquí que inclusive el tiempo que tardé en entrar a Rusia – Georgia. Por lo demás, medito: —«Teniendo presente que tengo el pasaporte europeo, no quiero pensar en aquella persona que no cuente con este documento que posibilita el tránsito libre por los países miembros de la Unión Europea; lo descartan sin pestañear»—.

Para mi tranquilidad, y después de todas las peripecias que he experimentado en cada una de las fronteras que he cruzado, hasta que no llegue a España, ya no tendré que pasar más controles fronterizos. Este hecho me relaja, y pienso en lo que más les preocupa a los agentes de la frontera, cuando me interrogaban con fijeza: —«algún tipo de alimento»— repetían una y otra vez en cada control.  Por contra, es increíble que nunca me hayan interrogado por si cargo alguna variante de droga, cualquier arma, o también si porto algo de alcohol. Únicamente les preocupan los alimentos. Deduzco que, por prevención de virus, o plagas.

El cielo lleva un rato amenazante de lluvia, y ya está cumpliendo su pronóstico. No he hecho más que entrar en Letonia y comienza a caer chuzos de punta de película. Me aparto a un lado de la carretera, y me coloco el traje de agua. Entonces, aprovecho este parón para organizarme la noche, ya que, se está yendo el sol, y la hora corre veloz, entre un tic, tac, y otro tic, tac, y aun me restan 300 km., para alcanzar Riga. Lo primero que hago es buscar el primer pueblo que se sitúa a mi paso para buscar un hotel donde alojarme esta noche. La carretera es nefasta, mal asfaltada, sin arcén, igual que sucediera en Serbia, o Bulgaria si la comparo con las autovías rusa que acabo de dejar detrás.

Atiendo a las señales del GPS quien me indica que estoy en el primer pueblo, pero aquí solo hay cuatro casas. Acto seguido busco en el mapa de papel este punto concreto, y observo que más adelante hay un pueblo que se llama ‘Ludza’, y hasta él conduzco la Ducati.

Cuando me encuentro a la altura de la entrada de ‘Ludza’ observo un anuncio de un hotel, y por consiguiente las indicaciones para llegar hasta su emplazamiento. Lo sigo, y en un punto indeterminado deja de guiarme, y digo: —«Comportamiento típico de los países balcánicos y ex-yugoslavos»—. Intento no perder la orientación, y prosigo hacia el frente. A los pocos metros, justo a la izquierda del sentido por el que circulo hay una estación de servicios. En ella puedo apreciar un vehículo policial, y me acerco hasta ellos con la intención de preguntarles y también de tentar a mi suerte para no perder las costumbres y facilitarles el trabajo de sacarse una infracción de debajo de la manga con la consiguiente sanción de costumbre nada más entrar al país, dado los antecedentes con los que cuento en el transcurso de este viaje.

Al contrario de mis veladas intenciones con la policía, estos no me requieren ninguna documentación, y tampoco me sancionan. Por contra, si me ayudan: —«El hotel es ese que observa ahí», «No tiene cartel»— me dicen amablemente. —«Muy bien. Muchas gracias» les digo. —«Que edificio más desangelado» Aun con el casco puesto y empapado de agua entro, y lo primero que veo es una señora de aproximadamente 60 años sentada en la recepción mirándome incrédula ante mi presencia, que bien puede confundirme con un marciano.

Me levanto la visera del casco, y le pregunto: —«Buenas noches. Por favor, ¿cuenta con alguna habitación libre?»—. La señora recepcionista me responde: —«Sí. ¿Cuesta 20 € la noche con wifi gratis?»—. —«Sí, sí, la quiero»—. Tampoco estoy para perder el tiempo por ahí buscando otros alojamientos, y además se ajusta a mi presupuesto. Antes de que me dé la llave de la habitación, le vuelto a consultar: —«Señora, ¿sabe dónde puedo guardar la moto?»—. Muy amable, me indica: —«Sí. Puede aparcarla en la parte trasera del edificio que hay un patio». «Este señor le acompañará»—. Dejo la Ducati a buen recaudo, retiro las maletas para llevarlas conmigo hasta la habitación. A la vez que camino hacia mi estancia de descanso, puedo comprobar como en el hotel a parte de mí no hay ni un sólo huésped, está completamente en silencio, los pasillos son largos, y un tanto oscuros. —«Tengo la impresión de que antes de hotel fue una especie de convento o residencia de ancianos por su estructura interior».—«Para pasar la noche no está tampoco en mal estado»—. El habitáculo en sí mismo también es muy humilde. No le doy más vueltas, y me recuesto a descansar una media hora más o menos.

Luego me levanto, me pongo las zapatillas deportivas, y bajo hasta donde se encuentra sentada la señora detrás de la barra de recepción, y le vuelvo a consultar: —«¿Sabe de algún restaurante o cafetería por aquí cerca donde pueda cenar?»—. —«Sí, justo debajo del hotel hay un restaurante»—. Me hace señas con las manos como si quisiera orientarme para que no me pierda. Enseguida regresa a mi mente el restaurante de Sofía (Bulgaria) pero ya estoy curado de espantos. No creo que me pueda sorprender como sucedió entonces, —«contraseña»—, por esta razón ya me voy haciendo una composición del lugar.

Se acercan conmigo hasta el ascensor que debo de coger para bajar hasta el sótano donde se sitúa directamente entre los fogones de la cocina. —«¡Muy buena presencia!» me hablo a mí mismo. Saludo educadamente a los cocineros, ayudantes de cocina, y a los camareros, y salgo hasta el salón. Ahora, me dicen también en una actitud muy amable que me siente a libre elección. Tampoco es que haya poca disponibilidad de mesas, ya que, soy también aquí el único huésped que va a consumir.

Nada más sentarme veo al fondo la típica nevera de la puerta transparente de Coca-Cola. Paradójicamente, en vez de esta bebida gaseosa están enfriándose unas cervezas. Les señalo que quiero una de ellas, y la camarera me dice: —«Señor. Nacional o Internacional»—. —«Nacional, por favor»—. Siempre opto por las cervezas del lugar para degustar sabores nuevos.

La camarera es muy simpática. Me ofrece la carta del menú. Sin embargo, una vez que la abro y la leo me surge una carcajada. —«¡Qué menú voy a pedir para comer, si no entiendo el idioma!»—. Obviamente, cómo voy a pretender que tengan una carta en inglés, si estoy en un restaurante subterráneo de un pueblo perdido de la antigua república Soviética. La camarera sí tiene conocimiento de inglés de ciertas palabras sueltas, pero poco más. Aun así, me ofrece una serie de platos, y yo le comento: «no onions». (sin cebolla)

Se retira a pedir, y traer la comanda del servicio de cocina. Regresa de nuevo, y procede a servir: De primero, atún con patatas. De segundo, Fetuccini, y de postre, helado frito con trozos de fruta. —«Sin género de dudas, esta es la comida más rica que he degustado durante los días que llevo de viaje; asimismo, el coste de la misma no supera los 12 €.

Cena en Letonia
Cena en Letonia

Después del extraordinario festín que me acabo de dar entre pecho y espalda, me retiro por el mismo lugar por el que entré, y dirijo mis pasos hasta el humilde habitáculo que tengo reservado para pasar las horas de esta noche, y donde caigo exhausto.

Letonia
Plaza Roja de Moscú

Me despierto un tanto sobresaltado. La lluvia que golpea insistentemente contra las ventanas de la habitación me han despertado de improviso. Hoy me hago el remolón, y me pongo en pie, me aseo, me visto una vez más con el traje de agua, ya que, hoy también tengo la intuición que no va a dejar de diluviar, y preparo las maletas. Luego salgo de la habitación, reintegro la llave de la estancia que ocupé en recepción, y voy hasta el patio de la parte posterior del edificio donde anoche dejé la Ducati. Una vez aquí, coloco las maletas, hecho una ojeada a la moto, y me incorporo en ella con dirección hacia Riga.

Anoche para evitar posibles contratiempos en la jornada de hoy, reservé una habitación en un hotel de la capital letona, así que me voy directamente hasta su ubicación. El hotel se encuentra a 1 km. del centro, y mi primera impresión es que se trata de un espacio pulcro, cuidado y tiene toques de decoración muy graciosos. Lo regenta una madre y su hija. La joven es la que se defiende perfectamente con el inglés, y es quien antes de llegar ya me estaba esperando. La habitación que me asignan es muy amplia y moderna, asimismo, tal como vienen sucediéndose los hechos en el transcurso del viaje, también puedo dejar a buen recaudo la Ducati en la parte trasera del edifico. Tan sólo la diferencia de esta ocasión es el peaje que tengo que abonar por dejarla en un sencillo terraplén. Aunque no me agrada para nada el hecho, acepto la oferta.

Una vez que acabo de acomodarme en la estancia, me voy hasta el centro de la ciudad para ojearla. El frío que percibo en plena calle es tan intenso que me da la impresión que un cuchillo atraviesa la carne sin anestesia. Por suerte, llevo puesta la camisa térmica de la moto. El trayecto que me conduce hasta el centro de Riga no es ni muchísimo menos atractivo. Los locales, y las viviendas que encuentro a mi paso están en un estado totalmente precario. Por si eso fuera poco y considerando que hoy es sábado, por las calles diviso muy contados transeúntes. Alcanzo el centro de la ciudad y doy un ligero paseo por el centro comercial, y también por el parque con el pensamiento de no seguir mucho tiempo más por estos lares, ya que, no me está atrayendo absolutamente nada lo que estoy presenciando. A parte, el frío se sigue colando en mis huesos.

Contrariamente a lo que deseo en este momento, opto por darle otra oportunidad al lugar para hallar su verdadero encanto, sobre el cual estoy convencido que lo debe de tener en el espacio más inhóspito. Camino sin dirección hasta que llego al casco histórico de la ciudad. En este lugar el panorama cambia a una visión austriaca o incluso alemana. Al contrario del centro de la urbe, aquí se comprueba bastante movimiento por las calles, y del mismo modo la algarabía de gentes que se concentran en los múltiples bares y restaurantes que ocupan los locales de la calle. El apetito se me despierta, y creo que estoy en el sitio apropiado para saciar este deseo y entro en un TGI Fridays. Para regresar al hotel, no me apetece volver caminando por lo que llamo a un taxi para que me lleve de vuelta. Me recoge, y de camino al hotel dialogamos como podemos. —«¿Usted es español?» le respondo afirmativamente y me dice:. —«Yo he estado en Málaga y Barcelona…»—. Durante el trayecto dialogamos de la crisis, fútbol, y de la vida misma, entre muchos temas más.

Riga
Riga

Es domingo, y a pesar de ello me despierto muy temprano, ya que quiero llegar a Varsovia sin perder demasiado tiempo. Por delante he de cruzar 663 km. Antes desayuno en el hotel. Salgo a la calle, y ojeo el cielo quien a pesar de estar nublado no pronostica lluvia. Ahora sí, me pongo en ruta. El mapa me señala que para llegar a Varsovia necesito cruzar antes Lituania. La frontera se sitúa a 80 km., de distancia, por lo que calculo que en una hora y media más o menos estoy en el país del mítico jugador de baloncesto Arvidas Sabonis. En esta ocasión también me veo un paso fronterizo de mala calidad. La presencia de las antiguas oficinas que hacían las veces de frontera están dejadas de la mano de Dios. Aminoro la marcha, y detengo la Ducati en el primer supermercado que veo, y compro unas pegatinas que hacen referencia al país. Una vez más, el nivel de atención al foráneo es deprimente.

Otra de las diversas dudas que ya he manifestado y en la que se refiere a este tramo del viaje las dilucidé en la época que programaba este viaje. —«¿pararé en Lituania a dormir, o llego hasta Varsovia del tirón?» … «Improvisaré durante el trayecto»—.
ya entonces pude leer en ciertos blogs que Lituania era de las tres repúblicas (Estonia, Letonia y Lituania) la menos agraciada. Por mayoría absoluta, la opinión era unánime. La razón que en aquel momento puse encima de la mesa para pasar sin detenerme demasiado por Lituania, no era otra que mi interés por conocer Varsovia. Aquí también las carreteras me parecieron un desastre, al mismo tiempo, y amén del escaso trato que mantuve con los nativos, la impresión que me llevo de ellos es de gentes muy insociables.

Frontera Letonia - Lituania
Frontera Letonia – Lituania

Circulo unos kilómetros por Lituania cuando de pronto se detiene con brusquedad el tráfico, y, sin embargo, consigo acercarme hasta el primer vehículo de la fila para presenciar en primera persona qué sucede. Una extensa caravana de vehículos militares, tanques, jeeps, entre otros medios logísticos del ejército americano con la bandera de la OTAN ocupan el largo y ancho de la calzada.

Los militares americanos me ven en la Ducati y se lanzan a saludarme sin pudor. Obviamente les devuelvo el saludo. Más adelante, me vuelvo a tropezar con los batallones de militares americanos. Con el paso de los días, me informo por medio de la prensa escrita que aquellos movimientos militares se debían al escudo antimisil de la OTAN.

Kaunas
Kaunas

Cae la tarde y estoy entrando en Polonia. La carretera no es que sea de diez, pero a diferencia del lugar que lo precede, el paisaje cambia y el carácter de los nativos también. Algunos amigos, ya me han mencionado que debo de tener mucho cuidado con la policía, ya que, están al acecho desde cualquier punto con el radar móvil (secador). Así que voy cumplimentando certero de mí los límites de velocidad. —«Quique, si te multan, tú regatea el coste de la multa»— me decían las personas que ya han estado en esta zona del globo.

A la salida de un pueblo desván me topo con una carrera popular, y uno de los guardias que está cubriendo dicho acto deportivo me indica: —«Dé la vuelta 20 kilómetros para detrás y coja la carretera variante esta»—. No me queda más alternativas, y eso hago; doy la vuelta contrariado por el tiempo que vuelvo a desperdiciar, y me dirijo hasta el punto de bifurcación.

Miro el mapa a la altura del recorrido que hoy estoy realizando, y compruebo —«30 km., para entrar en Varsovia»—. Eso da como resultado en cuanto a kilómetros, puesto que, en tiempo de duración, cualquiera sabe cuánto puedo tardar. La calzada está saturada de vehículos que se desplazan de un lugar a otro, me fijo y veo que la mayor parte de ellos sostiene una bandera del país contagiados por la celebración que se está siguiendo estos días sobre la Eurocopa de Fútbol.

Pese a mis recelos en cuanto a lo qué me voy a encontrar al paso de este punto kilométrico, comienzo a sentirme cómodo. No obstante, la climatología con un cielo soleado y totalmente despejado también se ha querido sumar a esta entrada mía de Varsovia.

El reloj me señala las 19:00. En el mismo momento que alcanzo el hotel IBIS

de la ciudad, al cual voy por recomendación de Josito (un joven gallego que reside allí, y se puso en contacto conmigo a través del Facebook).

 

Tiflis – Moscú

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

En aquel tiempo. Cuando me encontraba bien cómodo en el sofá de casa planificando el viaje, me surgió la duda: —«¿Permanezco un día más en Turquía, o por el contrario realizo una escala en Tiflis?. Tres semanas antes de partir, efectúo un viaje desde Santiago de Compostela a Las Palmas de Gran Canarias, donde surge en mí, grandes dudas. Otra duda que me pasaba por la cabeza era que si me quedaba ese día de relax en la capital georgiana cruzaría la frontera en domingo y desconozco si estaría cerrado o no.

En la tarde de ese fin de semana en Las Palmas, charlando con mi padre sobre el asunto me apunta: ¡Hijo, la frontera no cierra porque sea domingo; puedes cruzarla perfectamente!» Así que tema resuelto. ´Me quedaré en Tiflis que además será uno de esos lugares que no creo que vuelva en mi vida así que lo aprovechare.

De todas maneras, en caso de cualquier contratiempo, no me inquieta tanto; voy con dos días de margen para si se presenta algún que otro inconveniente.

Soy consciente que para alcanzar cualquiera de las fronteras, se recomienda hacerlo preferiblemente a primera hora de la mañana. Nunca conoces los acontecimientos improvisados que dificultan el curso normal de la entrada al país, con el consiguiente retraso que ello puede ocasionar. Por tanto, conocedor de esta circunstancia le insisto a Enri antes de retirarse a su habitación, que debemos de estar preparados para volver a la carretera a las 07:00 am.

Amanece. En la actualidad me despierto contento y entusiasmado. El calendario indica que hoy es domingo. Las calles de la ciudad están totalmente desérticas, por lo que Enri y yo, salimos prestos de Tiflis. Recorremos 20 km., y accedemos a «Georgia military highway» (b3). Recuerdo que aun estando en Galicia y tan sólo hacer referencia a este nombre me daba un poco de repelús. Todavía me producía bastante más recelo después que algún “iluminado” me contara que en esa zona se localizaban las fuerzas de seguridad con armamento pesado: con tanques y también con disparos. Acontecimiento que me produce tensión al tiempo que interno en la zona.

Circulamos con precaución, y puedo contemplar que la carretera no se diferencia en nada a las del resto del país. En los 165 km., que restan para arribar hasta la frontera, me percato que voy muy justo de gasolina. Ante la incertidumbre que me ocasiona no saber si al cruzar la frontera rusa encontraré una estación de servicio, escojo antes de cruzar el paso limítrofe para cargar el depósito de la gasolina. Además, como tampoco nos hemos detenido para desayunar, aprovechamos la coyuntura para matar dos pájaros de un tiro. Se sucede un kilómetro, dos… cinco, y no hallamos ninguna gasolinera. La vía se hace cada vez más cuesta arriba. Esta zona nos obliga a subir por un terreno de montaña, que además goza de unas preciosas vistas verde de todo el territorio, aparte de disfrutar de un día totalmente iluminado, donde el sol casca en la superficie. En este paraje solitario y silencioso, sólo veo alguna pequeña gasolinera de Diesel.

En las montañas Georgianas
En las montañas Georgianas

Por reseñar un dato histórico. Hasta 1.991 que fue el momento que Georgia se independizó y perteneció a URSS, la relación entre ambos países fue de una tirantez profunda, hasta 2.008 donde surgió un punto de inflexión entre ambos países. Fue entonces en 2.010 cuando abrieron el paso fronterizo en Stepantsminda. Se supone que el linde se ubica entre las montañas, por lo que, antes de empezar a viajar intenté recapitular la mayor información posible de este lugar. A excepción de una pareja de asturianos nadie era capaz de informarme del estado del territorio. A pesar de que por aquel tiempo escuché miles de comentarios.  Finalmente acabé pensando que el desconocimiento del lugar de todas esas personas es aún más evidente que el mío, e hice oídos sordos a la masa de quienes sólo me hablan de oídas que no se habían levantado del sofá en toda su vida.

Mientras, en el instante que vamos alcanzando la cima del puerto, nos percatamos que un camión de frutas acaba de tener un accidente, y la calzada está repleta de la mercancía que transporta. Los vehículos que nos vamos acercando hasta el lugar acudimos al auxilio del conductor. Por supuesto, yo también detengo la Ducati; sin embargo, cuando verifico que otros conductores ya tienen la situación controlada, y que mi aportación será casi nula, me decanto por continuar el trayecto.

Acabamos de llegar al pueblo y justo en la cima de la montaña a 30 km., para alcanzar la frontera, puedo examinar que se haya asentada una estación de servicio. Desayunamos un cappuccino y un croissant. Mientras que el camarero prepara el desayuno, yo, aprovecho para ponerme la camisa térmica, y entonces le comento a Enri. «A pesar de que el cielo está completamente despejado, en estas latitudes se nota como baja la temperatura de golpe».

Llegando a la frontera Georgia - Rusia
Llegando a la frontera Georgia – Rusia

Salimos del local, y es hora de comenzar a despedirme de Enri. Nuestra ruta en compañía acaba en el puesto fronterizo que en breves kilómetros vamos a cruzar, y este parece el sitio apropiado para desearnos muy buen viaje y mucha suerte en la vida. Eso mismo hacemos. Nos damos un fuerte abrazo, y continuamos hasta el punto donde cada uno seguirá en solitario su aventura.

Finalmente completamos la distancia que me lleva al pueblo. Ya me encuentro ubicado en el pueblo fronterizo, en el cual se nota que es un espacio lindante por la cantidad de coches y de personas que se ubican en él. Me quedo atónito al cerciorarme que la frontera es más hacia delante. Prosigo por la carretera que ya deja de ser asfalto para convertirse en un camino de tierra y piedras hasta llegar al punto concreto. El tránsito de los camiones, han dejado grandes agujeros en la superficie, hecho que se torna complicado para circular con la moto. Las circunstancias nos obligan hacer off road, e ir de pie sobre los estribos de la moto. Tampoco puedo rebasar la segunda velocidad, e intento deshacerme a mi paso de aquellos camiones que van por delante, ya que me estorba en la visibilidad. Consecuencia de ello, ya me he zampado algún que otro socavón; y lo que menos quiero es tener un contratiempo que me pueda dañar la suspensión u ocasionar otra avería de mayor relevancia para la Ducati. Encima, doy las gracias al cielo por el buen tiempo que hace, debido a que, de estar lloviendo sería totalmente inviable transitar por este lugar.

Frontera Georgia Rusia
Frontera Georgia Rusia
Frontera Georgia - Rusia
Frontera Georgia – Rusia
Frontera Georgia - Rusia
Frontera Georgia – Rusia

A mi alrededor solo puedo avistar una montaña. Las dos vías con sus correspondientes direcciones hay que atravesarlas por dos túneles que las separan. Que, dicho sea de paso, las goteras y la oscuridad que hay para completar ese espacio del trayecto, produce un miedo que acongoja al ser más valiente. Obviamente cuento con luz de la Multi, aunque reconozco que precisamente este elemento no es una de las cualidades más destacadas con las que cuenta, así que aminoro la velocidad, y paso como buenamente soy capaz para salir del segundo túnel que va en sentido de mi marcha.

A las 09:45 llego a la frontera. Como viene siendo habitual a lo largo del viaje a cada paso de la frontera; entrego el pasaporte, los papeles de la moto, y por consiguiente los agentes me dan el visto bueno para salir de Georgia, y ahora conduciré hasta el control de Rusia. —«¿Y esto? ¿tres kilómetros para pasar el control ruso? ¡alucino! ¡En mi vida había visto nada similar!»— me digo entre sorprendido e incrédulo. Y exclamo. —«¿No se supone que deben estar los controles seguidos uno del otro? —. Lógicamente, esa pregunta queda en el aire.

Por si fuera poco, lo que he visto, prosigo el camino para llegar al puesto de control. Una vez ahí, he de pasar por un espacio acotado en medio de rejas a cada lado, e inclusive por un túnel que se encuentra totalmente en penumbra, y donde se halla un número elevado de vehículos abandonados. —«Pero… ¿Qué gaitas pasa aquí? ¿Qué significan tantos vehículos ahí apostados en la más extrema desidia?»—. Hasta que, en ese preciso momento, abandono el interior del túnel, y me topo con el primer control de Rusia.

Túnel frontera Georgia - Rusia
Túnel frontera Georgia – Rusia

Me ubico delante de una caseta con la correspondiente valla bajada, y espero un momento. No se asoma ningún agente de seguridad, así que me decanto por apearme de la Ducati, y acercarme hasta la caseta. Cuando inesperadamente, veo como bajan de la montaña por la que antes transité a unos guerrilleros o soldados del ejército fuertemente armados; no sé muy bien qué nivel de seguridad nacional poseen, lo que sí puedo saber, es el miedo que se origina al verlos aparecer con esa actitud arrasadora, y hasta casi que también diría intimidatoria. El guarida fronterizo aparece y me solicita el pasaporte, y a su vez, me entregan un documento que se encuentra en inglés y en ruso. Unos papeles muy sencillos que he de rellenar con mis datos personales, la fecha de entrada, y también la fecha de salida del país. Me dan autorización para continuar hasta el segundo control, y es aquí donde al llegar veo que hay un exceso de vehículos, y me acomodo en la cola esperando mi turno.

Aprovecho este parón para detener la moto, y que de esa manera también se tome un respiro.  Me apeo de la moto y utilizo al baúl de la Ducati de mesa para rellenar el documento. Sin darme ni siquiera tiempo a empezar con la tarea, se aproximan hasta a mí tres señores que también se encuentran esperando su turno, y van con unas pintas un tanto extrañas haciéndome un puñado de las típicas preguntas que se le formulan a los foráneos: —«¿De dónde es? ¿De dónde viene? ¿A dónde va? ¿Está usted solo?»—. Me han sometido a un interrogatorio casi de tercer grado, y al que sólo me alcanza el tiempo para responder —«Vengo de España»—. —«¡Oh! Real Madrid y/o Barcelona»—, me vuelven a «interrogar».

Allá por noviembre, mientras estaba en casa de mis amigos Jaime Núñez y Cochi (moteros con dilatada experiencia en viajes) ya me aconsejaron que llevara conmigo bolígrafos, pegatinas, etcétera. Por el contrario, yo les comentaba que prefería llevar algún recuerdo del Madrid y del Barcelona, puesto que es aquello que las gentes de otros lugares del globo terráqueo identifican con España. Eso hice. En aquel entonces me acerqué a un bazar, y compré para transportar conmigo en el viaje diez postales de Leo Messi, y otras diez postales de Cristiano Ronaldo. Estos souvenirs que a priori parecen tan sólo una tontería por valor de veinte euros, pueden abrir más puertas que cualquier pasaporte del mundo o que cualquier tarjeta de crédito.

Aquellos tres hombres armenios se acomodan a mi alrededor, y finalmente sin esperar su ayuda son quienes me guían para completar el documento que debo de entregar a los militares que se encuentran apostados en el control fronterizo. Una vez concluido el papeleo, les obsequio a cada uno de ellos con una postal de Leo Messi y otra de Cristiano Ronaldo. La cara de aquellos hombres la recordaré siempre que rememore este viaje. Además, desde ese mismo momento tengo la certeza de que nunca dejaré de recordar el gesto de agradecimiento de uno de los armenios al regalarme el bolígrafo que me había prestado para cumplimentar el papeleo.

Frontera Georgia Rusia
Frontera Georgia Rusia

Me vuelvo a montar en la Ducati, y desde aquí, ya espero a que sea mi turno. Me toca. Una vez más los agentes me requieren el pasaporte, la documentación de la moto, la carta verde, y el visado. El militar quien calculo que no tendrá aun los 30 años revisa minuciosamente una y otra vez, hasta un total de cuatro y cinco veces el pasaporte y el visado gesticulando un NO con la cabeza. Empiezo a impacientarme, y cavilo: —«No puede ponerme ninguna pega, porque el visado lo saqué a través de la empresa http://www.tramvisa.com/ que me recomendó mi amigo Jaime Núñez, quien ya deposita alguna que otra experiencia en expedir pasaportes de esta característica»—. El agente sale del puesto de control, y se encamina con mi pasaporte entre sus manos hasta un compañero para preguntarle no sé qué tipo de cuestión. Mientras que un escalofrío recorre mi cuerpo, igual que si se tratara de un cubito de hielo buscando la salida entre la ropa, pienso a mil por hora: —«Como por laso de todas las desdichas tenga que regresar por donde mismo he venido, me muero de un disgusto»—.

El policía se acerca hasta donde me ubico, y nuevamente mira con interés el visado. Creo que quiere encontrar algún error. Deja transcurrir un buen rato hasta que se decide a poner el sello en la cartilla. —«¡UF! Exhalo un suspiro tan profundo igual que cuando salgo a flote de debajo del agua, y ya no me queda aire en los pulmones ni para medio respiro más»—. El agente entonces me indica: —«Continúe hasta el siguiente control. Es la aduana»—. Hasta allí me dirijo subido en la moto, y una vez en el lugar indicado, me hacen poseedor de un papel tamaño folio A4 en el que se me formulan de nuevo una serie de preguntas. El hándicap es que está escrito sólo en ruso, y a pesar de que le pregunto al agente de la aduana, me dice seco e incluso distante: —«Sólo ruso», no veo a nadie a mi alrededor que me pueda echar una mano; ni tan siquiera el propio agente a quien me he dirigido, y que me está ignorando..

Utilizo la táctica para buscar ayuda que siempre suele ser exitosa. Pregunto persona a persona hasta que doy con una mujer policía. Sin lugar a dudas, es mucho más amable y comprensiva que su compañero. Tiene conocimientos de inglés, y me ofrece su ayuda. Las preguntas que aquí se realizan hacen referencia a la comida, y a las bebidas que transporto, pero, sobre todo, a los datos de la moto, ya que, para acceder al país hay que ejecutar una importación temporal de la misma. A pesar de toda la ayuda que recibo de la mujer policía, me equivoco hasta en cuatro ocasiones.

Frontera Rusa
Frontera Rusa

Lo acabo de revisar minuciosamente para evitar el rechazo, y me encamino hasta la caseta de la aduana. De nuevo me corresponde esperar. Es tal el desorden del recinto que no existe ni número para conocer el turno que corresponde al conductor, ni nada que facilite el orden de la cola. —«Esto es la ley de la selva. Aquí siempre vence el más fuerte o el más espabilado»—. Y de espabilado peco en esta ocasión. Gracias a que llevo puesta la chaqueta de la moto, que tiene las protecciones en los hombros y en los codos, me voy haciendo hueco entre los hombres que también esperan su desordenado turno. Con esta maña, me sitúo el segundo. Proporciono al agente de turno toda la documentación, y ahora sí… ¡Apto para cruzar la aduana!

Regreso sobre mis pasos hasta el espacio donde aparqué la moto y entrego toda la documentación en regla. Con la aprobación para cruzar la frontera en mis manos un policía me reclama: —«Abra la maleta lateral derecha, y también el baúl trasero»—. Justo ahora tiene que atascarse la dichosa cerradura, y no puedo abrirla de ninguna de las maneras, empiezo a sudar y a rezar para que abra por no decir que me acuerdo de todos los dioses-. Persevero en mi intento por abrirla, hasta que al final, clic la he abierto. El agente mira en el interior de la misma concienzudamente, y en el instante que coteja que lo único que porto es herramienta, y de la ropa que llevo para el viaje, no insiste más en su investigación, y me indica: – que continué-.

En el momento que me dispongo a proseguir mi camino, ahora sí, con toda la documentación sellada conforme los requisitos que me han exigido los agentes, y después de los malos ratos que me han hecho pasar, hay un coche delante de mí, del cual su conductor se encuentra en la zona de pasaportes. —«Encima, no tengo ni el mínimo espacio tanto por la izquierda como por la derecha del carril para poder pasar». Toco el claxon como si no hubiera más horas en el día, y hasta a mí se dirige una señora que hace las veces de copiloto del vehículo jurando en ruso que bien podría ser arameo, porque no hubiera notado la diferencia. No me quedo por detrás y a su vez levanto la voz aún más fuerte que ella en inglés y español básicamente mandándola a la mierda.—. Tan grande es mi enfado que intuyo han debido de coger miedo porque su marido ha salido veloz a quitar el coche del medio de la vía (después de todo me río a carcajadas).

—«Ya no veo la hora de salir de tantos controles»— pienso, y conduzco hasta el cuarto y último control en el que sencillamente sólo he de entregar el pasaporte y los documentos con los respectivos sellos que validan el pase por la frontera, y la aduana. Finalmente… ¡Estoy dentro de Rusia!

Cuarto control frontera rusa
Cuarto control frontera rusa

Me sorprende que no haya una simple bandera, ni tampoco con un simple cartel como resulta ser habitual por el mundo donde se puede leer el típico ‘Welcome to russian’. Hecho éste que me produce cierta tristeza.

Al césar lo que es del césar, y al menos la carretera está asfaltada. Eso sí, menos mal que antes de acceder al país, y dejar a Enri para que continuase su andadura en solitario, y yo cruzar todo el periplo para llegar hasta aquí, puse gasolina. En todo este tramo del recorrido solamente me topo con cafeterías, por lo que, de no haber repostado, ahora mismo correría el riesgo de quedarme sin una gota de combustible y arrimado en el arcén.

He cruzado hace tan sólo 3 kilómetros la frontera, e ingenuo de mí, creo que ya ha acabado mi periplo con la policía local. Una patrulla se encarga de darme la bienvenida que no tuve justo al entrar al país, y me hacen señales acústicas para que me detenga desde el sentido por el que yo circulo contrario al suyo. Lo primero que pienso: —«No puede ser que vuelva a repetirse el hecho de Turquía por exceso de velocidad, ya que, voy respetando las señales». «Ya tenían razón los amigos, cuando me aconsejaban que respetase siempre los límites de velocidad obligatoria, y con una mayor precaución sobre aquellas limitaciones concernientes a las entradas de los países»—. Pienso en este momento en la famosa «mordida». La carretera es un tanto insólita. Por aquí casi no transita ningún tipo de vehículo en ambos sentidos. Entre medio de las montañas, solo puedo avistar un camión detenido, y a su par en dirección contraria a la mía, el coche de policía que me ha ordenado parar.

Uno de los dos agentes se dirige hacia mí, y lo hace en ruso. Yo le comento: —«Sorry. I do not speak Russian only English or Spanish»—. No me responde ni media, sólo me requiere el pasaporte, carnet de conducir internacional y carnet de conducir español— Acto seguido, me indica con la mano que me quedé justo al lado de la Ducati. Cruza la carretera, y se encamina hasta donde se encuentra su compañero quien está dialogando con el conductor de un camión. Han pasado unos minutos y ahora me hace un ademán para que me dirija hasta donde están ellos con el vehículo policial.

Policía rusa
Policía rusa

Del mismo modo que en su momento hiciera en Turquía en esta ocasión también pongo en funcionamiento la cámara del casco por lo que pueda suceder. Los agentes me preguntan: —«a donde voy» Yo les respondo: —« a Moscú»—. Como si el interrogatorio fuera poco, continúan preguntando: —«por donde saldré del país»—: —«por  Letonia»—. Momento en el que los policías deben de comprender Estonia,  y respondo Estonia —«¡Qué más da por donde salga o deje de salir, si la cuestión es que salgo del país!»—. En esa circunstancia el policía revisa todas las hojas de las que consta mi carnet de conducir internacional, y también hace lo propio con el carnet de conducir español. Pienso que esto es un teatro ya que no entienden ni papa de lo que dice el carnet.. Circunstancias que ratifico cuando le enseñan mis permisos de conducción al camionero que está parado en el arcén, de nacionalidad ucraniana. Dialogan entre ellos, y finalmente me indica: —«OK. Continué»

Continúo tal como me indicó el policía, y a los pocos kilómetros veo un pequeño castillo desde el que ondea una bandera rusa. Me detengo para fotografiar la moto a los pies del castillo; de este modo, tendré una prueba gráfica para la historia de mi vida de haber transitado por Rusia. Una vez que realizo la fotografía, ahora sí, un poco más contento, continúo con mi viaje.

Rusia
Rusia

Con todo el trasiego que he experimentado hoy entre: pasos fronterizos, revisiones de documentación, mal estado de las carreteras, etcétera, comienza la caída de la tarde sobre Rusia, y a mí me va a tocar pasar la primera noche a 200 kilómetros de la frontera; más concretamente en la ciudad de PyatigorskEn el momento que planifiqué este tramo del viaje, ya preveía que debía de hacer la primera noche en esta ciudad, porque no sabía cuánto tiempo tardaría en cruzar la frontera rusa. Algunos amigos que han viajado hasta esta parte del mundo me pusieron en guardia: —«Quique, cruzar de un lugar a otro de la frontera se tarda un promedio de entre cuatro o cinco horas»— me advertían en su día. Sin embargo, mi suerte debe de ser aún mayor que la de ellos, pues, yo la he atravesado en dos horas y media. —«Voy fantásticamente bien de tiempo»— Digo mientras miro el reloj quien me indica que son las 13:00.

Avanzo y traspaso el primer pueblo ruso que sale a mi paso ‘Nizhniy Lars Нижний Ларс’. Los demás conductores se quedan mirándome enmudecidos. Me resulta tan extraño igual que extravagante el contraste de los vehículos de alta gama con la era soviética de las famosas ladas.

Estoy a la salida del pueblo, cuando… ¡Zas! Otro policía que nada tiene que ver con los anteriores, me indica que detenga la marcha. —«¿Esto es una plaga o un castigo celestial?»— digo con tono irónico y desenfadado a estas alturas del recorrido al toparme con tanto agente de la autoridad. —«Documentación»— Se la facilito. Ipso facto, suelta una palabra como si estuviera en éxtasis: —«¡Ducati!»— Acto seguido me interroga: —«¿Hacia dónde se dirige, señor?»—. —«¡Me paras para cotillear! No fastidies. Me paras sin motivos, y lo único que están consiguiendo es ralentizar el viaje sin motivos»—.

Me reincorporo a la carretera y a escasos kilómetros me vuelven a parar la policía rusa. Esta vez hay una razón y un motivo real que los policías me comunican. —«Señor. Ha adelantado en línea continua al coche que iba delante de usted»— Me hago el sorprendido ajeno de haber ejecutado ninguna maniobra incorrecta; a pesar que soy plenamente consciente, y sabedor que adelanté a un vehículo en línea continúa. Sin duda, vi una línea discontinua, cuando me puse a la altura del vehículo observé que no se trataba de ninguna línea que autoriza el adelantamiento, sino que, el carril gira a la izquierda ocasionando que circulé por la línea continua. Les informo: —«no hablo ni ruso ni inglés, sólo español»—. Una táctica que casi siempre funciona además de ser en ese momento el hombre más tonto del mundo. Si de algo pecan los rusos es de gozar de escasa paciencia. Reiteran una y otra ocasión mi infracción. Por esta misma razón, al no entender su idioma, me dan por inútil, y me salgo con la mía. Desesperados por no ser capaces de que yo reconozca el incumplimiento que he realizado de la señalización vial, me indica: —«Continue»—.

Carretera rusa
Carretera rusa

Llegando a la ciudad de Pyatigorsk me recibe con cierta llovizna. —«Ahora que estoy muy cerca del hotel, no me detendré para ponerme el traje de agua; aguantaré unos metros»—. En esta ocasión, y al contrario de las anteriores, esta vez el GPS no comete ningún error. Me dirige directamente atravesando la ciudad hasta la puerta del hotel.

Actualmente el reloj marca las 15:00. Accedo al interior del local, y allí me recibe una señorita bastante alta, y con carencias de idiomas, lo afirmo puesto no habla en absoluto nada de inglés. A pesar de que le muestro la reserva que tengo del alojamiento en mi poder, inscrita en ruso y español, la señorita me hace un comentario que no logro interpretar. Salgo del atolladero sólo en el momento que un huésped hace acto de presencia en la zona de recepción, y se expresa en inglés. Se muestra disponible para hacer las veces de intérprete improvisado. Me transmite las palabras de la recepcionista: «Mi habitación no está disponible que tendré´que esperar una hora»—. Me quedo perplejo ante estas palabras, además, la lluvia se intensifica por momentos, así que le comento: «Si puedo ir al Spa»— La chica le dice al traductor: —«que está cerrado»—. Protesto con la atención del hotel. En ese instante parece que la reclamación un tanto fuera de tono, es efectiva. De inmediato la señorita de recepción me hace saber que existe la posibilidad de abrir el circuito de Spa sólo para mí por una hora, pero no antes de las 17:00.

Hotel en Pyatigorsk
Hotel en Pyatigorsk

Estoy en la zona de recepción del hotel esperando a que la habitación que voy a ocupar esté disponible. No se ha cumplido aún una hora cuando me están avisando que ya está listo mi alojamiento.

Subo con mis enseres de aseo, la ropa, y demás utensilios. Me acomodo en la habitación, además de aprovechar el tiempo hasta que baje a cenar para hacer la colada, vaciar todos los bolsos y demás dispositivos electrónicos y tecnológicos. Esta es la primera tarde desde que me ausenté de casa de total relax, y que por supuesto, la voy a dedicar para dormir y reponer energías. Sobre todo, me quedo en la habitación por dos motivos principales: Primero porque está lloviendo, y segundo, porque la ciudad no cuenta con ningún espacio o lugar que despierte mi interés para ir de paseo.

Hotel en Pyatigorsk
Hotel en Pyatigorsk

—«Estoy como nuevo», después de haberme echado una siesta, y relajado en el circuito de Spa por espacio de una hora, tal como me aseguró la señorita de la recepción del hotel y sobre quien desconozco su nombre. —«Hombre, Quique. ¿Dudabas que la carta estaría escrita en ruso? Ingenuo»—.Para mi suerte, en el hotel hay uno de esos chavales que son los «chicos para todo», por tanto, tiene la maña de cuidar del jardín, así como te abre la puerta del hotel, o también te alcanza una toalla a la habitación, o por qué no, tal ahora en mi caso, te pide la comanda. Además, tiene conocimientos de inglés. —«Lo que no logro entender por qué no lo colocan en el puesto de recepcionista, y, por el contrario, mantienen en esa función a una chica muy alta, inútil  y seguro que guapa, pero con una nula preparación de idiomas»—, mientras apostillo; —«Es evidente que los propietarios tienen un total desconocimiento en cuanto a visión de negocios, y muchísimo menos, una mínima capacidad para ofrecer cualquier tipo de servicios para el turista»—.

Cumplo mi propósito inicial de darme un homenaje, y para empezar me bebo dos cervezas entre pecho y espalda. A continuación, hago acopio de un primero, éste como no podía ser otro menú; ¡rica pasta! y el postre. Abono la factura, y me retiro del lugar para recluirme en mi habitación y dormir, porque, el día de mañana se prevé largo: 715 kilómetros de trayecto.

Cena primer día en Rusia
Cena primer día en Rusia

Me despierto bien temprano, y cuando me asomo a la ventana compruebo que la calle y los cristales de la habitación están mojados, por lo que evidencio que ha estado lloviendo durante toda la noche. Había quedado con el chico del restaurante de desayunar a las 07:00; sin embargo, una vez más, desde que llegué a este alojamiento el servicio deja mucho que desear, y me sirven el desayuno una hora más tarde, es decir, a las 08:00. Hecho que retrasa mi regreso a la carretera. Finalmente son las 08:30, y ahora sí me pongo en ruta. He de tomar la autopista E50, y tengo que realizar el recorrido inverso al entrar y cruzar hasta llegar al hotel. Tardo un poco más de tiempo para enlazar con la autopista que cuando lo hice para entrar a la ciudad, puesto que es hora punta, y la ciudad está casi colapsada.

Por si pensaba que el día de ayer había sido todo un sueño, o por qué no, que se había tratado del guion de una película policiaca; en el que la policía te para a cada medio kilómetro, hoy no puede ser la excepción para despertar del sueño o también por qué no, de continuar construyendo ese guion. Tan sólo he rodado 15 kilómetros de esta nueva jornada en ruta y… ¡por cuarta vez desde que entré en Rusia, la policía me vuelve a dar el alto! Pienso: —«¡Se aburren! Como continúen parándome llegaré a Moscú el año que viene, o quizás el siglo que viene»—; no sé, si tomarlo con humor o enfadarme de verdad. El agente viene hasta donde detengo la Ducati e indica: —«Control de documentación: Carnet de conducir internacional, carta verde, pasaporte, papeles de la moto e importación temporal de la moto»—. Cumplimentado el protocolo del control, y sin mayores problemas, continúo con mi recorrido por Rusia.

Me aburre en exceso cruzar la estepa rusa. Tras cientos y miles de kilómetros en sentido recto, no veo nada a mi alrededor, bueno sí, en alguna ocasión muy esporádica cruzo un pequeño pueblo, pero poco más que me extraiga de tanta monotonía. Recuerdo que ya en su día, desde casa planificando el viaje, este tramo de la ruta me inquietaba. Sobre todo, por el hecho de no tener la certeza de que se hallase en esta zona tan extensa alguna estación de servicio donde poder reponer combustible para la Ducati. Ahora, hago memoria de las veces que me he podido quedar «tirado» en la carretera por falta de gasolina, y sólo recuerdo aquella ocasión hace unos días en la que me quede marcando el mínimo de la reserva. De otra parte, no he tenido mayores problemas a excepción de las comunicaciones, que, dicho sea de paso, aquí también se solucionan echando mano de la tarjeta visa.

Cruzando la estepa rusa
Cruzando la estepa rusa

Es mediodía. Más concretamente próximo a las 13:00 pm., cuando sin previo aviso de llovizna ni chispas, comienza a llover. A diferencia de ayer cuando comenzó a descargar agua y me encontraba cerca del hotel, ahora sí busco refugio en una gasolinera, y me pongo el traje de agua. Ipso facto, me vuelvo a tirar a la carretera. Solamente han transcurrido unos pocos minutos, y la lluvia pasa al grado de tormenta. Tengo el casco completamente ahumado de la respiración, lo que materializa por consiguiente que tenga una nula visión. Me vuelvo apartar a un lado; justo donde hay un puente en la autopista, y me sitúo debajo del mismo para quitar el pinlock del casco. Justo al reanudar la marcha exclamo: —«¡Esto es otra cosa!»—.

A la altura de Pávlovskaya la autopista E50 concurre a la M4, es decir. La M4 es la autopista que me tiene que llevar hasta Moscú. Es entonces cuando veo por primera vez en todo el trayecto que transito por Rusia un cartel indicativo el cual reseña «Moscú. Distancia 1.350 km.». Me paro a la misma altura del cartel, y me fotografío.

Cerca del objetivo
Cerca del objetivo

Después de tantos días subido a la moto, de tantas peripecias en la carretera, del cansancio acumulado que supone este tipo de viajes. También, de cuantas circunstancias han acaecido de la mano de esta extraordinaria aventura, que un día me animé a cumplir, y que ya, conforman parte de mi memoria, del mismo modo, que de cada uno de los recuerdos que desde ahora podré compartir con el mundo; comienzo a sentir un cosquilleo que nace del cómputo global de cada una de esas sensaciones, las cuales, se manifiestan igual que una yincana por mis entrañas. Es tal el sentimiento que no hallo ninguna manera de describirlo. Estoy muy cerca de mi objetivo. Casi puedo hasta visualizar el punto culmen del viaje. No queda nada, y me jaleo: —«¡Vamos Quique, los últimos kilómetros de hoy, y mañana en muy pocas horas, ¡reto conseguido!»—. La cabeza junto con mis pensamientos fluye en el interior del casco. —«Vamos roja bonita, no nos queda nada»—. Le hablo a la Ducati reclamándole que no me falle ahora la mecánica del mismo modo que no lo ha hecho durante estos trece días, de los que consta la aventura. Entre tanto, la cabeza no se detiene, si no fuera porque el casco no puede deformarse, se haría minúsculo de todo lo que cavilo: —«Esta proeza tengo que celebrarla por todo lo alto», «¿cómo voy a reaccionar cuando llegue a la Plaza Roja de Moscú?; gritaré, lloraré, reiré, cantaré, me echaré agua por encima…»—. No puedo más con esta cantidad de emociones, y estoy a punto de romperme.

La realidad del lugar me extrae de mis pensamientos y me sitúa de nuevo en la vía. Ya ayer igual que hoy son jornadas que a priori me preocupan verme en la necesidad de discurrir por zonas cercanas a situaciones muy delicadas, y en conflictos, tales como: Chechenia, Osetia del Norte. Sin obviar Donetsk (ucrania) al que me encuentro muy próximo. Del mismo modo, en el instante que surco el terreno, soy consciente que la realidad no es tan peliaguda como suponía al principio. Sí es cierto, que existe mucha presencia de cuerpos de policías, y escuadrones militares cada uno de ellos con los correspondientes medios de transporte; aunque no una presencia demasiado exagerada tal para dar pánico.

He hecho una reserva en un hotel a las afueras de la ciudad de Millerovo, muy cerca de la autopista. No sé qué coordenadas recibe el GPS, que me dirige más que al pueblo a una aldea de 20 kilómetros más lejos de mi destino. A parte, tránsito por caminos completamente angostos y empedrados. Me acabo de dar cuenta del error, y vuelvo sobre las marcas de las ruedas de la moto. En esta ocasión no puedo hacer uso del móvil porque en Rusia no dispongo de la tarifa de datos. Por si estas circunstancias no fuesen suficientes, las dos aplicaciones que llevo instaladas en los dispositivos de navegación, tampoco son capaces de detectar la ubicación del hotel. Por lo que, ahora sí, no me queda más remedio que estar bien atento, y orientarme como buenamente pueda.

Llevo un buen rato en la autopista, asimismo con 50 kilómetros realizados. Hasta que de repente veo un cartel de publicidad del Hotel con las indicaciones así que las sigo hasta la puerta del establecimiento.

Por está zona ya no hay controles de policías se ahorran las nóminas por unos de cartón piedra, no lo podía creer hasta que pare en uno de ellos para observarlo bien.

Policías de pega
Policías de pega

Accedo al interior del hotel, el cual tiene la apariencia de ser un alojamiento de carretera, y dos señoras quienes parecen ser las responsables de regentar dicho lugar, me saludan. Puedo ver en los alrededores del estacionamiento desde familias completas, con hijos y abuelos, hasta una pareja que van en dos motos. Las señoras, me facilitan la llave de mi habitación, y hasta allí encamino mis pasos.

Abro la puerta e indago en sus instalaciones: La habitación es algo cutre, o, mejor dicho, bastante hortera. Hay un único aseo para todo un pasillo en común. Aunque tampoco me importa, tan sólo pretendo dormir. Me acomodo cuanto soy capaz de asentarme en el habitáculo, y también aprovecho la coyuntura para limpiar la cadena de la Ducati. Bajo a la cafetería/restaurante, y aunque suene contradictorio no puedo pedir la consumición que quiero, sino lo que ellos pueden servirme: una sopa con yogurt (nunca lo había probado), y de segundo, una tortilla con ensalada.

https://en.wikipedia.org/wiki/Millerovo
Parking Hotel en Millarovo

Termino de cenar, y me voy enseguida para el hotel; quiero meterme en la cama lo más pronto posible, puesto que, en la jornada de mañana me espera el gran día que alcanzaré mi meta: la Plaza Roja de Moscú.

Abro los ojos y miro el reloj. Son las 06:00 am., me pongo rápidamente en pie, y paso la cortina de la ventana. Observo que el cielo está encapotado por haber llovido durante toda la noche. A parte de la oscuridad que visualizo y que anuncia próximamente otro aguacero. Recibido este aviso climatológico, tomo todas las medidas oportunas para afrontar este largo e intenso día, donde hoy haré 865 km.

La hora roza las 13:00. Opto pararme en una gasolinera con servicio de cafetería para aprovechar la hora del almuerzo. Accedo al interior del local e intento decirle a la camarera lo que deseo para consumir. Ésta, se hace el que no me escucha o también como si no existiera. Insisto, y le señalo lo que quiero que me sirva, a pesar de mi perseverancia vuelve a no prestarme ni la más mínima atención. —«¿Qué le pasa?», ¿Me estás ignorando o tienes problemas de comprensión?» De repente un cliente que se encuentra en la cafetería almorzando con su familia, se acerca hasta la barra donde estoy, y me pregunta en inglés: —«¿Si me puede ayudar?»—. Agradeciendo por su generosidad, le respondo: —«Que si. Gracias. Quiero un sándwich y una Cola Zero»—. A lo que el buen señor le traduce la repugnante camarera lo que deseo consumir. Ahora sí demuestra la disponibilidad para servir lo que he pedido. Este hecho evidencia una vez más que siempre, en cualquier lugar del globo terráqueo hay un ser humano dispuesto ayudar a otro.

Finalizo el almuerzo, y al disponerme a salir para subirme a la moto de nuevo sin perder mucho más tiempo porque quiero llegar a las 18:00, a Moscú e igual que si la nube estuviera esperando el instante de mi salida, comienza a venirse el cielo abajo. A pesar de que no me agrada que justo llueva hoy, no me inquieta la situación y me coloco el traje de agua. Ya, bien protegido arranco la moto. La autopista persiste en la monotonía del principio, no obstante, no me quiero dejar dormir, y para ello, pienso en mi llegada a Moscú. Ojeo por encima el mapa que me señala los 200 kilómetros que me restan para llegar a la ciudad moscovita, cuando casi comienza el diluvio universal. El cielo se ha transformado en un negro profundo, y la temperatura desciende a velocidad de vértigo, tengo que poner al máximo los puños calefactores de la moto. Es tal el cansancio que tengo a estas alturas del viaje en el cuerpo, y los dolores de las cervicales que se genera en una fase aguda impidiéndome continuar con la marcha del tirón. Por este contratiempo, me veo en la obligación de detenerme varias veces en el arcén para descansar, y hacer ejercicios de estiramiento.

Gasolinera rusa
Gasolinera rusa

Me paro y continúo así una vez y otra vez. A tan sólo 75 kilómetros de mi destino, el chico de la gasolinera me ha debido de encontrar tan decaído y agotado que me ha ofrecido un té totalmente gratis. Aunque se lo agradezco lo rechazo, no me gusta el té. Para rematar el día de lluvia comienza una tremenda tormenta con aparato eléctrico. La temperatura desciende de un golpetazo hasta los 10º C. Ahora, ya no sólo me vale tener el traje de agua puesto, sino que me tengo que vestir con la ropa térmica. A pesar de toda la indumentaria que me he puesto encima, la sensación térmica que percibe mi cuerpo es la de estar en grados bajo cero. Me parece totalmente surrealista. —«¿Por qué tanto frío, si esta es el mismo atuendo que me llevo a la concentración de Pingüinos?  Ahí, sí congela el cuerpo y los sentidos al estar a cero grados, e incluso hasta llegar a bajo cero grados centígrados». El dolor de las cervicales por esta temperatura tan gélida está causando estragos en mi integridad física con los pinchazos tan fuertes que se desencadenan en mi cuerpo. Además, por momentos y con motivo de la lluvia, voy gritando de dolor en el interior del casco. Si este viaje fuese una ruta ordinaria, me detendría en el primer alojamiento que estuviera a mi paso hasta mañana cuando disminuyeran los dolores; pero esta no es la circunstancia. Sí o sí, he de llegar a Moscú en el plazo previsto.

Ha pasado un rato. Aproximadamente ahora el reloj marca las 18:00. El termómetro indica 7ºC, y yo, entro en la capital moscovita. Mi entrada coincide con la salida del trabajo de los rusos, por esta razón, las calles están completamente atascadas por los vehículos, lo que me impide disfrutar como quisiera de las vistas. Del mismo modo, he de sumarle a la lluvia y el cielo encapotado con un color negro por el que únicamente me deja intuir las construcciones de la época soviética con edificios vanguardistas.

Próximo a Moscu
Próximo a Moscu

In situ, sin previo aviso cambio de planes. Los dolores son cada vez más insoportables, por lo que decido que no me voy a dirigir directamente a la plaza roja. Me marcho directo al hotel para intentar relajarme y descansar unas horas, que seguro me vienen de perlas. Encima pienso: —«Si continúo con estos dolores, cuando llegue a la plaza roja, no voy a poder ni siquiera inmortalizar el momento, a la par, la lluvia también deslucirá tanta alegría»—.  Convencido que esta es la mejor decisión, y a pesar de lo cerca que me ubico de mi meta, prefiero disfrutar al máximo, y en las mejores condiciones físicas posibles de ese momento culmen de la aventura; por lo que le solicito al navegador que me lleve hasta el alojamiento.

Otra vez, y ya van unas cuantas veces durante estos 13 días en las que el navegador no es capaz de llevarme del tirón al lugar que le indico. La única solución que tengo ahora mismo, es hacer uso del Google Maps; quien sí me guía y me lleva certero a la primera oportunidad que le doy.

Recalo en el lugar. Detengo la moto en la puerta, y veo que la señora ya me está esperando. Tiene un garaje al aire libre, pero cerrado al público donde puedo aparcar la Ducati, y ausentarme con la tranquilidad que me da saber que no caerá en manos de ningún desaprensivo. Acepto la invitación de la señora para entrar al hotel. Aunque al decir la verdad, más que un hotel, este lugar tiene toda la presencia de una casa, y en la que se alquilan habitaciones por días.

Una vez con la llave en mis manos, me hacen constar las normas de la casa. Hago caso omiso de sus palabras, ya me está resultando un tanto pesada. La despido políticamente correcta hasta más tarde, y me vengo a la habitación a darme una ducha bien caliente que es lo que más necesito por encima de normas y de majaderías. Ahora me tomo un café, y me marcho directamente a la distancia de 1,5 km alejado del hotel. Estoy yendo a la tan soñada meta que se ubica en la Plaza Roja de Moscú. El clima me acompaña. Tanta es la emoción que revolotea por el ambiente, que hasta ha dejado de llover, y el cielo se ha abierto de par en par para recibirme. Estimo que una vez más, la vida se alía de mi parte. —«Estoy pisando la Plaza Roja de Moscú» «No puedo dejar de mirar, y de querer captar cada segundo de este instante que experimentó con una sonrisa de lado a lado de mi rostro, y con un tremendo nudo en la garganta que en nada va a emerger por mis ojos, como la lluvia lo hizo antes del cielo…» «Estoy feliz, contento, emocionado, satisfecho, agradecido…» ¡estoy pisando la PLAZA ROJA de MOSCÚ!» «¡OBJETIVO y SUEÑO CUMPLIDO!».

Plaza Roja de Moscú
Plaza Roja de Moscú

En mi página de Facebook relataba así: “Siiiiiiiiiiiii por fin en Moscú. Salía a las 06:45 con un día despejado y 12º. Hoy si podía ir a velocidad de crucero entre 110/120 km/h y sin controles (ya era hora). Con el paso del día se ha ido complicado la meteorología hasta llegar a 7º con fuertes lluvias los últimos 400km, tuve que parar 3 veces en esos km por el cansancio, no podía hacer más de 125/130km seguidos.
A pesar de ir bien abrigado y los puños calefactores no dejaba de temblar.
La entrada en Moscú fue a las 17:00 con el acompañamiento de la lluvia.
Me era imposible sacar fotografías, grabe la entrada con las cámaras que llevo.
Me dirigí directamente al hotel, me registré, me cambie de ropa y corriendo a la plaza roja que el tiempo daba un respiro,
Desde casa hasta aquí han sido la friolera de 7.897 Km.
Muchísimas gracias a tod@s por los ánimos y fuerzas. Pero hay dos personas que todas las mañanas cuando salgo a la autopista o carretera correspondiente van conmigo desde arriba, ellos son mis abuelos.”
Un abrazo

Estambul – Tiflis (Georgia)

Tiflis
Tiflis

Una vez más, ante mi desconocimiento de cómo salir de la zona del hotel para llegar a la zona de Asia, he de recurrir al Google Maps, siendo en este preciso instante cuando el navegador se vuelve a poner majareta.

Justo en el momento que estoy cruzando el puente del Bósforo (El mismo que un mes después de haber transitado por él fuera cortado por los militares en el intento frustrado de golpe de estado) son las 07:00. A pesar de ser tan temprano, el tráfico ya se muestra denso, sobre todo, el carril contrario al de mi marcha. Por ese lado de la vía transitan vehículos que se dirigen a trabajar, desde la parte asiática hasta la europea. Entre tanto, yo pienso en pararme a la altura del cartel que indica «Welcome to Asia» para hacer la fotografía de rigor. —«Mi gozo en un pozo»—. He llegado al punto concreto de la ubicación del cartel, y es imposible detenerme. No hay margen en el arcén, y además me sigue una cola de coches que me impide detenerme ni siquiera un segundo; por lo que sólo puedo grabar el cartel con la cámara del casco.

Welcome to Asia
Welcome to Asia

Durante los primeros 100 km., noto un tráfico continuado. Se da la circunstancia que la carretera E80 que sale de Estambul, además de ir al norte del país, también enlaza a la capital, Ankara, además de las otras ciudades litosferas a Estambul.

Salí tan deprisa de Estambul para evitar las colas que no he tomado ni café. Ahora que parece con la distancia recorrida que la carretera comienza a despejarse, y a fluir otra vez el tráfico, aprovecho para pararme a desayunar en la primera estación de servicio que encuentro.

Después que lleno el estómago y también el depósito de la gasolina de la Ducati, me reincorporo a la carretera. La climatología con 25º/30º me sigue acompañando; el asfalto es bueno, sin embargo, las largas rectas con la que está trazada la carretera me fatigan. Necesito descansar la mano derecha, por lo que hago uso del accesorio que le acoplé al puño del acelerador (Cruise Control). Ha transcurrido una hora de camino, y diviso en la lejanía a una moto cargada. Tiene pinta de ser otro viajante motero como un servidor. Acelero la moto para ponerme a su altura. Me aproximo a él, y observo que es una BMW R80 con matrícula alemana, y además va totalmente cargada de maletas.

Algún lugar de Turquía
Algún lugar de Turquía

Durante un intervalo de tiempo, circulo detrás de él hasta que me decido adelantar. Una vez que me hallo a su altura, extiendo el brazo derecho en diagonal hacia abajo, y con los dedos de la mano hago la «V»; en definitiva, efectúo un saludo motero. Termino de rebasarle y me sitúo por delante de su BMW R80. Ahora tengo la duda de si le hago una señal para que se detenga a la derecha, o bien para que me siga, y así acceder a la estación de servicio más cercana. Personalmente voy muy bien de gasolina, no obstante, llené el depósito en mi parada anterior, lo que sí desconozco es el estado del depósito de combustible del motero alemán, así que me acoplo a su velocidad, y en ese mismo instante él entiende que le estoy esperando. Por el camino que cruzamos se van quedando detrás algunas gasolineras, y aún no hemos interrumpido la marcha. Cada cierto tiempo, echo un vistazo para detrás para asegurarme si me hace ráfagas con las luces, y éste no las efectúa. Por lo tanto, los dos proseguimos en la carretera, hasta que al cabo de 200 km., una patrulla de policía de carretera nos da el alto. Me apeo de la Ducati, me quito el casco; el motero alemán hace lo propio, y ahora sí, con total naturalidad me presento yo primero: —«Hello. My name is Enrique. I’m from Spain»— y él responde con un acento riguroso— «Hello. My name is Erni. I’m from German»—.

Casi nos hemos olvidado del motivo de habernos parado, hasta que se nos acerca la pareja de policía mirando ambas motos. Entonces, uno de ellos me pide a mi primero la documentación: —«Documentación de la moto, carta verde del seguro, pasaporte, y carnet de conducir, por favor». Mientras que el policía comprueba que está todo en orden, yo me estoy empezando a preocupar, y pienso: — «Durante el trayecto no he visto ningún radar, no creo que me hayan vuelto a pillar infraganti»—. Hasta que me llevo la grata sorpresa cuando los agentes me informan que se trata de un control de documentación, y acto seguido nos invitan a proseguir nuestro camino: —Continúe su marcha»— nos dicen los policías. Y así de nuevo en esta ocasión partí con mi nuevo amigo, a quien le pregunté antes de subirme de nuevo a la moto: — «¿A dónde se dirige?»— a lo que él me responde —«Voy en dirección a la costa, y a continuación a Georgia»—, entusiasmado porque coincidimos en la ruta le cuento mis planes —«Ah, igual que yo. Tengo una reserva de hotel para esta noche en un pueblito de la costa del Mar Negro, y en la mañana, estaré entrando en Georgia.»— y él me propone —«¿Por qué no viajamos juntos este tramo del trayecto y de paso almorzamos?». Acepto, y proseguimos la ruta. Mi intención es que paremos a comer una vez que hayamos llegado al Mar Negro, sobre la ciudad de Samsun. Es decir, después de haber realizado en el día los 750 km., que nos separaba del lugar donde nos encontrábamos hasta el punto indicado anteriormente.

Las Motos
Las Motos

Por norma general e incluso si se quiere decir por costumbre, cada vez que realizo un viaje, donde voy de un lugar a otro, y donde no tengo previsto visitar ningún sitio en el transcurso del camino, no me gusta para nada detenerme a comer dentro de las ciudades.

Siempre, suelo parar en la salida de la ciudad, y a continuación tomo la dirección directa de la carretera que me lleva al lugar al cual me dirijo, y así, es como vengo haciendo desde casi mis primeros itinerarios en dos y cuatro ruedas.

Miro la hora que marca el reloj, y son las 15:00. Hemos cumplido el total de los 750 km., y nos paramos a las afueras de Samsun en una estación de servicios Shell. El calor azota con bastante fuerza, y yo, no paro de sudar y de beber bastante agua y Coca-Cola Zero cada vez que me detengo para repostar. Desde donde estaciono la moto puedo ver que además la zona de servicio dispone de un restaurante de comida rápida turca. Entramos y al corresponderse lógicamente de un restaurante turco. La carta está disponible solo en turco. Debido a que fuera de Estambul no hablan casi nadie inglés. La incógnita para pedir la comida la resuelve mi amigo el alemán quien me sorprende cuando le escucho chapurrear turco para pedir la comida en este mismo idioma. A decir la verdad, lo único que entiendo de lo que pide es «kafta», así que es lo mismo que yo también le solicito al camarero. Durante el transcurso del almuerzo, nos vamos conociendo como buenamente podemos.

Entonces Erni me comenta; —«Yo no viajo con reservas de alojamiento»— a lo que yo incrédulo le pregunto: —«Entonces, ¿cómo haces para descansar?» — y él tan tranquilo y hasta con una media sonrisa a sus 67 años me lanza: «Yo sólo tienda de campaña» admirado por su gesta sin acabar la frase. Erni, me vuelve a sorprender en una nueva ocasión cuando de repente me dice: «Continuaré contigo, Enrique hasta el hotel donde te vas a hospedar, y esta noche me hospedo ahí yo también».

Baño gasolinera turca
Baño Gasolinera Turca

Sin esperar a más nada nos subimos a las motos. Nos esperan 200 km., hasta arribar a nuestro destino, y empezamos a rodar por la carretera de la E70. La vía del lugar es igual que la de cualquier zona de la costa de España, y por la que atravesamos una ciudad, y otra ciudad. Se nota a la legua que son ciudades con destinos vacacionales. Lo que más me enerva es tener que detenerme con el calor que hace en los semáforos. A eso le sumo los gases que emanan de los tubos de escape de los camiones, y de los autobuses, o también el humo contaminante de los coches y el propio calor que desprende la Ducati. Por otra parte, he de añadir a todas estas contrariedades la velocidad irregular, y por si todo ello fuera poco, después de varios días y el número de kilómetros que llevo a mis espaldas, las cervicales, nunca mejor dicho, se comienzan a sobrecargar. Medito y vuelvo a recapitular lo que me resta de kilómetros de la jornada de hoy para darme una reparadora ducha de agua bien fría, una cerveza bien fría, un buen plato de comida y más tarde tumbarme para descansar la espalda, las piernas, y las manos; y así, recuperarme en la medida de lo posible del largo e intenso día de hoy.

Pese a estos pensamientos míos, tampoco puedo dejar de cavilar qué hará Erni cuando lleguemos al alojamiento donde yo tengo mi reserva hecha desde el día anterior. Ojalá dispongan en ese momento con habitaciones libres para que él se hospede. Si he de ser sincero, no me apetece nada en absoluto compartir la habitación con nadie.

Después de 12 horas de trayecto, y sobre las 19:00., arribamos a Giresun. El GPS me indica ahora cómo llegar directo, y sin rodeos hasta el hotel. Me parece mentira, y comento: —«¡Hale! ¿Estás de broma? ¡Me has traído del tirón! ¡Ole, ole, ole, no me lo puedo creer!»— Accedo al recinto, y efectúo sin problemas de ningún tipo el check. Sin embargo, Enri, hace uso de una picaresca española, y le indica al servicio de recepción que él también tiene una habitación reservada para ese día, a lo que el recepcionista le responde: —«No señor, no nos consta registro alguno a su nombre, lo sentimos»—. Enri insiste un poco, y finalmente le indican: —«Podemos ofrecerle una habitación»— Y accede. —«Menos mal»— pienso. Estoy calado de sudor y tengo una necesidad imperiosa de darme una ducha y recostarme en la cama. No sin antes de encaminarnos cada uno a su habitación solicitamos a la persona allí apostada atendiendo a los clientes sobre algún garaje o lugar en donde podemos guardar las motos para que también se tomen su merecido descanso, y además estén reguardadas bajo techo. Se ausentan de su punto de información y registro, y nos guían hasta unos 50 metros de distancia del hotel; aquí aparcamos la BMW R80 y la Ducati Multistrada 1200, por lo que nos ausentamos con sosiego ahora sí sabedores que las motos están a buen recaudo de la noche y de la intemperie. Retornamos al hotel y en el trayecto Erni me dice: «¿Nos vemos luego a las 20:00?», yo le respondo: «prefiero a las 20:30», él acepta.

Giresun
Giresun

El tic tac del reloj se expresa en su momento más culminante con el sonido que definí en su día para el despertador al marcar las 20:30. Salgo de la habitación, y voy a encontrarme en la zona de la entrada del hotel con Erni. Desde aquí, salimos a dar un paseo por los alrededores del mismo, el cual, se haya situado exactamente en el centro del pueblo. Sin prisas, y contemplando cada rincón, me sorprende ver andar por sus calles a tanta cantidad de personas tan jóvenes, del mismo modo que avistar el buen ambiente que reina en las terrazas, y los bares del lugar. Simultáneamente, Erni y un servidor buscamos algún local, bien sea bar o terraza que nos sirvan unas cervezas frescas. Sin embargo, por la zona no damos con ningún establecimiento que nos pueda ofrecer lo que nosotros andamos demandando. Personalmente tal hecho me desconcierta muchísimo; el motivo para que no las ofrezcan en su servicio puede ser por tratarse de una zona musulmana. Estamos tan perplejos que nos decantamos por acceder a un restaurante al azar, quien tampoco cuenta con ningún formato de cerveza. Sólo, cuando las ganas de seguir indagando el local donde poder consumir unas cervezas bien frías se van evaporando, se nos enciende la bombilla de preguntar en el restaurante contiguo al hotel en donde nos hospedamos. Esto pinta también que va hacer un —«No»—, pero, quien no pregunta, se queda con la duda. Es esta misma razón por la que no divago a la hora de formular la pregunta y manifiesto: —«Hola. ¿Cerveza fría?»—. —«No. Aquí no, lo sentimos»— me responde con idéntica sencillez a mi pregunta directa. A pesar de eso, nos hace un ademán con la mano para que le sigamos. Penetramos casi a oscuras por un local, por el que más adelante nos indica el joven que accedamos a la otra parte por una ventana un tanto destartalada: —«¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tanto secretismo?»— inquiero a la persona que nos guía: —«¡No me creo que estemos haciendo esto!»— me digo a mi mismo atónito de mis actos. Aunque para nada he de rasgarme las vestiduras ahora, soy bastante atrevido, y siempre que se dan este tipo de circunstancias suelo actuar de forma contraria al miedo. Increíble, ni yo mismo me lo creo. Eso sí, recuerdo que en China en el año 2007 cuando viajé, me sucedió algo similar y donde también me atreví en aquella ocasión como ahora hago sin pensar en las consecuencias ni en el propio miedo.

Ya estoy dentro; Erni pasa detrás de mí. Un señor nos acompaña para sentarnos en una mesa. Diviso los alrededores del local, y compruebo un par de mesas más vacías y en la barra unos individuos que fuman e incontroladamente consumen alcohol.
Hago caso omiso de tanta clandestinidad, y aprovecho la oportunidad para pedir algo para comer; sin esperar la respuesta me informan que no disponen de menú. Aunque contradictoriamente me preguntan: —«¿Qué le apetece de comer, señor?» — me lo pienso dos segundos y le respondo: —«Kafta»—. Se ausenta, y así permanecemos quince minutos esperando desde que le pedí el Kafta. Hecho que aprovechamos Erni y yo para mantener una conversación, todo he de decirlo, un tanto disparatada, ya que, el motero alemán se expresa con una mezcla de alemán con inglés, y yo capto a media cada una de las cosas que me cuenta: —«Me jubilé en abril con 67 años siendo conductor de tranvía en Franckfurt. Me subí a la moto y me he venido a recorrer Turquía y Georgia. Mi mujer cogerá un avión en un mes para viajar hasta la ciudad turca para acompañarme»—. En ese instante e igual que por arte de magia, el señor que anteriormente nos acomodó en la mesa, trae en volandas un plato bien grande de Kafta y dos cervezas más.

Finalizamos la cena, y nos ausentamos del mismo modo que entramos al local no hace más de dos horas. Al llegar al hotel le recalco a Erni antes de retirarnos a dormir cada uno a su estancia: —«¿Estarás listo a las 06:30 am., para salir a la carretera? Mañana nos espera un día muy largo por delante con los 730 km., que restan para llegar a Tiflis»— insisto: —«OK, perfect»— dice Erni.

Bajo sobre las 06:40, a la entrada del hotel, y lo menos que me podía esperar anoche cuando le recalcaba la hora a Erni, es que este estuviera con las maletas cargadas y subido a la moto disponible para salir. Todavía a mí me queda ir a buscar la moto al garaje y cargar mis maletas, y murmullo con una sonrisa: —«¡Es evidente que los alemanes se toman las cosas a pies juntillas!»—.

Desde el principio siempre me planteé la organización de esta aventura para desarrollarla en solitario, y recupero esta circunstancia porque durante el transcurso de esta jornada no dejo de pensar en repetidas ocasiones si quiero ir sólo en este viaje que he planificado o, por el contrario, continúo con Enri. No porque me caiga mal el hombre, ni mucho menos. Aunque sí he de reconocer que se está convirtiendo en un acompañante un tanto desequilibrante para mis planes, a la hora de seguir su ritmo; La BMW R80 de los años ‘90 que conduce, no sobrepasa los 100/105 km/h. Por otra parte, también pienso que uno de los beneficios de viajar en solitario, es ir encontrando compañeros con quienes compartir ciertos kilómetros, o días de itinerario en la carretera. Además, siempre se recomienda no ir sólo por cualquier percance que pueda acontecer.

Fiel a mis costumbres antes de poner la Ducati en marcha efectúo una revisión visual de la moto en general, y es ahí, cuando compruebo que el aceite del motor está señalando mínimos. La verdad es que no tengo por costumbre transportar ningún bote de aceite. Sin embargo, mi nuevo amigo Erni, sí que la porta. Claro está que su moto sí lo precisa.

Nos ponemos en ruta con un recorrido por delante hasta llegar a la frontera de 320 km. Ahora también continuamos por la carretera E70 de la costa del Mar Negro. Visto lo visto horas antes, he de comprar un bote de aceite para curarme en salud. Voy en la carretera atento para localizar una estación de servicios Shell. A pesar de que hay diversas marcas de gasolineras, personalmente prefiero que sea Shell porque es internacionalmente muy conocida.  A parte de que Shell es la marca que la casa Ducati recomienda para sus motores. Tanto he ido oteando, que finalmente doy con una gasolinera Shell. Le hago un ademán a Erni, y nos detenemos. Los dos repostamos combustible, y compro el aceite que quizás pueda volver a necesitar quién sabe cuándo.

Mientras el depósito se llena nos ponemos de acuerdo para seguir un rato más en ruta hasta detenernos para desayunar, que en todo caso sería en un establecimiento a pie de carretera. Así mismo obramos. Detenemos la marcha en un local justo al borde de la carretera, y pedimos que nos sirvan lo que puedan ofrecernos para desayunar. Nos sirven un té (muy típico del país), también aceitunas negras, ensalada de tomate con pepinos y mantequilla con miel. Para mi infortunio no me gusta ni el té, ni los pepinos, así que, aprovecho el resto de alimentos; desayuno aceitunas negras, ensalada de tomates, y mantequilla con miel. Abonamos el importe de lo que hemos consumido, y proseguimos el rumbo del camino. Nos encontramos próximos a la hora de mediodía y ya llegamos a la frontera. La verdad, que cuando llegas al destino es fácil de reconocer por la cantidad de camiones que hay parados en el lado derecho de la carretera (hecho característico de las fronteras de lugares como este). A mí no se me quita de la cabeza el recuerdo de la famosa multa que tengo que abonar. Por si acaso, ya llevo efectivo conmigo para si me ponen algún impedimento a la hora de cruzar la frontera hacerla efectiva al instante, y por ende ahorrar tiempo.

Desayuno Turco
Desayuno Turco

Erni va detrás de mí. Finalmente arribamos a la frontera turca, y un guardia se dirige a mí señalándome el camino con el dedo índice: —«Sobrepase la cola de vehículos»—. Obedezco su orden y me pongo a la altura de la caseta de seguridad. Ahí entrego mi pasaporte y los papeles de la moto; entonces el guardia me dice escuetamente —«OK, continúe»—. Prosigo mi marcha sin mirar para detrás para entrar en Georgia. En ese minúsculo recorrido pienso con júbilo: —«¡Genial! No me ha hecho pagar la multa que me pusieron nada más pisar el país!»— y a continuación, pienso dos cosas, la primera: —«Quizás los datos de la multa aún no hayan llegado al punto fronterizo, ya que pensarían que un atrevido español en moto no saldría nunca por Georgia»— o la segunda que también me planteo en ese momento: —«No es necesario que abone la multa, por ese motivo se rieron en Estambul la patrulla de policías que pregunté»—.

Antes de pasar el control de Georgia me detengo para sacarme la foto de rigor, y también para esperar a que Erni cumpla con su trámite burocrático, y de este modo poder cruzar la frontera. Entre tanto, le solicito a un agente de seguridad: —«Por favor, ¿una foto?» —. Coge mi cámara y me hace la fotografía sin mayores impedimentos.

Frontera Georgia
Frontera Georgia

Erni llega con su BMW R80 al punto en que me encuentro, y de esta manera uno detrás del otro, nos colocamos en la cola fronteriza de Georgia. Llega mi turno. Una señorita me pide la documentación: pasaporte, papeles de la moto, dos o tres preguntas típicas de rigor y… ¡Me sella el pasaporte! Entro a Georgia y una vez más me detengo para esperar por Enri.

—«Ups. ¿Qué pasa?»—, me pregunto porque no comprendo nada de lo que está sucediendo a mi alrededor. Varias personas se encuentran observándome a mí y a la Ducati. Miran la matrícula, las pegatinas que también llevo en el parabrisas. Puedo ver que a mi alrededor se hayan ubicadas varias oficinas de cambio de moneda, y un número indefinido de personas que se mueven de un lugar a otro sin mayor sentido aparente, es decir, a mi modo de entender la circunstancias que le llevan a ese comportamiento; son los inconfundibles busca vida de este tipo de países.

Recuerdo que desde que comencé a preparar el viaje, el mayor «peligro» por definirlo de alguna manera gozaba de nombre propio: Georgia. Principalmente, por lo que había podido leer y también por los comentarios que habían podido llegar a mis oídos, entre otras cosas. Me acuerdo que ya entonces desconocía lo que podía encontrarme, es más, no existe ningún mapa del país disponible en español, es decir; no existe ningún mapa Michelin en español. Por aquel tiempo me vi en la necesidad de hacer una petición de un mapa a una marca inglesa. Días antes de iniciar la aventura me pasé algunas horas comprobando en Google Earth el recorrido por dónde iba a pasar. Tampoco puedo olvidar que al comprobar por el mapa el estado tan pésimo de las carreteras de aquí, no quise seguir ahondando más porque me producía hasta miedo. Esta circunstancia me ocasiona entrar al país con cierta tensión en el cuerpo, aunque noto enseguida como a medida que pasan los segundo esta sensación se va evaporando, y toda la agonía del principio también. Ahora ya me siento más cómodo esperando por Erni, a pesar de que la gente nativa me sigue mirando la moto sin decir ni una sola palabra. He perdido la inseguridad del principio, y ya yo también les devuelvo la mirada a ellos. En este caso opto por levantarme solamente la pantalla del casco, y saludarles con una sonrisa.

Frontera Georgiana
Frontera Georgiana

Erni se acaba de poner a mi altura y me comenta: —«Enrique, ¿deberíamos de hacer un cambio de monedas?». Localizamos una oficina de change y una vez dentro, solicito que me cambien 40 € para pequeños gastos, ya que, el resto de cantidades las puedo abonar con la tarjeta de crédito.

Seguidamente, mi nuevo compañero de aventura me informa que la carta verde de los seguros no nos cubre absolutamente nada en Georgia. Me quedo estupefacto, desconocía tal hecho. En su día, cuando miré la documentación deduje que sí era válido. Sin embargo, ahora con Erni compruebo que estaba totalmente equivocado. Así que nos hablamos: —«Qué crees Erni, ¿sacaremos un seguro local para los días que circulemos en Georgia, o nos arriesgamos a seguir la ruta sin seguro?» a pesar del riesgo que podamos tener optamos por la segunda, cuando lea esto mi madre creo que no le hará mucha gracia jajajajajajjaajaj.

Entramos al país por Sarpi, y nos tenemos que dirigir hasta Batumi. A pesar de seguir de nuevo el trayecto por la carretera de la costa del Mar Negro, el estado de la carretera no tiene ni punto de comparación con el anterior recorrido de la E70: No está señalizada y tampoco hay arcenes. Cuenta con una innumerable cantidad de baches, incluso con tierra en ciertos tramos de la vía. Transcurre una parte del trayecto, y a unos pocos kilómetros después, nos detenemos en una estación de servicio para repostar combustible, y a su vez, matar la sed con una Coca-Col Zero  bien fría. Una vez más, somos el centro de atención de las miradas curiosas de los nativos hacia nosotros y las motos. A mí por el contrario me atrae la atención sobre la cantidad de coches de gama alta que en ese momento se hayan repostando en el lugar.

Georgia
Georgia

La gasolinera ya se queda atrás, y ahora comenzamos a entrar en Batumi, al mismo tiempo que coincidimos con el horario de la salida estudiantil; es por ese motivo que nos vamos encontrando a nuestro paso muchísimos autobuses de transporte escolar.

También ahora, somos el centro de atención de los niños. La imagen que me llevo de la ciudad es la de un lugar empobrecido, o eso al menos es lo que deduzco si me fijo en el tipo de gente, en las tiendas, en las aceras, y en los edificios. Puedo observar a bastantes personas que deambulan sin mayor sentido por las aceras, o también se encuentran sentadas en ellas, e igual que los observo sentados a pie de los propios comercios, entre otras situaciones de abandono.

Sin detenernos, comienzo a zigzaguear por los vehículos, sin embargo, la BMW R80 porta unas maletas tan grandes que no le permiten a Erni maniobrar con facilidad para colarse entre los vehículos, y me desespera la situación por no poder avanzar como quisiera.

Una vez que logramos atravesar la ciudad nos encaminamos a la carretera B12, la cual nos ha de llevar hasta nuestro destino; cuando de repente un cartel nos indica: —«Obras. Siga la señalización»—. —«¡Lo que nos faltaba!»— exclamo decepcionado, ya que no me esperaba esta sorpresa mientras Erni se queda pasivo esperando detrás. —no hay señalizaciones alguna. En Georgia Garmin no dispone de mapa para sus GPS, por lo que hago uso de la aplicación gratuita que instalé en el Iphone maps.me, y que me está funcionando como un reloj inglés, al menos hasta ahora. La paradoja que en la actualidad no puede dirigirme a ningún lugar por las obras que se están acometiendo en la zona, y no es capaz de reconocer otras alternativas: —«¿Y ahora qué?»— me interpelo a mí mismo, hasta que enseguida opto por seguir a unos camiones. —«¡Erni, seguimos a los camiones!» — le planteo, pero ya con la decisión casi tomada y apuntillo: —«Imagino que se dirigen a Tiflis»—. Erni confirma con la cabeza, y me la juego, seguimos la estela de los camiones.

Carreteras Georgiana
Carreteras Georgiana

La carretera continúa siendo de un sólo carril para cada sentido de la marcha. Por el puerto de montaña nos estamos cruzando con una cantidad suficiente de tráfico que, junto con la peligrosidad de la carretera, nos complican la maniobra para efectuar el adelantamiento. El calor continúa siendo asfixiante, es más, cuando un autobús o un camión se nos pone por delante de las motos, la sensación de asfixia por la elevada temperatura se acentúa. En este momento comienzo a ser consciente que detesto a los camiones, y mira que tengo amigos que son profesionales del medio.

Los kilómetros pasan a una marcha muy lenta. Entre tanto, cruzamos aldeas y pueblos. Ya comienzo a echar en falta una autopista o carretera nacional como las españolas. He ido comprobando in situ que aquí desde que te ausentas de la carretera «principal», el resto de carreteras son en su inmensa mayoría de tierra. Tanto es así, que a las entradas a las estaciones de servicios hay que extremar las precauciones por el derrape y donde puedes terminar «mordiendo el polvo» del suelo.

Al contrario de lo que también entendía sobre la escasez de gasolineras cuando pensé en adentrarme por estos lares. En la actualidad he de reconocer que mi error es incuestionable, más cuando el país está repleto de estaciones de servicios de marcas locales, del mismo modo, que también se encuentran disponibles otras marcas internacionales, sobre todo Shell. Tan grande es mi asombro que me pongo hacer cávalas del país en el que creo que hay más estaciones de servicio por kilómetros, y sorprendentemente coloco a Georgia por encima incluso de Francia o Alemania, y eso para mí, ya supone una enorme sorpresa. Es evidente que, con esta disponibilidad de servicios, el bidón que transporto detrás de la moto prestado por mi amigo Patxi (ducatista de España) no hubiera sido necesario. Aunque tampoco puedo obviar que la tranquilidad que me ocasiona disponer de 6 litros de combustible extra, no lo cambio por disponer de tantas estaciones de servicio juntas.

Área de descanso en Georgia
Área de descanso en Georgia

Quizás este sea el primero, y espero que también sea el último día que no disfruto sentado en la moto de esta aventura que emprendí entusiasmado, e incluso cuando me puse de igual modo manos a la obra en la planificación y organización del viaje. El cansancio se apodera hoy un poco más de mí, y sólo reincide este pensamiento por mi cabeza la de llegar la hotel.

Ciertos tramos de carretera están en obras, y también hay pasos a niveles por los que cruzan los trenes, por lo que pasar las vías se vuelve un hecho bastante peligroso.

Con este cúmulo de circunstancias me llevo el único susto del viaje, al menos hasta la fecha de hoy. Es media tarde y nos quedan aproximadamente 200 kilómetros para llegar al hotel, y con las ganas que tengo de llegar para descansar y ducharme he cometido un estrepitoso error de principiante. Acabo de realizar un recto en una curva y he podido salvar la situación gracias a la tierra que está acumulada en la salida de la curva; siendo lo que acaba de evitarme un mal mayor.

Ocurrido este trance, seguimos los dos nuestra marcha por las penosas carreteras georgianas, esquivando los vehículos, y también cruzando los pasos a nivel que se presentan en nuestro camino. A escasos 30 kilómetros de la capital me congratula comprobar en primera persona que se comienza a trabajar en una autovía que, al parecer, se prevé que enlace a Batumi, aunque esta construcción tiene pinta de ser una obra para largo tiempo.

La entrada a Tiflis la señaliza un monolito con el nombre de la ciudad, lo primero que hacemos es detenernos en el arcén; aquí, sí dispongo de espacio suficiente para hacer la fotografía de rigor. En este punto concreto el panorama ya es totalmente diferente. A pesar de que la velocidad es excesiva, se respira cierta tranquilidad.

Tiflis
Tiflis

Al contrario de mis prejuicios del principio, me apodera una grata sorpresa a la hora de entrar en la ciudad y ver que realmente no es un lugar ni feo, y tampoco ruinoso. He de reconocer que es como cualquier otra ciudad europea, tanto es así, que hasta el odioso tráfico que se apodera de las calles es idéntico a cualquier otro país. Mientras, el móvil nos indica el camino que debemos tomar hasta el hotel. Atravesamos la ciudad bordeando el río, el pequeño hotel se encuentra en la zona centro de la metrópoli, al ser una casa sin cartel por fuera no consigo dar con el sitio concreto donde se ubica, hasta que pregunto a un transeúnte quien muy amablemente nos indica cómo llegar. Las inmediaciones del hotel no son nada aceptables, más bien, podría incluso decirse que se encuentra en un barrio muy humilde. Tanto es así, que no me hace ninguna gracia dejar la moto a la intemperie dos días, por lo que intento buscar un lugar donde aparcarla. Le pregunto a la señorita que regenta el hotel. Me indica que tiene un patio, aunque no está bajo techo donde podemos dejar las motos.

Sin ningún resquicio para la duda, hoy ha sido el día más duro de mi vida desde que estoy montando en moto; 700 km., en 12 horas y media.

Hotel en Tiflis
Hotel en Tiflis

De nuevo, retomo mi pensamiento que me lleva a una ducha fría y a tirarme de cabeza en la cama. Entre tanto, Erni le pide a la señorita una habitación libre, pero esta le comenta que hasta las 00:00 pm., no dispondrá de habitaciones; así que, le invito a que se duche en mi habitación, y también para que mientras tanto tenga donde dejar sus pertenencias. Erni acepta mi ofrecimiento, y luego se marcha al salón a ver la televisión mientras que yo me lanzo a la cama. Más tarde me despierto, ha transcurrido una hora, me siento un poco más repuesto y bajamos a cenar. Vamos a la búsqueda de un lugar donde poder comer. A 100 metros más o menos del hotel vemos una hamburguesería con terraza. Nos aproximamos hasta ella, y sin plantearnos si será ese el sitio apropiado o no, nos sentamos en las mesas colocadas en el exterior. Pedimos, nos sirven con ligereza, comemos con igual rapidez, y nos ausentamos rápidamente al hotel para dormir.

El sol rompe con su luz en el cielo al amanecer. Es sábado. Hoy por la mañana nos toca hacer turismo por Tiflis. A las 10:00, con el cuerpo repuesto, y frescos después de una ducha reparadora como la efectuada anoche, Erni y yo, buscamos un sitio para desayunar. En esta búsqueda damos con una tienda de ropa que también hace las veces de cafetería, lo cual me parece una idea extraordinaria y exportable.

Cafetería
Cafetería

Salimos de la tienda-cafetería, y nos encaminamos a visitar la ciudad. Primeramente, nos dirigimos hacia el río donde nos encontramos con un puente muy moderno y vanguardista que cruza hasta el otro lado de la población. Allí, descubrimos una gran sala de concierto en forma futurista y rodeado de jardines con instrumentos musicales gigantes, como, por ejemplo, un piano por encima del palacio presidencial. Desde este mismo lugar, hay un teleférico que sube al otro lado de la ciudad hasta la parte de arriba de la capital, donde se encuentra a la derecha (mirando el río de frente) una pequeña fortaleza Narikala fortress, y a la izquierda, el símbolo de la ciudad Kartlis Deda (La madre de Kartli) desde aquí se observa toda la ciudad con los contrastes tanto modernistas como los clásicos.

Puente Georgia
Puente Georgia
Georgia
Sala de Conciertos
Piano
Piano
Narikala fortress
Narikala fortress
Kartlis Deda (La madre de Kartli)
Kartlis Deda (La madre de Kartli)

Una vez que descendemos, vamos de camino a ver la iglesia de Metekhi, y la estatua del rey Vakhtang Gorgasali, desde este mismo lugar se divisa el casco viejo de la ciudad. Sitio por donde cruzamos para verlo, y por el cual también aprovechamos para buscar a estas horas de media mañana un establecimiento donde tomar un refrigerio. De pronto, veo una bandera española, nos dirigimos hasta allí y observo que es un restaurante español en Tiflis. A pesar de la tentación que me produce comer menú español, no lo hago. Mis experiencias con los elevados totales de la factura de los restaurantes españoles en el extranjero, me hacen ser precavido, y no dejarme persuadir por ese deseo de comer con «fundamento».

rey Vakhtang Gorgasali
Rey Vakhtang Gorgasali

En el impasse de tiempo en el que nos tomábamos la caña bien fría, se sienta un señor en solitario en una mesa de unos 50 años más o menos para almorzar. Por lo que puedo escuchar, es un cliente habitual y por supuesto habla español. Me levanto y me acerco a él para saludarle; efectivamente, es un ingeniero madrileño que va con bastante frecuencia a Georgia porque está participando en la construcción de la autopista. En el mismo tiempo que le cuento mi hazaña pone cara de asombro. Converso cinco minutos más con él y me despido regresando de nuevo a mi mesa; una vez que llego a ella, abonamos la cuenta y nos marchamos del local para proseguir recorriendo la ciudad, sobre todo, ahora nos toca buscar algún sitio para almorzar, pero eso será dentro de un rato largo. Caminos, sacamos fotos, y seguimos agradados de conocer Tiflis.

Tiflis
Tiflis
Tiflis
Tiflis

Actualmente con la hora de almorzar marcando el rechinamiento del estómago y una vez lo hemos saciado, damos un paseo por la zona comercial. Regresamos al hotel, y a eso de media tarde me hecho una siesta, aunque luego limpiaré la cadena de la moto y le echaré un vistazo, ya que, no puedo dejar de revisarla, no vaya hacer que me lleve un susto como la del el aceite.

khachapuri
khachapuri

Cae la tarde-noche, y nos vamos a cenar a un restaurante típico del país donde comemos el plato tradicional de aquí, khachapuri —«¡Que rico!»—, exclamo satisfecho de probar casi un manjar. Cenamos, y nos recogemos para el hotel sin demora; hemos de acostarnos pronto porque al amanecer como el día, también tenemos que madrugar.

tbilisi
Tbilisi

Sofía – Estambul

Todo hace indicar que le indiqué erróneamente al GPS la dirección del hotel, y me ha conducido a una de las calles sin salida de un barrio muy humilde de la capital búlgara. Me apeo de la Ducati, y le pregunto a un chaval que está sorprendido y curioso por ver una moto de esas características en el barrio; — «¿Este es el hotel?» — «No», responde el joven-. Saco la reserva que llevo guardado donde figura la dirección correcta, y muy amablemente me la escribe en el GPS. ¡Sorpresa! Estoy a 5 km., de donde tengo que hacer noche.

Desde que comencé a preparar el viaje tenía un dilema con los neumáticos dos dilemas bien definidos: Salir desde España con gomas nuevas o por el contrario salir con las actuales y cambiarlas en el transcurso del viaje.

El neumático delantero quizás podría durar toda la expedición, sin embargo, con el neumático trasero mantengo más dudas; gasta mucho más la goma y si le añado la carga que lleva la moto, se desgastara aún más todavía. Me decanto por cambiarlo cuando esté en ruta, y eso, es lo que voy hacer. Después de tomar esta decisión, mi segundo planteamiento se basa en qué lugar haré dicho cambio. Sería ideal actuar entre las ciudades de Estambul y Moscú, el único hándicap que veo, es que en esa distancia concreta (4.000 Km) no hay disponibles concesionarios oficiales de Ducati, por lo tanto, sólo me queda Estambul. Finalmente, deshecho las alternativas que me he ido planteando hasta el momento por un motivo muy concreto: Voy a desaprovechar toda la media mañana que tengo disponible para hacer turismo por la ciudad turca, y no quiero dedicarle todo el tiempo que me quedan libre del viaje al mantenimiento de la moto.  Así que, finalmente me decido por hacer el cambio de los neumáticos en el representante Ducati de Sofía (Bulgaria).

Transcurren las semanas, y en marzo, creo apropiado para tenerlo todo bien organizado intercambiar diversos e-mails con el taller Ducati de Sofía. Asimismo, busco un hotel lo más cercano posible al concesionario cumpliendo con el presupuesto.

De los días atrás que he tomado la salida, antes incluso de poner un pie en el asfalto he pensado que iba a ser un día duro, sin embargo, hasta la fecha, hoy me está resultando verdaderamente el día más duro por excelencia de todo lo que llevo recorrido en la aventura en moto. Estoy en el hotel, y me encuentro completamente destrozado. Mi cuerpo comienza a resentirse de tantas horas en la carretera. Intento recomponerme. Me ducho y bajo a la recepción para que me indiquen sobre algún restaurante italiano en que pueda degustar un buen plato de pasta fresca, y una cerveza muy bien fría, casi helada. La recepcionista me indica — «Caballero, dispone a su servicio en el sótano del hotel de un restaurante» — y respondo — «¿en el sótano? No vi nada antes cuando pasé por allí» — vuelve a responderme — «para acceder tiene que entregar la tarjeta que se le ofrece en este punto» —  —«¡No, no! — le digo intentando zafarme para que no me comprometa, y vuelvo a decirle —«Pensé que se trataba de un restaurante Vip, y estoy buscando un establecimiento más económico» — La chica insiste. Parece que no quiere entender y persiste en su empeño, hasta que yo termino por aceptar la invitación que me reitera una y otra vez.

Me acerco a la puerta del restaurante y está completamente cerrado, toco, y aparece un señor de mediana edad bastante obeso, dirigiéndose a mí. No entiendo nada de lo que me dice, así que, saco la tarjeta y me cede el paso al interior de local.

Entro y me quedo atónito. Contemplo absorto las paredes donde sólo hay fotos de líderes soviéticos como: Stalin, Lenin, Gorbachov, y otros más. También hay unos sofás muy cutres, y en las repisas de las estanterías exponen objetos y periódicos soviéticos de la época de la guerra fría.

Restaurante en Sofía
Restaurante en Sofia

El señor me invita a coger asiento; pienso —«No sé si se habrá dado cuenta de mi incredulidad» —. Escucho música en la televisión, están emitiendo vídeos musicales americanos. Hecho la vista al cielo, y miro a la televisión buscando la respuesta que me ayude a entender la contradicción del lugar.

Ya en mi mesa, se acerca el señor y me ofrece la carta con los menús disponibles. A decir verdad, no entiendo absolutamente nada, le comento: — «Sólo quiero un poco de pasta fresca, y una cerveza muy bien fría» —. Se retira a la barra, por lo que deduzco que ha entendido lo que quiero consumir. Han pasado al menos dos minutos y regresa para servirme una cerveza del país. Normalmente pido que sean del país, porque las internacionales ya las conozco, y me apetece probar nuevos sabores allí a donde acudo. Con la cerveza en la mesa y saboreándola a pequeños sorbos entre que espero la comida, aprovecho a wasapearme con mi padre. Le envío fotos y los dos llegamos a la conclusión que este local tuvo que ser un centro de la antigua KGB.

Además del hombre que me abrió la puerta, que deduzco por su atención que será el encargado o jefe del local, hay otra persona bastante más joven que representa las funciones de camarero y de cocinero puesto que se encuentra preparando mi cena, mientras el jefe se fuma un cigarro sentado por el lado interior de la barra.

Finalmente me sirven la comida. El plato de pasta es el más sencillo que he comido en mi vida. No supera siquiera aquellos de mi época de estudiante. Una receta muy básica: Macarrones y salsa de tomate de bote. Para llenar un poco más el estómago vuelvo a pedir una segunda cerveza. Finalizo mi cena y le pido al camarero que me traiga la cuenta. En ese momento saltan todas «las alarmas» me había olvidado de cambiar moneda, ya que en Bulgaria la moneda es la Lev. Me dice el encargado en su idioma — «No se admiten pagos con tarjeta». Le pregunto —«¿puedo pagar en euros?» — y persiste en su negativa. A lo que yo le digo — «Tenemos un verdadero problema, ya que, no tengo Lev. Pero tengo euros y tarjeta» —. Ante lo que les muestro mi interés por hacer frente al coste de la cena. Supongo que el señor pensará que es mejor cobrar un tanto del total que perderlo todo. Cede ante mis escasos recursos económicos locales y cerramos la cuenta en un total de 5 euros.

Me levanto con sigilo y a las 09:00, ya estoy en la puerta del concesionario de Ducati que se ubica en una calle principal de la ciudad, parecida a la «La Castellana de Madrid». A pesar de ser jornada laboral, tuve que esperar hasta 10:00, horario de su apertura. Me quedo sentado en la acera mientras espero a su apertura. Busco el taller y no lo veo; y cavilo, ya puestos a dudar — «¿también lo han construido en el subsuelo o quién sabe si lo han camuflado en otro sitio?».

Ducati Sofia
Ducati Sofia

Son las 10:00, en punto. Abre la tienda y uno de los chicos que trabajan aquí me reconoce y me anuncia — «El taller no es aquí, está a 10 km., desde este punto» —, y en un tono más que desencajado le respondo — «¿Cómo? ¡Nadie me lo ha puesto en conocimiento!» — Para más inri, esa dirección no la reconocen los navegadores. El joven me ha sentido tan molesto que me lleva hasta el ordenador y con el Google Maps me ayuda a reorientar el recorrido hasta llegar al taller. De igual manera me lo dibuja en un papel, que todo sea dicho de paso, me quedo de piedra porque mi hijo de un año y medio dibuja bastante mejor que él. Voy a intentar llegar al destino que me indica en el papel, ahora, si me pierdo, desistiré de explorar y me marcharé hasta llegar a Estambul donde cambiaré allí los neumáticos. —«Malo fuera que una gran ciudad como esta no tuviera ruedas para mi Multi» —. Inesperadamente le indico — «Márquemelo en el móvil. Si usted lo ve en el Maps yo también puedo acceder desde mi Iphone, ya que, tengo coste cero de mi tarifa de datos de Vodafone». Salgo, y me conduzco hacia la dirección señalada».

— «¡Extraordinario! He llegado al primer intento» —. La distancia que me había indicado no era la correcta; 10 km., que han sido en realidad 25 km. Además, el concesionario oficial de Ducati se haya ubicado al borde de la carretera A1. La misma que me llevará a Turquía. — «¡Mejor imposible!

El concesionario se encuentra en un polígono industrial, donde tienen cabida otras marcas de coche de gama alta. Rodeo la gran nave hasta llegar a la parte de Ducati, donde me están esperando dos mecánicos. Después de 5 minutos de conversación me indican que puedo esperar el cambio de las ruedas en la cafetería pues ellos me avisan cuando la moto esté preparada.

Al cabo de hora y media se acerca la camarera para informarme que mi moto ya está terminada, y que puedo pasar a recogerla cuando así lo desee por la recepción. Efectúo el pago del cambio de los neumáticos y me encamino con pausa, pero sin prisas hacia Turquía.

Taller Ducati Sofia
Taller Ducati Sofia

Es más, de media mañana y tengo la impresión de que hoy, voy a tener un día tranquilo. 564 km., que voy a recorrer por una carretera apta y con un clima apto para ir en moto. Nada puede torcerse. Lo único que me preocupa es no recalar en Estambul con la noche cerrada. Nunca antes he estado por estos lares, a excepción del año 2010 cuando hice escala en el aeropuerto de Estambul para ir a Doha (Qatar).

Sobre las 14:00, llego a la frontera con un calor extremadamente sofocante. He recorrido una distancia en el día de hoy de 400 km. El visado para cruzar el linde entre una frontera y otra, lo obtuve por internet un mes antes para así ahorrar tiempo. Después de protagonizar el cuestionario de los guardas, estos me indican que la moto ha de pasar por un arco de rayos X. Desconozco las razones, quizás sea por la cantidad de cadáveres de mosquitos, moscas y demás insectos que llevo en la moto. Lo que sí sé, es que me llevará una hora más de espera. Me extraña que no me hagan pasar a mí también, pues, la chaqueta y los pantalones en mi vida los había tenido tan mugrientos.

Aduana Turca
Aduana Turca

Paso el control, y los agentes me dan el visto bueno. Vuelvo a la caseta de los pasaportes para que me cuñen el pasaporte y así, por fin acceder a Turquía.

Turkia
Turkia

A tan solo unos metros de cruzar el paso fronterizo me encuentro con una mezquita, señal indiscutible de que estoy fuera de la zona de confort. En este punto, tengo la inquietante sensación de estar iniciando concretamente aquí el viaje.

Me detengo en la primera estación de servicio que tropiezo en el camino para beber un refresco bastante frío, y también comprar la pegatina del país. Excentricidad que suelo cumplir ante cada nuevo país que visito y que no en todos es factible apoderarse de una pegatina.

El refresco me sabe a gloria, y mientras me lo termino, contemplo un cubo de agua con una esponja para limpiar los cristales de los coches. Dejo la lata de refresco en la basura y dirijo mis pasos hasta el lugar para limpiar la pantalla de la moto. Inesperadamente, un señor de avanzada edad viene a mi encuentro con bastante acritud y en voz elevada. No comprendo lo que me dice, aunque presupongo que me está recriminando. Opto por evitar conflictos; Deposito el cepillo dentro del cubo y me marcho. Antes de alejarme de la estación de servicio compruebo que el señor trabaja limpiando vehículos, y probablemente pensó que quería arrebatarle el trabajo.

Cada vez que entras por las carreteras de un país estas marcan las velocidades máximas de las vías en las correspondientes señales de tráfico diferenciando los tipos de vehículos (coches, camiones…) y también de carreteras (autopistas, nacionales, pueblos…) por lo que según me indican las señales, tengo que entrar en la autopista E80 que me lleva directo a Estambul.

Después de que he circulado 15 km., por la autopista, un coche de policía me señaliza que detenga la moto. Uno de los agentes permanece sentado dentro del vehículo, por el contrario, el segundo policía se dirige a mí tajante diciéndome: —«El radar le ha cazado en exceso de velocidad» — Me extraña- pienso, sin decirle nada. —«Cada vez que entro en un país nuevo respeto por completo la señalización» —. Entre que ellos no saben ni una palabra en inglés, y yo aún mucho menos de turco, el policía me escribe la cifra 117 sobre el vehículo policial. Entonces yo le contesto; —«Ok. La velocidad máxima es 120 km/h» —. El agente se muestra terco e insiste con la dichosa cifra 117; por mi parte, tampoco rebajo el carácter de terquedad y le indico 120 km/h. Por si todo esto no fuera suficiente, el policía comienza a insistirme señalando el documento que sostiene en la mano para que firme la multa. Se empieza a generar una situación muy tensa de la que no entiendo absolutamente nada. Todo esto que sucede no me da buena espina y para mi tranquilidad por lo que pueda suceder enciendo la Contur que llevo en el casco; y grabo todo.

Policia turca
Policia turca

Primero le solicito por favor la foto del radar que indicó el exceso de velocidad. No sé, si no me entiende o no tiene intención de hacerlo. Por otra parte, yo opto por una actitud idéntica al agente de incomprensión de lenguaje con la multa, y entramos en una conversación de besugos. El agente se ausenta al vehículo y de la guantera extrae un libro que me muestra, y donde leo; «Las motos, tiene un exceso de velocidad permitido idéntico al de los camiones 100 km/h.». La cara se me desencajada, y reacciono rápidamente diciéndole; —«he viajado por el resto del mundo, y la velocidad de las motos y de los coches es idéntica, sin que la comparen a la de los camiones» —. El terco del policía no entra en razón. No me queda más solución que firmar y aceptar la multa. Todo sea dicho de paso; hago un extravagante garabato; después de todo, tampoco iba a firmar como dios manda. Una vez concluye esta tortura, vuelvo a la moto y continúo mi destino que me lleva hasta Estambul.

Con toda la tardanza que he soportado primero en la frontera y posteriormente el incidente de la multa, la tarde literalmente se me echa encima, y con una puntualidad inglesa cuando son las 19:00, en punto, inicio mi entrada por Estambul. Y eso que desde 50 km., antes de entrar en la ciudad se ha ido congestionando la carretera. Principalmente en el sentido de salida de la ciudad. La caravana de coches es abismal, ahora, una vez que ya estoy dentro de las calles de Estambul el tráfico se hace inaccesible y asfixiante. Entre lo que cuesta respirar por el sofoco climatológico que azota fuertemente, y la temperatura que sufre la moto además del calor que emana hacen que cada metro que logro me parezcan centímetros, circunstancias estas que me retrasan aun todavía mucho más. He querido intentar adentrarme por los arcenes para ganar un poco de tiempo, pero después de lo que me ha pasado con el límite de velocidad y la multa, me abstengo de intentarlo, no vaya hacer que algún agente me capture la imagen, y luego no pueda escaparme de ningún modo de una nueva sanción.

Ante mi desconocimiento de la ciudad, sigo las indicaciones al pie de la letra del «Garmin», quien de pronto, a la altura del Gran Bazar se vuelve majara, y compruebo que no es capaz de llevarme hasta la Mezquita Azul. Me desespero, y una vez más tengo que hacer uso del aventajado google maps.

Me entusiasmo al llegar a la mítica Mezquita Azul, al momento veo un grupo de chicas que pasan a mi lado, les pido que me saquen una foto en el lugar. Todas ellas, al ver las pegatinas que porto en el parabrisas de la moto sacian su curiosidad con preguntas; — «¿de dónde vienes?» — me preguntan alguna de ellas casi al unísono. — «Soy español, ¿y ustedes?» — «Siberia» — —oh!!! — digo así en un tono un tanto españolito. Les enseño el mapa del recorrido que llevo impreso en la maleta izquierda, y ellas mismas comprueban que voy rumbo hacia su país, y se alegran de que así sea. La conversación se corta de un modo casi radical en el momento que aparece un chico turco elegantemente vestido, quien les sostiene las bolsas de la compra como un auténtico galán, mientras las acompaña de paseo.

La Mezquita Azul
La Mezquita Azul

Finalizo de hacer una serie de fotos con la moto en la «Mezquita Azul» y también en la «Catedral de Santa Sofía» y me encamino al hotel que se encuentra a unos escasos 500 metros de donde me sitúo.

Santa Sofía
Santa Sofía

El hotel es bastante coqueto, tiene una apariencia familiar. He de subir al segundo piso donde el dueño me espera. Me encuentro con él, y me ayuda a sacar las maletas de la moto, además de permitirme aparcarla a la puerta del hotel. Mientras me muestra la habitación donde voy alojarme, me llama poderosamente la atención las espectaculares vistas que tengo desde aquí hacia toda la bahía de Estambul. Entre tanto, el señor no para de hablarme de motos: Lorenzo, Rossi, Ducati; me explica que el hotel que me muestra pertenece por herencia a su familia y descendientes, y demás historias. Intento no ser desagradable con el dueño de la estancia, pero, sólo me apetece ducharme, ir a cenar, y acostarme a descansar hasta el día siguiente. Me surge la ocasión perfecta «Ah, sí, gracias… Yo me acomodo rápido, usted no se moleste… Buenas noches, y muchas gracias por su amable compañía» le digo como quien no quiere echarle-. El señor se ausenta de la habitación y parece que hubiera ganado la lotería «¡Sí, sí, sí a la ducha, cenar y para la cama! – Me repito contento y lanzándome a la cama.

Vistas hotel en Estambul
Vistas hotel en Estambul

Aprovecho después de ducharme, y hasta que se haga la hora de cenar en el restaurante que se ubica a muy pocos metros del hotel y por recomendación del hostelero para descansar, aunque sólo sea media hora.

Pasado el tiempo del descanso que todo sea dicho de paso me ha sentado de maravilla, bajo hasta el restaurante a ver qué me ofrecen de cenar. Si en otra ocasión tenía claro lo que quería, hoy, tengo claro que no quiero cenar pasta. En esta ocasión, me apetece un plato típico. Me ofrecen la carta del restaurante y entre más de quince menús la vista se me va al plato que llaman Kafta. Mis ojos parecen dos luceros al alba cuando pienso en sus ingredientes; — «¡Um, se me hace la boca agua!» —; no puedo resistirme a decirlo. Carne picada con especias, y con una forma similar a los pinchos de pollo de origen árabe.

Kafta
Kafta

El abuelo de mi padre era libanés. Con la tradición familiar de que cada 6 de enero almorzamos toda la familia al completo en restaurante libanés, da pie a que conozca especialmente bien la comida libanesa. Realmente la kafta se encuentra cocinada de manera tan exquisita que la acompaño con dos jarras de cerveza muy bien fría, y de broche un postre exquisito. Ya he saciado el hambre y me regreso al hotel donde caigo en la cama roto del cansancio. El amanecer comienza sobre las 04:00, en esta parte del planeta, pues es cuando de nuevo a estalla de júbilo la luz del nuevo día. Con lo que duermo escasas horas. Aunque me quedo por Estambul, y no subiré a la moto durante los dos días.

Miércoles 1 de junio, después de seis días consecutivos sin interrupciones en la carretera, hoy no tocaré la moto para nada. Quiero aprovechar el día para absorber todos los rincones de la ciudad, no sin que antes lo primero que haga es ir a pagar la dichosa multa que me interpuso aquel agente terco nada más poner las dos ruedas en carreteras turcas. En caso de no pagarla, me han informado que no puedo salir del país, y lo menos que me apetece en este punto de la aventura, es tener problemas en la frontera.

Estambul
Estambul

Pregunto por una oficina de correos y la gente del lugar me citan en la plaza de la Mezquita Azul, y allí es a donde me dirijo. La sorpresa me la llevo al decirme el funcionario de correos que no es posible hacer efectiva la sanción en la oficina, y tampoco sabe dónde he de realizarla. Salgo de las oficinas y a lo lejos observo una patrulla de policías locales a quienes me acerco y les pregunto: — «Buenos días agentes. ¿dónde puedo hacer efectiva una sanción de tráfico? La oficina de correos no lo admite» — apostillo. Los agentes se miran cómplices y se ríen entre ellos, a la vez que me espetan con ironía. —«En cualquier banco, o en la aduana» —. No hago caso de su mofa. Primero voy a desayunarme en la plaza que vuelvo a tener hambre, y ya luego, me encaminaré hacia el banco más próximo.

Tras pasar la puerta del banco al que acudo, contemplo una cola inmensa. Pienso:  10… 15… 20… ¡40 minutos esperando mi turno! Para colmo, el señor de la ventanilla me indica —«Aquí no es posible abonar las sanciones de tráfico» —. No me planteo siquiera ponerle una objeción, y salgo del banco ciertamente molesto, pero, no pienso perder un minuto más en este asunto mientras digo para mí —«Quique, el tiempo es oro. Ya lo pagaras en la frontera antes de salir».

La desazón de tanto imprevisto se me va pasado en el instante en que voy haciendo turismo por la ciudad. Primero visito el Palacio de Topkapi. Segundo entro en la Mezquita Azul, y también en la Catedral de Santa Sofía que se sitúan próxima una de la otra. Tercero, voy a los famosos Baños Turcos. Aunque hay bastantes espacios similares dispersos por toda la ciudad he podido leer en la guía que el lugar típico y con más antigüedad es el de Cemberlitas hamami.

La Mezquita Azul
La Mezquita Azul
Palacio Topkaki
Palacio Topkaki

Las agujas del reloj indican que son las 14:00. No hay más nadie en las instalaciones, así que, me doy un baño turco, y además aprovecho la oportunidad para recibir un masaje en la espalda y recuperar un poco las cervicales que es lo que más está padeciendo mi cuerpo por el transcurso de la aventura en moto.

«¡Me siento nuevo! ¡Qué maravilla!» Tengo un poco más de apetito, ahora que me encuentro con las espaldas más descargadas, y de igual manera necesito coger fuerzas para cuando llegue la hora del regateo por lo que me dirijo a comer en frente del Gran Bazar, una kafta.

Continúo haciendo turismo y no paro de pensar qué regalo voy a llevarle a mi mujer. El niño con unas camisetas que le regalo es «más sencillo» para decidirme, sin embargo, a Pili, no se me ocurre nada original; exclamo; —«Si ella estuviera aquí, ya hubiera encontrado un regalo de quitar el hipo» — Pensamiento el mío nace de no querer llevarle algo que no le saque partido, y al fin me decido por un bolso. Para Pili, no cabe lugar a dudas que es siempre una apuesta ganadora. Busco una tienda sin la intención de comprar nada, entro exclusivamente para ir reforzando las maneras del regateo que desde mi viaje de 2012 a Malasia no he practicado.

Gran Bazar
Gran Bazar

Después de varios intentos de regateo en diferentes locales, por unos bolsos de marca italiana entre el dependiente y yo, logro cerrar un excelente trato. Probablemente el dependiente de la tienda también piensa que su trato ha sido inmejorable, sin embargo, tengo la certeza de haber salido beneficiado.

Ya tengo los regalos que buscaba; no voy a comprar nada más, por lo que me inclino por evitar las aglomeraciones, que cada vez me doy cuenta que las tolero menos. Regreso al hotel para aprovechar el tiempo que me queda hasta las 19:00, hora a la que vienen a recogerme unos ducatistas para dar una vuelta y charlar un rato.

Esta quedada comenzó un mes antes de ponerme a viajar. Mi amigo, Josito (jefe de ventas de Ducati Madrid) me pone en contacto con ducatistas de Estambul, más concretamente con Tufan (presidente del club). Nos wasapeamos en diversidad de ocasiones y cuando ya tenía fechas concretas nos quedamos de ver en el hotel, para a posteriori, ir juntos a cenar a un restaurante de la zona, a los cuales él conoce bien.

Son las 18:00, y recibo un WhatsApp de Tufan que me dice: —«Hola Quique. Me voy a retrasar en el trabajo, y no podré recogerte. Lo hará Murat (miembro del club) por mí»—. Y así sucede. Son las 19:00 pm., y según a la hora de la cita aparece Murat por el hotel. Le informo que necesito una gasolinera porque llegué a Estambul marcando la reserva. Me dice — «Sígueme, vamos a un restaurante al otro punto de la ciudad» — Como desconozco el nombre ni el lugar y tampoco llevo conmigo el GPS me pego bien a su rueda, y, intento no perderlo de vista.

Salimos a una avenida y tengo la impresión de que va bastante rápido. Menos mal que no hay exceso de tráfico y puedo seguir su estela con cierta facilidad, a pesar de que todavía no logro averiguar por qué el asfalto de las calles de Estambul desliza tanto. No me resisto en hacerles este comentario posteriormente durante la cena, —«es horroroso cómo deslizan las calles aquí» — y ellos me responden; —«cuando llueve, esto aquí es peor que una pista de patinaje». Los chicos del club se quedan perplejos cuando les digo —«En Europa hay carreteras donde es posible tocar la rodilla con el asfalto».

La carretera se va estrechando sin avisar, y comienzan aparecer coches en todas las direcciones. Murat los va esquivando por la izquierda, por la derecha, por encima del arcén, en dirección contraria; y manifiesto; —«¡Qué caos es este! ¡Si esto pasa en España, se monta un tinglado monumental!» — Los primeros kilómetros no dejo de seguir su ritmo acojonado de miedo. A medida que avanza comienzo a divertirme como un niño menudo y a darme cuenta que puedo obviar todas las normativas de tráfico que no habrá lugar a represalias. No cejo de pensar —«Este hecho en Europa sería impensable».

Paramos a repostar gasolina para mi Ducati tal como le había pedido una hora antes de salir del hotel. Desde entonces hasta llegar al restaurante/terraza donde vamos a cenar han transcurrido 40 minutos. Nos esperan 10 ducatistas con sus respectivas monturas. Me resulta impresionante e indescriptible ver como un día entre semana, donde la gente tiene que acudir a sus puestos de trabajo, están aquí recibiéndome sin ni siquiera conocerme de absolutamente nada. Nos adentramos en el restaurante y gozamos una gran velada que quedará para siempre en mi memoria. Es más, los ducatistas no me permiten hacer frente a mi parte de la factura de la cena. A cambio, como muestra de gratitud de mi parte les regalo a cada uno de ellos unas pegatinas de los ducatistas de España y de mi viaje.

Acaba la velada 22:30 pm., y todos nos despedimos, excepto un número de 5 moteros que me acompañan hasta el hotel. A estas horas de la noche la carretera está prácticamente vacía, por lo que llegamos en un santiamén a mi alojamiento, aunque siendo honesto, también gracias a las altas velocidades por las que rodamos en carretera.

Ducatistas turcos
Ducatistas turcos

Ya en el hotel, nos despedimos. No se escapa nadie a la emoción del momento, y me he dado cuenta que esta noche he ganado dos amigos (Tufan y Murat) al menos mi sentimiento es que ese afecto es recíproco. Tengo muy claro que algún día regresaré a esta ciudad y los volveré a ver.

Mis ya amigos me recomiendan que no cruce el puente del Bósforo entre las 07:00 y las 10:00, debido a la gran cantidad de tráfico que se genera en la zona, por lo que podría originarme una tardanza de una hora hasta una hora y media. Les hago caso como no podía ser de otra manera y programo el despertador para las 05:30, y las 06:00, para este tiempo ya estaré subido a la moto y en ruta.

Estambul, es sin duda una ciudad emblemática que atesora una mezcla de belleza y desorden que la hacen atractiva, principalmente para ir en pareja sin niños, y pasar así 3 o 4 días relax. Mientras yo proclamo a media voz en el momento que ya me voy despidiendo de la ciudad; — «Volveré sin moto, y también regresaré aquí con moto otra vez» —, apuntillo diciendo, —«lo aseguro».

Casa – Sofía (Bulgaria)

Quique on the road
Quique on the road

Planifico el viaje con 4 puntos de interés sobre el resto: Estambul, Tiflis, Moscú y Polonia. El resto lo pasaré de «largo», principalmente a Europa. Viajaré por la autopista, ya que, en otros tiempos he estado en países tales como Francia, Italia y Alemania, a los que seguro, regresaré en un futuro no muy lejano.

26 de mayo a las 16:00. Me espera una representación de Ducatistas gallegos (Toni, Noé, Pepe y Susana) para acompañarme en los primeros 20 km., de mi viaje. Instante que emprendo mi partida de casa (Ordes, A Coruña) dirección a la autopista A8 a Bilbao. En realidad, me he adelantado un día a la fecha prevista al de la salida. Resulta ser que en mi trabajo me han dado la tarde del jueves libre, y así, puedo avanzar en la ruta hasta arribar en la capital vizcaína. Hecho este, que a la postre mi cuerpo estoy convencido que lo agradecerá bastante, debido que, para la primera jornada, tengo programada una ruta de 1.100 km., para hacer noche en Montpellier (Francia).

Ducatistas gallegos
Ducatistas gallegos

Es mi primera noche en Bilbao y al borde del río Nervion debajo del Puente de Deusto (Deustuko Zubia) me espera mi amigo, Txemi, con una cerveza en la mano. La noche es más bien corta a causa de las responsabilidades que ambos tenemos pendientes para realizar mañana, y por esta razón, nos ausentamos más pronto que tarde.

Bilbao
Bilbao

Son las 08:00 am., y entretanto que se despierta la mañana, yo ya me encuentro en las proximidades del hotel en el que me hospedé anoche, y donde se ubica el taller de un amigo de Txemi, a quien le he traído la moto para que pasase la noche a cubierto.

Me subo a la Ducati, y me dispongo a partir de Bilbao, no sin antes tener que poner gasolina. El “Garmin” me señala una gasolinera situada enfrente del antiguo San Mames; sin embargo, al recalar en el punto indicado por el dispositivo, la gasolinera en cuestión es inexistente, y pienso: – «¡primera jugarreta del navegador!-. Entonces, no tengo más remedio que hacer uso de las mañas de la vieja usanza, y pregunto a un señor que circula en scooter. El buen caballero me indica una pequeña gasolinera. Después de repostar, la señora que me atiende se queda un tanto pálida al fijarse en mi maleta. También, otro transeúnte se detiene a charlar, pese a que deseo detenerme y entablar conversación, no poseo de mucho tiempo, así que, meto la primera en la Ducati. Por supuesto, no me marcho del lugar, sin antes demostrar mi agradecimiento a los allí presente.

Continúo mi camino, pues a las 12:00, me espera mi amigo Antxon en Irún para tomarnos unos pintxos. Luego reanudaré mi ruta.

Irún
Irún

Justo, el día anterior a mi viaje, recibo una llamada de otro amigo (Agustín) quien me informa un tanto desencajado en su tono de voz, por el alcance que tendrá la noticia en mis intenciones en el país de la huelga de las gasolineras que se está provocando en Francia. Acontecimiento este que me lleva a ser precavido. Decido curarme en salud, y llenar el depósito de gasolina (6 litros) en Irún.

Una vez que colmamos el estómago con unos deliciosos pintxos, Antxon, me acompaña a la salida de España; además me recomienda una ruta (por la costa D-912) para coger la autopista A-63 en vez de hacerlo directamente desde Irún. Para entonces, ya será la última cara conocida que veré en los próximos 24 días de mi extraordinaria aventura en moto.

El día es caluroso, tranquilo, con muchas obras en las carreteras galas, hasta que llego al hotel al borde de la autopista A9 en las cercanías de Montpellier (700 km) donde ha de enlazarme al día siguiente para recalar en Trieste (Italia).

Una vez que me presento en la recepción todo sudado con ganas de una ducha reparadora y de descansar, me espeta la recepcionista que no localiza mi nombre. «¿Cómo?» -pienso- «No solamente he reservado mi alojamiento, sino aun peor; ¡lo he abonado desde febrero!» – Le pido por favor que busque y compruebe de nuevo. Sigue sin localizar nada, hasta que extiendo la cabeza y observo, «Vidania», Le inquiero – «¡Es ese!»- y la señorita me manifiesta – «Su nombre es Enrique, no Vidania»-. A punto estoy de perder las formas y mandarla a la mierda. Me entrega la llave, y dirijo mis pasos con total celeridad hasta mi habitación.

Concluyo la tercera etapa que sobre el mapa sería la más larga de todo el viaje en cuanto al total de distancia recorrida de 1.100 km., y, por el contrario, ha sido cubrir un mero trámite de paso. La anécdota de hoy, ha sido la cantidad de tráfico que me he ido encontrando en la zona de Mónaco dada la coincidencia del GP de F1. Además de muchísimos aficionados tanto madridistas y atléticos que se dirigían a Milán en sus vehículos y/o autobuses a disfrutar de la final de la UEFA Champion League.

Ahora sí, accedo ya a Italia. Mi impresión es la misma a estar circulando por carreteras españolas. Si no fuera por el elevado coste de vida existente en el país transalpino a diferencia del nuestro, juraría que paseaba por casa. Ahora, al menos, ya dejo atrás a Francia que no es en absoluto de mi agrado.

Continuo mi itinerario cuando me detengo en una gasolinera para comer un bocadillo y una Coca-Cola Zero. El joven que me atiende se percata de mi ropa Ducati, y me alega con una expresión que emana sonrisas a raudales de alegría.  «¡Oh, Ducati!»-. Bruscamente, frunce el ceño, y me vuelve a comentar: – «Aunque ya no es tan italiana, ahora, es de la Merkel-». (Audi compró Ducati en 2012).

Me encuentro a tan sólo 5 km., para alcanzar mi destino, y comienzo a escuchar un ruido extraño en la moto que no acierto a identificar. Unos sudores que nada tienen que ver con el exceso de calor me recorren por todo el cuerpo. No deja de rondarme por la cabeza que tal vez será una avería. Me aparto al arcén, y apago la moto. Sin demora, quito las maletas y miro la cadena, puesto que el ruido procede de ese lado. La tensión de la misma es correcta. Aprovecho el parón para impregnarla de aceite, pues desde que salí de España no la he vuelto a impregnar.

Lo compruebo todo, y aparentemente hay signos de normalidad. Monto de nuevo las maletas en su sitio, e igual a que si estuviera presenciando un número de magia del gran Anthony Blake, el ruido desaparece. Tanto es el desagravio de este instante, que ya, no dejaré que se me olvide durante todo lo que falta de aventura impregnar la cadena con aceite.

Después del día tan caluroso y cansado, lo único que me apetece es deleitarme con una buena cerveza bien fresca, y con un gran plato de pasta fresca. Seguidamente me retiraré a la cama para ver por televisión el partido de fútbol, y luego descansaré hasta que mañana salga el sol.

Trieste
Trieste

Esclarece. El reloj ya marca las 08:00 am. y ya yo estoy situado en la puerta del garaje donde la noche anterior deje la moto con el firme propósito de continuar hoy bien temprano mi ruta. Para mi sorpresa «¡es domingo!»- pienso sin haberme percatado antes. El horario de apertura del local no se mantiene al de la jornada semanal. Cavilo con cierta ironía: – «Si quieres seguir, no te queda más remedio que esperar a que abran». Intento no desesperarme, y aprovecho ese impasse de tiempo para desayunar, y, además, visitar la pequeña ciudad del noreste italiano.

Escucho el reloj marcando la hora. ¡Son las 09:00 am.! Retiro la moto y reconduzco mi camino. Circulo por la carretera con dirección a Eslovenia, y a escasos kilómetros de encontrarme en las entrañas del país me detengo en la primera estación de servicio que tengo a mi paso para comprar la viñeta de estipulación obligatoria que me daría acceso para circular por el país, por tan sólo un coste de 7 €uros. En mi caso, sólo serán unos 40 km., los mismos que me llevarán directamente hasta la frontera con Croacia, más concretamente con Rupa.

Eslovenia
Eslovenia

Transito por las carreteras croatas, y después de cierta apatía en el desarrollo de los días anteriores, es ahora cuando comienzo a experimentar ciertas sensaciones que hasta esta jornada no había percibido. – «La diversión por fin se manifiesta en esta fantástica aventura»-, – «¡Me lo estoy pasando como un niño en la feria!»: carreteras bien asfaltadas, la costa croata emana el olor a la brisa marina que me incita a no perder su fragancia, y levanto sin pensarlo la visera del casco. Además, me cruzo con cientos y cientos de motos, unas con matrículas del país, y otras de foráneos colindantes.

Costa croata
Costa croata

Otro hecho anecdótico se presenta perfectamente en mi memoria. Domingo por la tarde. Justo cuando tan sólo restan unas pocas semanas para el inicio de mi viaje estoy en casa viendo «diario de un nómada» de Miquel Silvestre. Ese día el documental hizo una parada en el pueblecito croata Senj que cruza en el paralelo 45. De todo lo que en él enseñó me anoté como dato imprescindible para referenciar que en ese punto concreto se produce la misma distancia al Ecuador que al Polo Norte (5.000 km.)

Senj paralelo 45
Senj paralelo 45

Permanezco en el sentido de la carretera E65 que surca la costa hasta llegar a Jasenice, por donde vuelvo acceder a la autopista para dirigirme así a Split.

La siguiente reserva hotelera la he formulado en Mostar (Bosnia Herzegovina) por lo que el día será largo. Tengo pensado llegar en un principio descender hasta Dubrovnick para regresar atrás hasta Mostar. Claro que, si sigo esa ruta recorreré un total de 240 km. Aunque me lo replanteo; – «Hay ocasiones únicas para no desperdiciarlas cuando visitas ciertos lugares a los que intuyes no volverás a visitar», -pensé- A pesar de que estoy convencido de que volveré a Croacia con más sosiego para disfrutar de esas carreteras extraordinarias, y también de la belleza de sus pueblos: – «¡qué caramba, esta es una de estas ocasiones que se escapan!»-. No me lo pensé más; modifiqué de improviso el trayecto, y dejé la ciudad de los cruceros para una mejor ocasión, de lo contrario, llegaría muy tarde a Mostar y era uno de los lugares que tenía claro que quería conocer.

Split
Split

Nada más poner la rueda delantera en la entrada a Split, mi primera impresión fue realmente la necesidad de huir con prontitud. Su presencia me resulta antiestética. Todo cambia en el momento que avanzo y recalo en la zona marítima. Al ser un puerto de escala para los grandes cruceros lo comparo con Benidorm. Aprovecho el contraste del lugar con la zona interior para almorzar, y vuelvo a retomar mi deseo de huir de allí lo más rápido posible. Es en ese entonces cuando tomo consciencia de que huyo de las aglomeraciones turísticas, y que todo mi interés estriba en ir a mi compás; un ritmo libre y reposado.

La frontera hasta llegar a Bosnia Herzegovina es una maravillosa autopista de reciente construcción. Tanto es así, que incluso durante algunos kilómetros hasta alcanzar la misma frontera, circulo sin que otros vehículos me entorpezcan la marcha. Todo cambia a partir de ese mismo instante. Por el contrario, una vez que cruzo el punto fronterizo, el contraste de la carretera es totalmente radical; un estado general de la vía pésimo: baches, carencia de arcenes, asfalto mediocre y otras zonas de terrenales. Circunstancias estas descritas que me acompañarán en el transcurso del viaje. Para sobrellevar la situación tan penosa que me origina desplazarme de esta manera, me pongo a darle vueltas a la curiosidad. Intento disfrutar de la carretera e intuyo a través de las señales de tráfico las posibles viñetas. Me detengo en el primer pueblo que encuentro, y busco una estación de servicio. Dos chavales muy amables me revelan que para los vehículos de dos ruedas no es necesario adquirir este tipo de permisos de circulación obligatorio. ¡Genial! -Digo para mi interior entusiasmado-. Me subo impaciente a la «Multi» y sigo sin pausa mi ruta. Sin motivo aparente, mi fijación continuada por el mal estado de las carreteras desaparece de sopetón.

Después de circular unos kilómetros me tropiezo de frente con un cartel de dirección a Mostar. Para ese entonces, ya me encuentro alejado de la zona de confort. Del mismo modo, incomprensiblemente el GPS me marca la ruta en sentido opuesto. Nacen en mí por tanto ciertas dudas sobre la dirección que he de tomar como la dirección correcta. No puedo ocultar que me consuela comprobar una caravana con matricula alemana, quien evidencia idénticas dudas a las mías, y que sostiene también mi rumbo. Mi exclusividad de conductor extraviado de aquella parte de la humanidad a la que el globo terráqueo y el GPS le están tramando una severa trastada se desvanece.

Una vez sobresalido del atolladero anterior, accedo a la entrada a Mostar mediante una bajada que también presenta un estado angosto de la calzada a la vez que es de un desnivel bastante pronunciada, y transitable entre las casas. Me sorprende apreciar la ciudad asentada en el interior de un valle. Su estilo es extraordinariamente semejante al de Suiza. Finalmente arribo enseguida al hotel que había reservado (Pansion Villa Nur) en la zona turística, y a una distancia aproximada de 100 metros del famoso «Puente viejo de Mostar».

Mostar
Mostar

La «Pansion Villa Nur» es un pequeño hotel familiar que cuenta con unas preciosas vistas al afamado puente de Mostar. Allí, a las puertas del mismo hotel me esperan de pie su propietaria; firme, igual que una roca en el abismo. Sostiene en su mano derecha un vaso de zumo bien frío y recién exprimido. A su lado derecho se encuentra su corpulento marido. Miro su rostro, y compruebo que sostiene el ceño fruncido, signos que para mí denotan haber cruzado algún conflicto bélico. No puedo entenderme con ninguno de los dos, ya que, ninguno se expresa en inglés. Menos mal que su hija estudió en Inglaterra durante un periodo de tiempo y hace las veces de interprete e intermediaria. También muy amablemente retira su vehículo justo de la puerta de la entrada al hotel, para que yo pueda dejar allí estacionada la moto.

Durante este receso del camino, y alojado en mi habitación, me sirvo del lugar para hacer la primera colada de ropa desde que he emprendido el viaje. Igual que, aplico parte del tiempo restante en hacerle una profunda limpieza a la cadena de la Ducati; no vaya hacer que me vuelva a dar otro juego de magia como el de las primeras jornadas.

Una vez he concluido mis «tareas domésticas» me dispongo a ir a ver el famosísimo puente que cruza la ciudad, y por donde se funde la parte católica y la parte musulmana. A decir verdad, después de haber leído bastante sobre la misma, y estar in situ en el lugar que retransmitían cada día los informativos, y prensa en general, se me agita el cuerpo. Además, continúo sin reconocer en qué bandos residió la antigua Yugoslavia de los años 90.

Mostar
Mostar

Mostar
Mostar

Puente de Mostar
Puente de Mostar

Se despierta otro nuevo día de mi viaje y después de reponer energías, salgo muy pronto a la carretera. A priori sobre el mapa, hoy me toca recorrer el día más duro de todo el viaje que me he proyectado para esta aventura. He de cumplimentar los 800 km., de distancia que me separan para llegar a mi siguiente parada exclusivamente por carretera, puesto que, no hay autopistas disponibles.

Antes de abandonar definitivamente la ciudad me dirijo a la plaza de España (anotado del programa “Diario de un Nómada”). En este lugar a los españoles nos tienen en alta estima y no quiero proseguir mi camino, sin antes circular brevemente por aquí. La plaza es realmente preciosa, y por su presencia, puedo entender que está bastante bien cuidada. Incluso, puedo observar una placa con los nombres de los 23 militares caídos en el terreno durante la guerra de Yugoslavia. El contraste de la plaza lo inundan las vistas de los edificios colindantes, a los que miro y observo en ellos aún restos de la metralla de aquel tiempo de guerra.

Plaza de España
Plaza de España

Al salir de la ciudad y hasta mi llegada a Bosnia, observo cuantos lugares con encanto acogen en sus rincones. La imagen cambia por completo. Ahora bordeo pantanos, presas, y ríos por la parte baja de los valles, un hecho que me hace recordar a ciertas zonas de Suiza.
Para seguir mi ruta, me veo en la obligatoriedad de cruzar Sarajevo, esto me llevará a un caos de 45 minutos, ya que, al no poder adelantar, tal como me gustaría por la falta de espacio, he de seguir el ritmo de los demás coche. En este instante, vuelvo a ser testigo de nuevo obligado de los edificios que se encuentran agujereados y en muy mal estado por la metralla que los alcanzaron en la guerra. Entre el caos, el conductor que está a mi derecha baja la ventanilla de su vehículo, y me pregunta; – «¿de dónde es?»- y le respondo – «España». Para mi sorpresa el señor me comenta que ha vivido muchos años en A Coruña y que ha vuelto a su tierra después de un prolongado periodo de tiempo en su estancia en España. Mientras esperamos la señal del semáforo mantenemos una charla distendida, y donde, además, me invita a tomar un café. Declino su propuesta, ya que, si no, no conseguiré llegar de día a Sofía (Bulgaria).

Una vez más, la entrada a Serbia la hago rápidamente, a pesar de que me parece mísero las dos casetas de obra con una mujer policía en su interior controlando el acceso. Al observar el agente mi pasaporte «Unión Europea» no me interpuso ninguna objeción; tan sólo por cotillear me formularon un par de preguntas.

Serbia
Serbia

Las primeras impresiones que recibo del país son nefastas: carreteras con muchos baches, sin arcenes, con los túneles sin luces en el interior e infinidad de goteras, también, en vez de encontrar vallas, lo que veo son cables oxidados, cadáveres de animales, sobre todo perros por las carreteras, los coches adelantan de cualquier modo, inclusive por el carril contrario, y así, tropecientas mil temeridades que empeoran con respecto a Bosnia Herzegovina. Menos mal que la climatología me acompaña que si no, no sé, cómo voy a cruzar el país.

Al contrario que Bosnia Herzegovina, donde se ven obras nuevas y las ganas de sus gentes de olvidar el pasado comunista, Serbia es un estado que está lleno de iglesias ortodoxas y cementerios, y que ofrece al que lo visita la sensación de ser un país anclado en la época soviética, sin ganas de salir adelante.

En Serbia me encuentro una vez más con la amabilidad de la gente. Circulo por la carretera que me marca el GPS, entre montañas, hasta que llego a un desvió por obras en la vía con un cruce de tres carreteras, obviamente, las indicaciones se encuentran en serbio y no consigo descifrarlas. Murmuro; – «¿No son capaces de colocarlas en inglés? -» y sigo murmurando- «¡imagino que por aquí no pasaran turistas! -, conque en el fondo lo puedo hasta entender»-. Saco el mapa de carretera y tampoco consigo interpretarlo, pues los nombres de los pueblos vienen en nuestro alfabeto y las señales en alfabeto cirílico. A todo esto, debo de sumarle que estoy a punto de entrar en la reserva de la gasolina, así que con un 33% de acierto igual que ir al casino estoy a punto de echar los dados y ver que me toca. En este mismo momento se detiene a mi lado con su vehículo una señora de mediana edad que no habla inglés, pero a quien sí entiendo perfectamente su pregunta: – «¿le puedo ayudar?»-, – «¡oh, yes!» le respondo esperanzado y con el mapa en la mano. En un primer momento por más que le enseño el mapa no es capaz de entenderme, hasta que de pronto empiezo a nombrar los pueblos en la dirección que me dirijo, y detecta a uno. Responde con una media sonrisa la carretera que debo de seguir, y, ¡vaya si acertó en esa ocasión la señora!

El resto del día lo paso cruzando Serbia, hasta que sobre las 17:00 pm., entro en Bulgaria. A partir de aquí, comienzo el recorrido por la E80 que me lleva hasta Sofía. El estado de la vía es un tanto más aceptable que las anteriores, a pesar de que sigue teniendo un estado inestable. De pronto sin saber a ciencia cierta por donde sale un perro que se me cruza en la carretera y que tengo que esquivarlo, como digo, milagrosamente no ha sucedido nada, sin embargo, aún se me encoge el alma cuando recuerdo la complicada maniobra que he hecho para evitar un accidente.

La noche cae sobre la carretera y después de 11 horas sobre la moto, accedo a la arteria principal de la capital búlgara. No se trata para mi gusto de las ciudades que considero atractivas y con encanto, por ello la recorro sin mostrar excesivo interés; además, tampoco está en mi planning hacer turismo por este punto. Si recalo en la ciudad, no es por otro motivo en cuestión más que por haber previsto con anterioridad cambiar los neumáticos en ella.

 

Introducción

Voy a intentar explicarte brevemente de que trata este blog:

Mi nombre es Enrique. Hace unos años, no sé si 3, 5, o desde la infancia, tenía en mente realizar un gran viaje en moto y en solitario. Quizás sea debido a que he crecido rodeado de motos, cascos, monos etc… ya que mis padres han viajado por Europa y América.

Durante estos años he ido trazando el recorrido en mi cabeza y cambiándolo muchísimas veces. No encontraba la fecha de salida, por una excusa o por otra, no me decidía a salir. Como bien dicen algunos grandes viajeros, hay que poner día y hora de salida, así que aproveche este “2016 de mis 40 primaveras” para comenzar el Quique on the road.

En principio el trayecto era llegar a Beirut (Líbano) yendo por Turquía y por la costa de Siria, pero debido a los conflictos y guerras que hay por esa zona tuve que desistir esa ruta y cambiarla por otra. Se me pasaron por la cabeza mil rutas, hasta pensé alquilar una moto en algún país para recorrerlo como: Tailandia, Malasia, USA…; pero finalmente tomé la decisión que tenía que salir de mi casa y volver a ella.

Así que, la decisión final era llegar a la plaza roja de Moscú pero con diferentes recorridos de ida y vuelta para hacerlo más atractivo.

No pretendo escribir un libro pero sí dejar escrito para mi familia, amigos, o cualquier persona a la que le pueda interesar el relato del viaje, y sobretodo para mí mismo.

1 ª Etapa: Casa – Sofía (Bulgaria)

2ª Etapa: Sofía – Estambul

3ª Etapa: Estambul – Tiflis (Georgia)

4ª Etapa: Tiflis – Moscú

5º Etapa: Moscú – Varsovia

6ª Etapa: Varsovia – Casa

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